Sentido contrario

Gotas de sangre

La vida en familia tiene sus inconvenientes. Los secretos, las intrigas domésticas, las bajas pasiones sacuden a menudo una armonía sostenida en el mejor de los casos con frágiles palillos. Una carta escondida, una vieja fotografía, un encuentro desafortunado, un comentario inoportuno pueden poner de cabeza en segundos a una institución que los sociólogos asumen como el cimiento de la sociedad. Habrá que imaginar entonces cómo anda el mundo entero. Hay eventos de procedencia externa que a veces ponen también a prueba su consistencia. Y si el apellido de la familia figura en las listas de los ricos y famosos la cosa se pone de veras buena. Nada como la riqueza, la celebridad y el glamour asociados con el escándalo para tejer una atractiva historia de película o de novela.

Cuando a mediados de los 70 comenzó a circular una fotografía de Patty Hearst donde la nieta del empresario editorial William Randolph Hearst aparecía vistiendo ropas militares y portando un arma en el curso de un asalto bancario, millones de estadunidenses se quedaron con la boca abierta. A sus 19, la heredera de una de las fortunas más cuantiosas de Estados Unidos era la protagonista de una noveleta sobre su secuestro por una banda de terroristas. Durante largo tiempo medio mundo estuvo pendiente de la evolución de una trama impensable, con el FBI tras las huellas de una joven bella, rica y armada hasta los dientes bajo el sobrenombre de Tania. Luego de casi dos años de militancia en lo que algunos identificaron como la guerrilla urbana, cayó en manos de la ley. Aseguró entonces que había sido engañada, drogada con LSD y sometida a un lavado de cerebro.

La justicia dejó de lado la fortuna y las influencias de la familia Hearst y condenó a la niña rica a 35 años de cárcel, que pagó en parte hasta que el presidente Clinton le concedió el indulto en 2001. Han transcurrido desde entonces unos 40 años pero la historia de la joven heredera que militó en las filas del crimen no ha perdido su atractivo. Un nuevo libro que da cuenta de sus peripecias está por llegar a las librerías y sus autores han firmado ya el contrato para una versión fílmica que estará en las pantallas el año próximo.

Patty Hearst es ahora una ama de casa de 60 años que vive con cierta discreción, madre de dos hijas y viuda desde el año pasado. Está tan curada de espanto que advierte últimamente a cuanto periodista se le acerca que le tienen sin cuidado el libro y la película sobre su vida que están en camino. Y del silencio nadie la saca.

Al mismo tiempo, otra historia de vida en familia con ricachones atrapados en las telarañas del crimen se comienza a escribir en estos días en Estados Unidos. Hay quien define a los Getty como el más claro ejemplo de que los ricos también lloran. Y mucho. La familia del magnate petrolero J. Paul Getty parece de hecho marcada sin remedio por el infortunio. Acumula un largo historial de trágicas muertes prematuras, suicidios retorcidos, excesos en el consumo de alcohol y drogas y decesos inexplicados, entre otras desgracias que ensombrecen su extraordinario poder adquisitivo.

Hasta ahora tal vez el más conspicuo integrante de la familia era John Paul Getty III, un joven de 16 años entregado a la vida fácil, nieto del exitoso industrial que llegó a ser el hombre más rico de Estados Unidos, célebre por su tacañería extrema y por su descomunal colección de obras de arte. Cuando desapareció en Roma en 1973 muchos pensaron que se trataba de un autosecuestro para exprimir las cuentas bancarias de la familia, pero cuando una de sus orejas llegó a la redacción de un diario local las sospechas se esfumaron. Los secuestradores recibieron a regañadientes del viejo Getty unos tres millones de dólares a cambio de la vida del alegre muchacho. Murió cuatro años atrás devastado por sus adicciones.

Otro de los nietos del magnate, Andrew, de 47 años, fue hallado hace unos días medio desnudo, tendido en el piso del baño de su lujosa casa en Hollywood, en un charco de sangre. Más preocupada por su maltrecha reputación, la familia se apresuró a explicar su deceso como la consecuencia de un accidente doméstico. Los Getty saben bien de las historias ocultas, de los secretos familiares, de los cadáveres en el armario. Pero las cosas no siempre salen como quieren. La prensa estadunidense ha comenzado a ampliar los detalles del suceso y a esbozar sospechas. Empiezan a describir sutilmente ese baño como la escena de un crimen horrendo, con el multimillonario heredero desangrándose a causa de una profunda herida en el recto. Sin duda pronto llegarán el libro y la película. Y la verdad.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa