Sentido contrario

Hollywood Babel

A los gringos les encanta hacerse a la idea de que la vida es muy fácil. Les gusta creer que cualquiera puede hacerse rico de la noche a la mañana. Según ellos, hasta el más lerdo es capaz de triunfar sin el mayor esfuerzo, alcanzar la fama, encontrarse con el éxito y la celebridad. Vistas así las cosas, parece normal que alguien acumule millones con una hamburguesa que se multiplique en el mundo como una plaga de sabor indescifrable, con un programa para computadoras que desarrolló sobre la cama de su recámara o con una red social que requirió de una inversión de 10 dólares. Por supuesto a nadie se le ocurre estudiar una carrera universitaria, ni leer montones de libros para triunfar en la vida. Qué aburrido. La vida hay que enfrentarla con sentido práctico, con mucha ambición y sin muchas consideraciones.

Claro, en buena medida tienen razón a juzgar por los ejemplos que abundan, sobre todo en el mundillo del cine. El de Harrison Ford, por ejemplo: el actor que ha ganado millones de dólares interpretando a Indiana Jones declaró hace unos días a un diario que su trabajo consiste en hacer dinero para los estudios de cine. Eso lo puede asumir ahora tranquilamente desde la posición de uno de los actores mejor pagados de Hollywood, pero años atrás, cuando era un intérprete desconocido, se quejaba de que recibía mayores ingresos y tenía un más cómodo nivel de vida trabajando como carpintero. Pero la historia de su vertiginoso cambio de vida enloquece a los gringos: hace unos años Ford estaba realizando labores de carpintería en la casa de George Lucas cuando el realizador le pidió que interpretara al Han Solo de La guerra de las galaxias. Desde entonces les ha prestado su rostro y su porte a personajes de enorme éxito en cintas como Blade runner, la saga de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, con los que les ha dado a ganar a los estudios hollywoodenses alrededor de ocho mil millones de dólares. El solo cobra unos 65 millones de dólares por película, y además sigue metido como si nada en la piel de los mismos personajes que encarnó en sus años juveniles.

Otra que llegó a los estudios de cine con cara de quien no mata una mosca es Sandra Bullock. De la noche a la mañana se hizo rica y famosa. A los gringos les encanta también su historia, la de una mesera que hacía malabares con su humilde trabajo para acudir a toda suerte de audiciones, hasta que se topó de frente con la fortuna. Hoy está viendo cómo llegan a su cuenta bancaria uno tras otro los depósitos de su paga por su actuación en Gravedad hasta sumar 70 millones de dólares.

Lo curioso es que la calidad del trabajo actoral no va siempre en relación directa con la paga. Es decir, no necesariamente le corresponde un mejor salario a la mejor interpretación, como sucedía en el caso de las estrellas hollywoodenses en vías de extinción: Marlon Brando, Jack Nicholson, Al Pacino, Robert de Niro. Carita mata talento. También las historias de dramática existencia con ascenso repentino. En consecuencia, no siempre los mejor pagados son los más talentosos. De hecho, la industria hollywoodense del cine no tiene por costumbre premiar el talento, como lo demuestra cada año en la entrega de sus premios Óscar. Nunca están quienes debieran estar y hay quienes deben esperar hasta la más avanzada vejez con acumuladas pruebas de su talento para recibir casi por lástima un premio honorario por una trayectoria que buena parte de los industriales del cine desconocen o desprecian.

Robert Downey, por ejemplo, no es por ningún lado un actor talentoso. Simpático, carismático tal vez, es el actor mejor pagado en Hollywood. Su filmografía no es la gran cosa, con cintas exitosas en las taquillas como la saga de Iron Man, pero ganó 75 millones de dólares en el curso del año pasado, dejando atrás a Tom Cruise, quien era hasta entonces el consentido del público. Johnny Depp, Leonardo DiCaprio y otros actores inteligentes y sensibles son medidos con la misma vara que aquellos desprovistos de virtudes más allá de una cara bonita. Si hacen más ricos a los ricos se pueden inventar una vida.

Una industria como la hollywoodense, que domina prácticamente el total de las pantallas en el mundo entero, ha perdido las dimensiones a partir de los altísimos ingresos que percibe. Al inventarse a sí misma hace un centenar de años inventó también que todo debe ser excesivo, fastuoso, grandilocuente. Todo lo percibe en función de millones de dólares. Mientras más, mejor. Si a alguien le sirve de algo, hay que saber que nadie allá cobra barato. Si alguien lo hace, todos lo miran con sorpresa primero y desprecio después.