Sentido contrario

Haciendo historia

Me revienta cuando escucho a alguien que habla de la madre patria en alusión a España. Ni madre ni patria, mucho menos en estos días agrios. Así lo aprendimos en la escuela, con una profesora cansada, malhumorada, gritona. Uno que otro sopapo, un par de coscorrones, ayudaron a asimilar la historia de México. Con esa educación a nadie sorprendió Octavio Paz cuando nos restregó en la cara que los mexicanos somos unos hijos de la chingada. Pues sí, todos somos hijos de la Malinche. Supimos también de Benito Juárez, el pastorcito que llegó a presidente; del cura Hidalgo, que echó a andar la guerra de Independencia contra los españoles opresores; de Porfirio Díaz, el dictador que ordenó masacrar a los trabajadores de Cananea y Río Blanco y buscó luego el exilio en Francia, después de 30 años de gobernar con mano dura al país. Aquí estaría gobernándonos todavía de no haberlo subido la Revolución al Ypiranga.

Muchos han puesto en duda la veracidad de la historia de México que nos enseñaron en la escuela. Tal vez algunas de nuestra figuras históricas deveras no existieron, o no eran como nos las dibujaron en las estampitas que pegoteábamos en los cuadernos de las clases de historia y civismo. Pero, como sea, las naciones y sus instituciones necesitan de esos héroes, como los que tramaron en secreto el levantamiento contra los españoles o los que dejaron la vida en las batallas de la Revolución. Esa es la que llaman la historia oficial y es la que nos da sentido con nuestra bandera y el himno nacional.

Por eso a muchos nos ha dado por preguntarnos en estos días a qué escuela habrán ido quienes nos gobiernan o nos representan de una u otra manera. Tal vez estudiaron en Europa o en Oceanía. Hay quien mira la ceremonia del grito para contemplar un espectáculo que rinde tributo anual al kitsch, pero también quien se pega a la televisión para ver en qué se equivoca el ciudadano presidente esa noche lluviosa, si la campana se atora o se le cae la bandera. Nunca pasa nada, de modo que habrá que esperar al año siguiente.

Lo que sí sucede con mayor frecuencia cada vez es que los gritones, presidentes municipales, gobernadores, embajadores meten la pata con singular alegría mexicana, se hacen bolas con la Independencia y la Revolución recordando en la ceremonia a quien no le toca. Pensarán que el grito no es para dar clases de historia, sino para demostrar que estamos muy contentos como mexicanos.

Si el alcalde de Silao matrimonió a doña Josefa Ortiz de Domínguez con el cura José María Morelos, el gobernador de Chiapas evocó como
héroe de la Independencia a fray Bartolomé de las Casas, un párroco de Pachuca se decidió a dar el grito en el santuario del Señor de la Misericordia, un alcalde en un pueblo de Guanajuato incluyó a la Virgen de Guadalupe entre los héroes recordados en septiembre, y un alcalde veracruzano no se resistió a la tentación de portar la banda presidencial en el pecho para dar el grito, quiere decir que los políticos trepados en la administración pública no fueron a la primaria. O acaso la cursaron en Samoa, muy lejos de los ritos cívicos mexicanos.

Pero el embajador en Gran Bretaña que rindió tributo a Porfirio Díaz en el curso de la patriótica ceremonia no se midió. No solo el general oaxaqueño nada tiene que ver con la guerra de Independencia, sino que evocó como heroica la figura del dictador que solo pudo ser removido de la presidencia del país a costa de la vida de más de un millón de mexicanos.

Algo ocurre en este caso. Tal vez el embajador se sintió obligado a la legitimación del tirano. Algo habrá escuchado en su entorno. Algo habrá sentido. Tal vez gritó con la mano huesuda del general apretando su cuello. Después de todo, el dictador reposa dese hace cien años al otro lado del Canal de la Mancha, en el cementerio de Montparnasse, en París.

Gobernar un país a lo largo de nueve periodos no es cosa fácil. Tal vez por eso el alcalde de Orizaba, en Veracruz, se sintió obligado a agradecer sus esfuerzos erigiéndole la estatua algo feúcha que develó hace unos días. Quizá alguien siga sus pasos y plante una efigie de Cortés ahí cerquita, en La Antigua, para rendir tributo a la madre patria que tanto nos quiere.

Pero hay que ver que el grito del embajador es ya un verdadero coro. Como en los años noventa del siglo pasado, muchas voces se levantan ahora pidiendo la reivindicación del tirano y su regreso a tierras mexicanas. Una telenovela quiso en aquellos días lavar su imagen. Ahora se le ve venir de regreso en un “docudrama” que lo mira con admiración y respeto, como un héroe.

 Habrá que reescribir la historia a gritos.