Sentido contrario

Homenaje a la resistencia

De pie en medio de una bóveda de lona encementada, vistiendo traje y corbata, Félix Candela mostraba al mundo lo que era capaz de hacer. La imagen es vieja, en blanco y negro, borrosa. Era 1949 y el arquitecto estaba mostrando la absurda resistencia de sus materiales. Desde esa altura de seis metros dejó en claro entonces que era posible construir sin varillas ni alambrón. Sin estructura, pues. Era una locura revolucionaria. Por esa loquera, muy pronto le endilgaron el sobrenombre de El mago de los cascarones. Unos años después, en 1953, trepó a dos docenas de albañiles en un frágil paraguas de cemento soportado apenas por una solitaria columna. Los obreros posaban para la fotografía sin miedo de irse al suelo en cualquier momento. No pasó mucho tiempo para que sus audacias arquitectónicas estuvieran a la vista de todos en la capital mexicana. En las gasolineras, en los mercados, las iglesias. Imposible resistirse a la seducción del Palacio de los Deportes, con su espectacular cubierta geodésica de cobre, una de sus obras mayores.

Muchos años después, en el sobrio estudio de su casa en Raleigh, Carolina del Norte, Candela esbozaba una sonrisa humilde cuando recordaba aquellos días mexicanos de trabajo intenso. Era un arquitecto constructor que gozaba de gran éxito. Un éxito de alguna manera inesperado luego de su llegada al país prácticamente con la ropa que traía puesta mientras en su España natal se libraban las últimas batallas de la Guerra Civil. Traía también su enorme talento y una sólida formación profesional, además de un notable conocimiento de la tradición arquitectónica española.

Al comienzo de los años noventa andaba por los 83 y había pasado por un par de cirugías cardiacas, pero tenía en su mesa de trabajo un montón de proyectos en desarrollo, algunos para clientes en España y Arabia Saudita, y llevaba un minucioso control de sus horas de viaje en avión para pedir los descuentos correspondientes. Murió cinco años después de aquel encuentro de una semana en su casa.

Mientras conversábamos uno de aquellos días, Candela se refirió a sus raíces españolas, a los persistentes retos a la gravedad en la arquitectura medieval, a las clásicas bóvedas catalanas y a las escaleras de los antiguos conventos. Entre quienes habían influido en su ejercicio de la arquitectura y en sus empeños por vivir en los márgenes de la gravedad, mencionó entonces el nombre de un arquitecto audaz que me llamó la atención por la obra que le estaba asociada: Guastavino. Valenciano, nacido a mediados del siglo 18, Rafael Guastavino era una suerte de alma gemela de Candela (o al revés). Los movían idénticos resortes en su práctica profesional: la tradición española, su conocimiento de la ingeniería, incluidas la física y la matemática, y sus búsquedas en el campo de la resistencia. Arquitectos constructores los dos, Guastavino tiene como ventaja una sensibilidad estética más definida y refinada, manifiesta en su vasta obra. Después de una grave crisis familiar, Guastavino emigró a Nueva York a los 39, dejando atrás una trayectoria breve pero exitosa en España, caracterizada en general por sus audacias en la construcción de grandes bóvedas de ladrillo sin estructura ni soporte.

Como Candela en México, Guastavino fue demostrando en Estados Unidos sus sorprendentes habilidades, de modo que en poco tiempo estaba involucrado a veces de manera simultánea en decenas de obras. Hábil no solo como arquitecto constructor, sino también como empresario, supo promoverse siempre con mucha fortuna en un medio muy competido. Dejó atrás luego el yeso que usaba a modo de argamasa y echó mano del cemento estadunidense. En ausencia de los ladrillos de manufactura española que importaba por sus características afines con su modo de construir, montó allá su propia fábrica para producirlos. Derivo de ahí sus mayores logros estéticos cuando empezó a cubrir los ladrillos de coloridos vidriados. Los resultados están a la vista en construcciones célebres por su belleza descomunal, como las bóvedas del Oyster Bar de la Grand Central Terminal de Nueva York, las del Queensboro Bridgemarket, de la Estación City Hall del Metro y la del bar del Hotel Vanderbilt, entre el millar de obras en las que participó en Estados Unidos.

Guastavino murió en 1908 y sus estructuras, bellas y livianas, siguen ahí para recordar el genio de quien ha sido reconocido por muchos como “el arquitecto de Nueva York”.

Querido y respetado, Guastavino se pasea desde ahora y hasta septiembre próximo por las salas del Museo de la Ciudad de Nueva York, que le está rindiendo un merecido homenaje.