Sentido contrario

Miserias de la vida


Son miles y viven en un infierno disfrazado de paraíso. Como una horda de hormigas devastadoras, los garimpeiros arrasan con todo en busca de un destello en el lodo, el brillo dorado de un miligramo de oro. En fila, vestidos con andrajos, portan sobre sus espaldas una canastilla llena de piedras y tierra, suben y bajan por empinadas laderas con una carga que podría cambiar su vida miserable de un momento a otro. Mal comidos, sin servicios médicos, viven prácticamente como animales al filo de la muerte en los bordes del Amazonas. Gambusinos ilegales, depredadores incontenibles llevados por una ambición suicida, trabajan sobre todo en las regiones amazónicas de Brasil y Venezuela. En su búsqueda frenética de cualquier vestigio de oro, matan a los indígenas que se les atraviesan, aniquilan a la fauna silvestre, reducen el paisaje a agujeros enormes y profundos. Se matan también entre ellos por nada. Muchos de ellos niños y adolescentes que se harán viejos muy pronto entre el agotamiento, la desnutrición y las enfermedades, se empeñan a cambio de una moneda en uno de los trabajos más horribles que hay en el mundo entero. Y cada día llegan más y más a sumarse a su labor de escaso beneficio, a perderse en los agujeros enlodados, a subir y bajar por las agrestes laderas.

En lo que fue el mítico Sudán que fascinó a Leni Riefenstahl, la apologista fílmica de Adolfo Hitler, también miles andan en busca del oro. Por sus reflejos dorados pelean a muerte en un escenario miserable con otras disputas políticas, militares, religiosas y tribales como telón de fondo. En esa pelea a muerte el país se ha desgajado como las laderas lodosas de las minas improvisadas a las orillas del Amazonas. Y no es para menos. Están en juego alrededor del 60 por ciento de sus exportaciones y los dos mil 200 millones de dólares que destina el gobierno a su presupuesto.

En Indonesia, en la isla de Java, miles de hombres también emprenden cada día una jornada horrible. Para ganar unos 100 pesos, se enredan en la cara y la cabeza harapos sudados y malolientes y bajan hasta donde pueden por la boca del volcán Ijen en busca del azufre que produce. Con los ojos a punto de reventar y los pulmones destrozados, entre el calor intenso y los vapores tóxicos, tratan de ganar unos centavos más retando al tiempo y la profundidad en una cosecha mortal.

Parece difícil imaginar peores condiciones laborales, trabajos más horribles que exigen la vida a cambio de unas monedas. Según un informe difundido hace poco por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), todos los días se van de este mundo cinco mil 500 trabajadores a causa de los riesgos derivados de sus labores. El organismo calcula que casi dos millones y medio de fallecimientos cada año están asociados de una manera u otra con actividades laborales que implican riesgos graves.

Hay otros trabajos infames. Uno de ellos, tal vez el peor de todos, es el de oreja, espía, topo, cuervo o como quiera que le digan. Lo ejercen quienes reciben un sueldo con el encargo de husmear en la privacidad ajena, ya sean estrellas de cine o del deporte, personajes encumbrados en la política, en las finanzas o en la sociedad. A pocos les va la vida en el cumplimiento de sus tareas miserables y reciben buenos sueldos a cambio de hundirse en los lodos de la amoralidad. Sus patrones suelen estar en los escritorios en las oficinas de las empresas periodísticas del magnate Rupert Murdoch.

Pero hay también en el ejercicio de estas tareas quienes reptan más al fondo de los abismos, como los enlodados garimpeiros. Se sientan en un escritorio con una taza de café y una bolsa de donas y se ponen a escuchar las llamadas telefónicas de medio mundo, literalmente. Luego van y cobran en una ventanilla de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos mientras el presidente Obama se hace como que no sabe nada de nada. Esos pobres diablos, campeones de las labores ínfimas, ratas de las alcantarillas del espionaje, escuchan lo que dicen quienes hablan entre sí por medio de cientos de millones de celulares en el mundo. Ubican sus direcciones, sus datos personales, el contenido de sus pláticas y se lo entregan de inmediato a sus patrones.

Las llamadas que espían aportan datos cruciales como estos: “¿Qué haces? ¿A qué hora te levantastes? ¿Ya desayunastes?”; “Oye vieja, pasa por mí porque el Metro anda muy lleno?”; “Oye manita ¿qué te vas a poner hoy?”, “¡Ay, mi amor, ya me tienes harta con tus pinches celos!”.

Y todo multiplicado por millones en todos los idiomas. Qué trabajo infernal. Qué hueva. Pobres diablos que ni siquiera figuran en las estadísticas de la OIT.