Sentido contrario

La última voluntad

Lo mejor de morirse es que uno no se da cuenta de nada. Ni se ve ni se oye nada. No hay que pagar la cuenta del hospital ni los honorarios de los médicos. De hecho, ya no hay nada de qué preocuparse. Si uno ha sido precavido se habrá tomado la molestia de ir al notario para dejar un testamento. Si la cuenta bancaria del difunto no tiene más de tres dígitos podrá viajar al otro mundo sin mayores preocupaciones, pero si su estado de cuenta pone en evidencia a un ricachón seguro que habrá problemas. Todo o buena parte de lo ahí dispuesto puede convertirse en materia de litigio. O de omisión. Los vivos, sin duda, aprovecharán su ventaja ante la incapacidad del ausente para defender sus deseos, por más claramente que hayan sido expresados. Y más si los propósitos plasmados no parecen muy cuerdos que digamos.

Cuentan que, no conforme con destrozar el estómago de muchos glotones y dejarlos en brazos de la obesidad, Arch West pidió antes de morir que en su tumba un alma piadosa colocara una urna llena de doritos. Desde muy joven West sabía lo que quería. Había puesto toda su energía en un negocio que hasta su muerte, en septiembre de 2011 a los 97, generaba unos 5 mil millones de dólares al año. Su creación de los pedacitos de tortillas de maíz doradas y condimentadas había dado lugar desde los años sesenta a una industria que satisfacía a espaldas de la dignidad gastronómica el antojo de millones de tragones en buena parte del mundo. Además de rico, era querido, admirado y respetado. Aun así, nadie se preocupó por cumplir su último deseo. En la tumba del creador de los doritos no hay ninguna urna repleta de tortillas fritas.

El año pasado, un anciano de 90 años que sobrellevaba una vida miserable a las afueras de Madrid, recibió una llamada telefónica de un tipo que le hacía saber que había heredado de un familiar desconocido un departamento de lujo. El sujeto hablaba en representación de una firma francesa especializada en la localización de herederos perdidos que había dedicado un rato largo a seguirle la pista. El negocio de estos cazaherederos consiste en localizar a cambio de una comisión a los beneficiarios de un familiar que ha muerto sin dejar testamento. Han hecho realidad más de una vez el sueño de muchos miserables que se topan con la riqueza de la noche a la mañana sin mover un dedo.

Estos casos se dan con cierta frecuencia, incluyendo los sustos y escándalos que han provocado algunas celebridades excéntricas empeñadas en heredar fortunas exorbitantes a su perro o a su gato, mascotas que acaban viviendo como sultanes sin darse cuenta de nada.

Pero los legados más sorprendentes son aquellos que dejan ver capítulos insospechados de la vida del difunto cuando heredan a una amante o a un hijo de cuya existencia nadie estaba enterado, mucho menos su familia. Hace poco David Bowie dejó a muchos con la boca abierta cuando se enteraron de los detalles de su legado. Dejó a Corinne Schwab dos millones de dólares. Hasta la heredera se sorprendió con tanta generosidad para agradecerle sus servicios como leal secretaria, asistente y manager durante 40 años. Por supuesto, los medios no tardaron en sugerir que sus tareas iban más allá de los escritorios. Como sea, la estrella británica fue extremadamente generosa con quienes le rodeaban en vida: a la niñera de su hijo, por ejemplo, le dejó un millón de dólares. Sus deudos correspondieron a su largueza respetando al pie de la letra su última voluntad: fue cremado en solitario y sus cenizas quedaron bajo resguardo en un sepulcro secreto.

Hace 10 años un cáncer de páncreas acabó con la vida de Rocío Jurado. Antes de irse, la cantante pidió a sus herederos que vivieran unidos y en armonía. Pero hoy día están más divididos y enfrentados que nunca, enredados en un largo pleito legal por la posesión de sus bienes. La historia de los beneficiarios del legado de Mario Moreno es todavía peor. Si quienes lo pelean 23 años después de su muerte llegan a un arreglo será tal vez en el otro mundo. Los herederos del músico jamaiquino Bob Marley tampoco han llegado a un acuerdo 35 años después del fallecimiento de la estrella del reggae.

Pero el pleito que apenas comienza y que, sin duda, nunca llegará a ninguna parte, ni siquiera en los infiernos, es el que enfrentan los herederos de Prince. Alrededor de 700 herederos, legales e ilegales, están peleando en estos días una fortuna que podría llegar a los mil millones de dólares. La mayoría quedará con un palmo de narices, ya que Prince no se tomó la molestia de dejar un testamento. En realidad, esa fue seguramente su última voluntad: que se jodan.