Sentido contrario

Letras de amor

Hace años que no recibo una carta por correo, lo que se dice una carta en toda forma. Un papelito en el que alguien me cuente cosas: dónde anda, cómo está, qué hace. Las últimas letras que recibí ardieron luego en el bote de la basura con todo y sus falsas promesas de amor, como cantan los boleros que solapan el resentimiento.

Hace tiempo leí el epistolario de Rosario Castellanos que publicó el Conaculta. Casi entré en estado comatoso por su devastadora contundencia. Esas cartas enviadas a su marido desde la geografía que recorría, prácticamente en fuga de los afectos familiares, eran sobre todo una dolorosa historia de vida plena de detalles íntimos, pero finalmente marcada por la tragedia.

Cuando mueren los grandes del arte, sobre todo de la literatura, los familiares más cercanos emprenden a menudo una ceremonia que vincula los afectos con los negocios.

Hurgan en los cajones, en los roperos, bajo la cama del difunto y reúnen con toda puntualidad sus cartas amarillentas atadas con cordoncitos de colores y corren en busca de un comprador. Algunas editoriales y varias universidades estadunidenses de prestigio son capaces de pelear a muerte por esos tesoros. Ofrecen a los beneficiarios cifras multimillonarias, les hacen promesas inimaginables que a veces sorprenden a las celebridades en vida, de modo que ellos mismos se hacen cargo de la operación que habrá de comercializar sus intimidades sin precio.

Gracias a esas interesadas preocupaciones sabemos ahora que la relación de Frida Kahlo con Diego Rivera alcanzaba las alturas celestiales, aunque luego se precipitara a los infiernos: “Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro verde de tus ojos. Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra. El hueco de tus axilas es mi refugio. Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos.

“Mi Diego: Espejo de la noche. Tus ojos espadas verdes dentro de mi carne, ondas entre nuestras manos. Todo tú en el espacio lleno de sonidos. En la sombra y en la luz. Tú te llamarás Auxocromo, el que capta el color. Yo Cromoforo, la que da el color. Tú eres todas las combinaciones de números. La vida. Mi deseo es entender la línea, la forma, el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz”.

A través de las 111 cartas que Pablo Neruda le escribió a Albertina Azócar entre 1922 y 1932 sabemos de las pasiones amorosas de este poeta solemne y formal y de su secreto amorío de juventud a lo largo de 10 años. Las misivas con la poesía que alimentó a los Veinte poemas de amor y una canción desesperada fueron halladas en el fondo de una caja de zapatos y adquiridas de inmediato por una institución bancaria española. Nadie dijo nunca cuánto costaron aquellas letras de amor. Habrá que imaginar cómo le palpitaba el corazón a la casi adolescente Albertina cuando leía: “He peleado con las numerosas novias que antes tenía, así es que estoy solo como nunca, y estaría como nunca feliz, si tú estuvieras conmigo. El 8 planté en el patio de mi casa un árbol, un aromo. Además traje de las quintas, pensando en ti, un narciso blanco, magnífico. Aquí, en las noches, se desata un viento terrible. Vivo solo, en los altos, y a veces me levanto, a cerrar la ventana, a hacer callar a los perros. A esa hora estarás dormida (como en el tren) y abro una ventana para que el viento te traiga hasta aquí, sin despertarte, como yo te traía”.

Hasta el severo Sigmund Freud daba rienda suelta a sus pasiones con la pluma en la mano. A Martha Bernays, que sería luego la madre de sus hijos, le confesaba en una de las muchísimas cartas que le escribió, y que han servido en buena medida para desentrañar la compleja personalidad del padre del psicoanálisis: “No apetezco sino lo que tú ambicionas para ambos porque me doy cuenta de la insignificancia de otros deseos comparados con el hecho de que seas mía. Estoy adormilado y muy triste al pensar que tengo que conformarme con escribirte en vez de besar tus dulces labios”.

Más práctico, Marx le escribía con frecuencia a Engels. Aprovechaba de vez en cuando para pedirle algunas monedas prestadas: “Nunca he sabido de alguien que escribiera tanto sobre el dinero careciendo tanto de él”, le respondió Engels en una carta célebre.

Hoy día, testimonios existenciales como estos son prácticamente imposibles. Ahora a las palabras no se las lleva el viento, sino el ciberespacio, el éter, la nada.