Sentido contrario

Jinetes en el cielo

El mundo que habitamos no sería el mismo sin la gente complicada. Son como la sal y la pimienta y el chile habanero a veces. Impredecibles, obligan a los fabricantes de aviones a llenar de pegatinas las puertas de las aeronaves: no abrir durante el vuelo. O en los servicios sanitarios: no arroje objetos sólidos en el WC ni en el lavabo. O en la ventanilla: no intente abrir esta escotilla. Habría que advertirles también que no hagan fogatas en los asientos, que no salten ni echen maromas en los pasillos. Y un largo etcétera para aplacar sus ánimos extraños. Son los culpables de que un tragaespadas tenga que decirle al público que no intenten imitar sus suertes en su casa. Digo todo esto porque he leído por ahí que hace unos días un tipo abrió en pleno vuelo la puerta de la avioneta en
la que viajaba y se bajó en aguas del Atlántico. Así, como si nada. Las autoridades de Miami que investigan el asunto no saben si se trata de un suicidio o de un homicidio, aunque el piloto reportó a la torre de control más cercana con mucho desconcierto que su pasajero había salido de la nave.

Evidentemente, el sujeto en cuestión fue en realidad consecuente con sus deseos. Simplemente quería morirse, pero buscó una manera ciertamente muy complicada y comprometedora para otra persona. Algunos medios recordaron un caso semejante, ocurrido hace 20 años, cuando una mujer rentó una avioneta con el pretexto de tomar fotografías desde el aire y se tiró desde las alturas sobre la casa de sus padres. Sin duda era más complicada todavía. Por lo menos no cayó encima de un transeúnte desprevenido, o de su mamá.

Como sea, hallaron lo que buscaban. En realidad, no había pierde. Saltar desde las alturas implica necesariamente riesgos mortales, aun cuando se haga uso de un paracaídas. Quienes brincan por diversión de un balcón a otro en los pisos altos de los hoteles, saltan desde las alturas de un puente, de un peñasco o de la azotea de un edificio atados por la cintura o provistos de un pequeño paracaídas, saben que pueden toparse en el camino con la muerte. Ese es el reto que asumen. A veces fracasan en su secreto propósito y sobreviven con una sonrisa helada y
algunos huesos quebrados.

El campeón de esas gracias es, sin duda, el austriaco Félix Baumgartner. Hace un año mantuvo comiéndose las uñas a millones de gentes en todo el mundo mientras lo miraban abrir la puerta de una suerte de cápsula y saltar desde la estratósfera vestido con un traje de astronauta. Cayó como plomo casi 40 kilómetros y aterrizó sano y salvo solo para recordar enseguida aquello que lo impulsaba a una hazaña a la medida de nuestros estúpidos días indescifrables: él mismo. Ultraderechista, ambicioso, sumamente egoísta, fanfarrón y golpeador, se enfrentó de nuevo a la soledad que lleva en sus adentros cuando su novia lo mandó literalmente a volar por los agitados aires de su tonta celebridad. Como el jinete en el cielo de la canción, lleva una herida en el alma y anda buscando la muerte.

Quien ya la halló de golpe, de nuevo literalmente, es el español Álvaro Bultó. Hace unos meses se puso su colorido traje de pájarito y saltó desde una cumbre muy alta en los Alpes suizos. Supo entonces por qué los humanos no tenemos alas y habrá quedado finalmente convencido, donde quiera que esté, de que volar va contra la naturaleza. Ya había intentado morir con cierto heroísmo cruzando el estrecho de Gibraltar, entre África y Europa, y brincando desde un avión sobre el Polo Norte, vistiendo su traje de niño con alitas.

Ahora Bultó vuela disfrazado de pajarraco en el más allá, al lado del húngaro Víctor Kovats, quien quedó embarrado en el fondo de un acantilado en China; el británico Mark Sutton, quien murió al pie de una montaña en Suiza; la argentina Stella Moix, quien cayó 400 metros en picada en Brasil mientras trataba de abrir su paracaídas de emergencia. Todos iban vestidos de pajaritos y practicaban un deporte absurdo que llaman wingsuit. Cada año mueren unas 20 personas así, mientras tratan de levantar el vuelo por diversión, por odio a sí mismos, por ánimos suicidas. Malo si lo consiguen, más malo si fracasan. Gente deveras complicada.

 El difunto Bultó hizo suyas alguna vez las palabras del médico español Gregorio Marañón para justificar sus impulsos tanáticos: “Vivir no es solo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar es empezar a morir”. También sentirse pajarito, emprender el vuelo contra la naturaleza, tirarse desde las alturas, abrir la puerta de un avión en pleno vuelo, cerrar los ojos, sentir el viento frío en el rostro y después la nada.