Sentido contrario

Más son menos

David Wark Griffith filmó en 1915 El nacimiento de una nación, una de las obras mayores de la cinematografía mundial. Narraba ahí con mucha elocuencia, a partir de The Clansman: An Historical Romance of the Ku Klux Klan, una novela de Thomas Dixon, los encuentros y desencuentros de dos familias, una sureña y otra norteña, en los días de la Guerra Civil estadunidense, y aprovechaba para describir con mucho entusiasmo el surgimiento del Ku Klux Klan, una organización clandestina decidida a poner en su lugar a los negros liberados al término del movimiento armado, es decir, pendiendo de las ramas de un árbol o asesinados a golpes y chamuscados. Al amparo del texto de Dixon, Griffith se da vuelo exhibiendo un racismo escandaloso que tuvo consecuencias. El realizador fue llamado a rendir cuentas en los tribunales y debió ceder a las presiones de las organizaciones defensoras de los derechos de los negros suprimiendo algunas secuencias de la película. Medio escamoteó por ahí una frase que ilustraba su ideario: "Cuando los negros sean subidos en un barco y enviados de regreso a África, los problemas de este país habrán terminado".

Furioso, filmó enseguida Intolerancia, una película memorable por sus audacias narrativas, en la que trataba de dejar en claro que había sido incomprendido. Al mismo tiempo, su alegato racista triunfaba en las taquillas y hacía de El nacimiento de una nación la película más exitosa en la historia hasta la fecha. Por supuesto, los negros tenían prohibido actuar en el cine, de manera que los que aparecían en la cinta eran blancos con el rostro pintado. Para avalar el discurso de Griffith, las imágenes de los negros desollados, colgados en los árboles, menudearon durante décadas, sobre todo en los estados del sur. Aún ahora aparece alguno de vez en cuando. No creo que nadie en Hollywood haya protestado por ello.

Griffith nunca ganó un Óscar de la Academia de Cine estadunidense por su enorme talento, evidente en prácticamente toda su extensa filmografía. Ni el premio ni la academia existían entonces, pero habría arrasado sin duda con todos los reconocimientos. En cambio, la industria hollywoodense del cine otorgó durante años el Premio DW Griffith al mejor director de cine hasta que un día descubrió que el galardón llevaba el nombre de un individuo extremadamente racista. Le quitaron entonces su nombre al reconocimiento y Griffith fue enviado a las sombras. Su racismo, en cambio, se quedó donde estaba, nutriendo hasta la fecha la manera de ver al cine y al mundo de la mayoría de los cineastas estadunidenses.

Hoy día las cosas no han cambiado para nada. Peor aún, parecen más complicadas. En el contexto de la entrega de los premios Óscar, en los últimos días prácticamente todo el mundo ha tenido razones para quejarse de la discriminación y el racismo que caracterizan a la industria del cine en Estados Unidos. Han protestado los negros, los latinos, las mujeres, los homosexuales, los comediantes y todos aquellos que se asumen como víctimas del olvido o la marginación por acción o por omisión.

Parece como si vivieran en otro mundo y nunca hubieran visto los productos fílmicos hollywoodenses. Nunca se dieron cuenta de que Hollywood fue construido sobre los cimientos del racismo de Griffith y de muchos de sus discípulos en la industria dentro y fuera de Estados Unidos. Ni modo de quejarse ahora porque los gringos hacen aparecer a los mexicanos en sus películas como adormilados inditos sombrerudos, recargados sobre un cactus, serviles y torpes. Y a las mexicanas como pirujas embadurnadas de colorete. Los latinos en general han recibido durante décadas el mismo trato de sucios bandidos ignorantes.

A los negros también se les ha hecho tarde para quejarse, porque siempre son los traficantes de drogas, navajeros o golpeadores, esbirros de los capos del crimen. Y los homosexuales suelen aparecer como locas desatadas, dignas de las risas del público. El trato que reciben las mujeres, salvo notables excepciones, es en verdad siniestro, más allá de cualquier machismo.

En el caso de los comediantes en realidad hay poco que decir. Se merecen a menudo cualquier trato humillante que a cualquiera se le pueda ocurrir.

Pero quienes se asumen como marginados han perdido de vista el terreno en disputa. No es solo en el reparto de los premios Óscar donde sufren malos tratos o desprecio. Es en la industria toda, y sobre todo en sus productos fílmicos, pero también en la vida cotidiana. Basta escuchar lo que dice allá cualquier político en campaña para percibir el racismo y la discriminación entre los gringos, más allá de los cines.