Sentido contrario

Ilusiones marcianas

La señora estaba que echaba chispas. Hablaba con una amiga en voz muy baja, pero el volumen de su voz subía a cada momento en la medida en que aumentaba su furia incontenible. La miré de reojo. Era de baja estatura, obesa y más que madura. Fumaba mucho y bebía café uno tras otro. Sazonaba sus quejumbres con ajos y cebollas.

No era para menos: se quejaba amargamente de que su solicitud para viajar a Marte y establecerse allá para siempre había sido rechazada. A leguas se veía por qué. Claramente no contaba con los atributos suficientes para ser elegida entre los aspirantes a emprender una aventura que exige buena condición física, mucha serenidad y algo de juventud. Picado por la curiosidad me quedé ahí, sentado en la mesa de al lado en la terraza de una cafetería, escuchando la conversación ajena sin ningún pudor. Resoplaba la señora mientras recordaba que en un brevísimo comunicado por vía electrónica le habían dado a entender que no querían en el proyecto gente obesa ni viciosa ni vieja. Hacía nudo sus dedos para darles forma de cruz, los besaba y juraba por Dios que se pondría a dieta, que haría ejercicio y dejaría de fumar y de tomar café exprés por litros. Ya para qué. Le habían dado con la puerta de la nave espacial en las narices, lo mismo que a casi 200 mil aspirantes de todo el mundo que habían respondido a la convocatoria del proyecto Mars One.

En realidad la señora lleva un año tristeando. No se da cuenta de que tampoco es para tanto, de que tal vez ha tenido más suerte que los poco más de 700 aspirantes que han pasado a la siguiente etapa de selección para participar en lo que algún científico ha definido como una misión suicida. A cambio del rechazo podrá seguir viviendo entre millones de capitalinos hostiles y majaderos. Pero sobre todo, con un ánimo más sereno, debiera asumir que el grupo elegido al final de un montón de pruebas de todo tipo, incluida la tolerancia al ridículo, será de solo cuatro viajeros, dos hombres y dos mujeres. Por si fuera poco, la misión habrá de emprender el vuelo rumbo al planeta rojo hasta 2025. Y eso en caso de haber reunido para entonces un presupuesto calculado en solamente unos 6 mil millones de dólares.

En sus últimas etapas, el proyecto habrá de convertirse en un reality televisivo regional y luego internacional, que dará cuenta de los sufrimientos y angustias de los seleccionados, sometidos a duras jornadas de entrenamiento y de convivencia en condiciones marcianas similares a las que habrán de enfrentar en la colonia que fundarán allá y en la que vivirán hasta el último de sus días.

Liderado por el empresario holandés Bas Lansdorp, el proyecto Mars One compite modestamente con el que prepara la NASA a un costo de 130 mil millones y que valora más la naturaleza humana, en la medida en que sí se preocupa por traer de regreso a sus astronautas, aunque a veces no lo consiga.

Lansdorp ha construido minuciosamente, piedra por piedra, un mito a la altura de nuestros tiempos difíciles. No solo les ha vendido a miles de personas la posibilidad de huir de sus demonios viajando sin regreso a un planeta lejano; también ha diseñado con cierta precisión los detalles de un conjunto de misiones que parecen muy apegadas a la realidad y que consideran varias etapas, desde las previas con el envío de suministros, equipos y habitáculos, hasta las finales, que consideran una suerte de puente permanente entre la Tierra y Marte. Para entonces la cacareada colonia habrá sido fundada en Marte, de acuerdo con el proyecto.

El espíritu de la aventura parece evidente para cualquiera que tenga sentido común. Detrás de todo campanillea, sin duda, una caja registradora. La convocatoria les ha pedido a todos los aspirantes la aportación de cuotas que van de cinco a 75 dólares. Les han pedido también que publiciten el proyecto, que difundan sus presuntas bondades por todos los medios a su alcance y que involucren a sus conocidos. Para fortalecer su credibilidad han hecho públicos sus acuerdos y contratos con empresas de tecnología aeroespacial serias y confiables. Pero, sobre todo, han insistido siempre en que se trata fundamentalmente de un proyecto mediático en formato de reality televisivo. Al mismo tiempo, la empresa que es Mars One después de todo, tiene a la venta a través de su página electrónica todo lo vendible con su logotipo de lejana esperanza: playeras, tazas, ceniceros, sudaderas, mochilas y demás.

El millonario holandés se ha propuesto apilar centavo sobre centavo durante los próximos 10 años, vendiendo sueños, ilusiones y algunas lágrimas y amarguras también. Negociazo, no cabe duda.