Sentido contrario

James y Sylvia

Sylvia Beach temblaba de emoción. Un día caluroso del verano de 1920 el destino le había puesto enfrente a una de sus figuras más admiradas: el escritor irlandés James Joyce. Nacida en Baltimore en 1887, había viajado a París para estudiar literatura francesa y ahí se decidió a echar a andar una librería especializada en las letras inglesas. Cuando conoció a Joyce había vivido un año de esfuerzos descomunales para sacar adelante su pequeño negocio, la librería Shakespeare & Company, que habría de convertirse después en centro de reunión de buena parte de los escritores franceses e ingleses de su tiempo.

Con poco entusiasmo había acudido a una reunión social en la casa del poeta André Spire. Al entrar, el anfitrión le había hecho saber en voz muy baja, con mucha discreción, que Joyce estaba entre los invitados. En su libro de memorias Sylvia Beach, Shakespeare & Company, cuenta, tal vez platónicamente enamorada: “Yo sentía una gran adoración por James Joyce y al escuchar la inesperada noticia de que estaba allí me sentí tan asustada que hubiera querido salir corriendo”.

Así, temblando de emoción, lo encontró en una habitación sentado en el suelo entre dos libreros. “Nos dimos la mano; bueno, él colocó su lánguida y blanca mano en mi recia y pequeña garra, y no sé si puede decirse que eso fuera un apretón de manos”. Ni imaginar en ese momento cálido y luminoso que Beach se empeñaría después en editar y distribuir en Europa, Estados Unidos y Canadá el Ulises de Joyce, en el curso de una arriesgada aventura que la llevó a enfrentar los rígidos códigos morales de la época.

Fascinada, seducida por la frágil figura del autor, describió luego minuciosamente a aquel Joyce solitario, alejado de la fiesta: “Era de mediana estatura, delgado, la espalda ligeramente encorvada y muy agradable. Sus manos destacaban muchísimo. Eran muy alargadas y en los dedos corazón y anular de la izquierda llevaba gruesos anillos de pedrería. Sus ojos, de color azul oscuro, poseían la luz de la genialidad y eran extremadamente bellos. Sin embargo, advertí que su ojo derecho tenía una mirada algo anormal y que el cristal derecho de sus gafas era más grueso que el izquierdo. Tenía una poblada cabellera ondulada de un tono arenoso, peinada hacia atrás desde el extremo de su amplia frente en que finalizaba su alargada cabeza. Daba la impresión de ser la persona más insensible que jamás había conocido. Su piel era blanca, casi sin pecas y con tendencia a ruborizarse. La nariz recta y bien formada, los labios delgados y finos, y la mandíbula terminaba en una especie de perilla. En mi opinión, de joven debía de haber sido muy atractivo”.

Por ese hombre, Beach puso en juego la suerte de su pequeño negocio literario, arriesgó su prestigio, echó mano de todos sus recursos para difundir su Ulises, una obra literaria perseguida formalmente por la censura, y enfrentó toda suerte de adversidades en un empeño que la convirtió finalmente en una controvertida editora. El retrato que pinta de Joyce, sin embargo, parece chocar brutalmente con la realidad.

Hijo de un borrachín miserable y desobligado, Joyce dejó Dublín a los 20. El Ulises comenzó a revolotear en su cabeza cuando tenía 24. Para entonces ya era un alcohólico consumado y un mujeriego desatado que en sus escasos momentos de paz escribía sus obras mayores, crudamente alimentadas por su pasado de sufrimientos y carencias y aderezadas por los vapores del alcohol.

La pulcra y disciplinada Sylvia Beach jamás hubiera imaginado a su admirado y frágil autor ebrio, durmiendo al amanecer en una calle de Roma. De haber conocido a fondo su pasado, tal vez jamás se le habría acercado.

Enfermo, sin un centavo en la bolsa, casi ciego, se reencuentra con su mujer, que está saliendo de un hospital para indigentes, donde acaba de nacer su hija Lucía. Atormentado por los frecuentes pleitos con ella, sobre todo por los arranques de celos de ambos, se enreda con una de sus discípulas. Luego vagabundea por Europa, tratando de escapar de la guerra que sacude al continente. Diagnosticado con glaucoma en el ojo derecho, llega por fin a París. Ahí se relaciona con la intelectualidad y adquiere cierta popularidad. Muchos literatos frecuentan su casa. Aunque no es demasiado sociable, acude a fiestas y reuniones. En una reunión en el departamento del poeta André Spire, en una habitación atiborrada de libros, sentado en el suelo entre dos libreros, mira por primera vez a Sylvia Beach. Con su visión muy disminuida por el glaucoma, posiblemente nunca supo bien a bien quién era esa chica fascinada que muy pronto lo arriesgaría todo por él.