Sentido contrario

Huesitos perdidos

Para Federico Besserer


Eulalia Guzmán era una mujer con muchos pantalones. Sus labores en la docencia y en la arqueología tenían el carácter de militancia. Aguerrida, empeñosa, rigurosa, partió por la mitad al país en 1949 cuando anunció con bombo y platillo el hallazgo de los restos de Cuauhtémoc en Ichcateopan, un poblado en las inmediaciones de Taxco. Casi con sus propias manos había escarbado bajo el altar de una pequeña iglesia para extraer un montón de huesos fragmentados y putrefactos. Habían permanecido ahí durante siglos, cubiertos con una suerte de escudo metálico en el que se leía: “1525-1529 R è S Coãtemo”. La eufórica Eulalia entendió que alguien habría identificado así el sepulcro del “Rey y Señor Cuauhtémoc”. En aquellos días, cuando los filósofos no dejaban de interrogarse sobre la identidad nacional y Octavio Paz aseguraba en El laberinto de la soledad que somos unos hijos de la Chingada, es decir, de La Malinche, se dispuso de inmediato una maquinaria no de regocijo, sino de linchamiento contra la emocionada Eulalia, morena, chaparrita y anteojuda. Científicos, académicos, investigadores, casi todos sus colegas la hicieron picadillo. Pocos creyeron en su hallazgo. Algunos se burlaron, dijeron que le habían tomado el pelo, que se había dejado llevar por suposiciones, por su entusiasmo, por sus obsesiones. Eulalia murió a los 94 en 1985, humillada, denostada, casi aislada de los círculos intelectuales nacionales. Pero se fue con la plena convicción de que había encontrado los restos de Cuauhtémoc. Aún hoy, 29 años después, nadie se atreve a retomar sus investigaciones para dejar en claro de una vez por todas si estaba ahí o no la tumba del último emperador azteca que nada pudo hacer para evitar la caída de la altiva Tenochtitlan.

La agria polémica que siguió a las declaraciones de Eulalia Guzmán sobre su descubrimiento no solo nos dejó sin la posibilidad de tener a la vista con toda certeza los restos de una figura histórica que hizo frente con valor y dignidad a las hordas de Hernán Cortés, sino que dio lugar a un escepticismo generalizado entre los mexicanos ante los esfuerzos y los logros de los arqueólogos y antropólogos que emprenden búsquedas semejantes. Todavía hoy muchos ponen en duda que los restos que el arqueólogo Arturo Romano Pacheco halló en noviembre de 1978 en el antiguo Convento de San Jerónimo, en el Centro de la Ciudad de México, sean en verdad los de Sor Juana Inés de la Cruz, aun cuando portaban un medallón de la orden idéntico al que a menudo luce la poetisa en las estampitas escolares.

Las excavaciones del Templo Mayor, Palenque y Monte Albán, entre otras, suelen estar rodeadas tanto de misterio como de incertidumbre. Cuando el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma puso por escrito a finales del año pasado que los restos chamuscados de Ahuízotl, el octavo emperador azteca, padre de Cuauhtémoc, reposaban en el fondo de una olla bajo una lápida mortuoria frente al Templo Mayor, nadie salió a felicitarlo por los frutos de tantos años de esfuerzo profesional. Más bien recibió de su entorno las mismas miradas de recelo de siempre.

Los antropólogos y los arqueólogos pertenecen a gremios no precisamente muy unidos y solidarios ante los hallazgos sorprendentes que algunos anuncian de vez en cuando a voz en cuello. Y no solo en México. Siempre hay alguien empeñado en echar abajo arduas y prolongadas investigaciones, aunque las búsquedas y sus resultados sean significativos. Los alegatos a favor y en contra de la veracidad del hallazgo reciente de los restos de Ricardo III en un estacionamiento en Gran Bretaña no han faltado. Lo mismo sucede en el caso de la tumba de Alejandro Magno, recién descubierta en Grecia. Nadie se pone de acuerdo.

Pero entre nosotros ciertamente hay muchas razones de gran tamaño para desconfiar. Hace apenas unos años, durante el gobierno de Felipe Calderón, se les rindieron sentidos homenajes, inflamados de patriotismo, a un montón de huesitos de niños, mujeres y animales minuciosamente conservados mientras se celebraban el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución. Después de prolongados y sesudos estudios con tecnología de vanguardia, los especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia habían asumido que los restos eran de los próceres Hidalgo, Allende, Aldama y Morelos. La urna donde yacían fue depositada con gran solemnidad en la Columna de la Independencia al cabo de un vistoso desfile en el que participaron, a modo de escolta, una banda de guerra, un contingente de cadetes del Colegio Militar a caballo y 11 vehículos militares.