Sentido contrario

Morir en Mónaco

Cuando andan vestidos, los ricos portan prendas de lino, de seda, de fino algodón. Ropa blanca, ligera, cómoda, ideal para los calores hasta en los días de invierno. Sombrero de paja, gafas para el sol, sandalias hechas a mano. Así se les ve en la Costa Azul. En el verano pasan buena parte del día en cueros. En Saint-Tropez transitan así por las calles todo el día, como si nada. Rubios, de piel muy blanca, pagan lo que sea por una copa de champaña, un paquete de cigarros. Miran pasar la vida desde las terrazas al aire libre. Parecen insoportablemente felices. No se aburren nunca trepados en sus autos de lujo, en sus motos, sus yates, sus helicópteros y sus avioncitos. Tienen casas y departamentos en Cannes, Niza, Mónaco, a veces en San Remo. En Mónaco gozan de particulares privilegios. Prácticamente está prohibida la pobreza. Nadie puede vivir ahí si no es rico. Las estrechas calles del principado están llenas de tiendas de marcas exclusivas, cafeterías y restoranes lujosos. Nada de vulgaridades.

Entre toda esa selecta abundancia, en un amplio y confortable apartamento en una de las zonas más exclusivas de Mónaco, el banquero de origen libanés Edmond Safra, propietario del Republic National Bank of New York y del Safra Republic Holding, se topó de golpe con la muerte al amanecer de uno de los primeros días de diciembre de 1999 cuando un incendio consumió buena parte de su domicilio. Su esposa y su hija lograron escapar de las llamas, pero el magnate de 68 años y su asistente doméstica murieron asfixiados, encerrados en una sala de baño blindada en la que trataron de ponerse a salvo.

Se dijo entonces que la suya era una muerte anunciada. Como casi todos los banqueros, Safra tenía un montón de pleitos legales, una enorme cantidad de odios y rencores acumulados entre toda la gente bonita que pulula por las calles, playas, restoranes y comercios de lujo en la zona de la Costa Azul y más allá, y un amplio catálogo de enemigos jurados repartidos a lo largo y ancho del mundo.

Tras la muerte de Safra los ricos radicados en Mónaco se echaron a temblar. El principado entero entró en pánico. Mientras el enfermero que cuidaba al magnate contaba a los detectives a cargo del caso una historia delirante con dos encapuchados armados hasta los dientes descolgándose desde el tejado, acuchillándolo e incendiando luego el departamento, la policía se fue en busca de las pistas necesarias para atrapar a los criminales al servicio de la mafia rusa. En tanto Ted Maher, el enfermero estadunidense de 41 años, mostraba sus heridas en el vientre y en la pierna ante los ojos incrédulos de las autoridades, la viuda de Safra, Lily, comenzaba a hacer los trámites necesarios con sus abogados para entrar en posesión de los mil 200 millones de dólares que le había legado su marido. Hoy Lily, brasileña como Safra, ciudadana de Mónaco y radicada en Londres, cuenta a sus 73 con una fortuna estimada por Forbes en 1.3 billones de dólares.

Lily lloró la muerte de su cuarto marido multimillonario hasta que se le acabaron las lágrimas luego de unos segundos. De manera enfática se opuso a la autopsia que debía practicársele al difunto. Poco después era la comidilla entre los ricos y famosos del mundo entero por su actitud tan desprendida hacia el dinero que con tantos esfuerzos y sufrimientos había acumulado Safra. Dejó a muchos ricos y pobres con los ojos cuadrados cuando en una subasta londinense de Sotheby’s pagó casi 105 millones de dólares por la escultura L’homme qui marche, del artista suizo Alberto Giacometti, uno de los precios más altos pagados por una obra de arte.

Tal vez para entonces Lily ya ni se acordaba de Safra ni de Maher, su enfermero. Devastado por los interrogatorios, pálido, ojeroso y muy asustado, el estadunidense con un pasado de boina verde había confesado finalmente su crimen. Se acuchilló él mismo y prendió fuego enseguida a un cesto de basura para provocar un incendio que de inmediato se volvió incontrolable. Dijo que había matado a Safra sin querer, que solo trataba de montar una escena en la que quedaría como héroe salvador de su patrón. Pero las llamaradas dispusieron otra cosa.

Su confesión puso de pie a Mónaco de nuevo. Todos suspiraron tranquilos. No había matones a sueldo por las calles, ni mafiosos, ni criminales. Los ricos estaban a salvo. Al menos por un tiempo, porque Maher siguió viviendo como un personaje de novela policiaca barata. Condenado a 10 años de prisión luego de demasiadas deliberaciones, consiguió escapar limando los barrotes de su celda poco después de su internamiento. Fue atrapado más tarde en un hotel de Niza.