Sentido contrario

Gordos del mundo, uníos

Cada vez que veo a Michelle Obama promoviendo los buenos hábitos alimentarios me dan ganas de salir a comprar una guajolota, y más si me aparece en la tele, bailando con todo su desgarbo. La señora que jala las orejas a su marido cuando se le escapa en busca de hamburguesas y cervezas, como haría cualquier Homero Simpson, no es muy popular en la Casa Blanca. Muchos empleados al servicio del presidente estadunidense la aborrecen no solo por sus modos déspotas, sino también por sus permanentes intromisiones en sus gustos culinarios, las más de las veces alejados de las dietas libres de calorías y carbohidratos que trata de imponer en el país entero. Como a todo el mundo, les choca que les prohíban las grasas saturadas, las bebidas azucaradas, las pastas y los panes. Pero además la señora presidenta no predica mucho con el ejemplo. Parece un tanto pasada de peso y es posible que sus campañas contra los excesos al comer consigan efectos contrarios a los que busca. El presidente Obama, en cambio, luce más delgado, de modo que promueve con su figura más o menos esbelta una dieta escasamente sana.

La manera contradictoria como se asumen la obesidad y la sana alimentación en la Casa Blanca, se parece mucho a la percepción que tienen algunos científicos de un asunto que casi todos definen, de cualquier manera, como un problema que incide en la sobrevivencia de millones de personas en todo el mundo.

Por si alguien no conoce su significado, una guajolota consiste en una sabrosa torta de tamal, la reina de los carbohidratos y las grasas saturadas, al lado de los tamales fritos, las tortas de chilaquil, las hamburguesas con papas fritas, los tacos de todo tipo, los sopes, memelas, quesadillas y demás, que le han dado a México el primer lugar en obesidad entre los países latinoamericanos, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud. Para enfrentar esta preocupante estadística, los legisladores siguen discutiendo sobre la prohibición de la venta de alimentos chatarra en las escuelas y las autoridades sanitarias tratan de implementar otra vez disposiciones más claras para los etiquetados de los alimentos, que permitan distinguir qué tan dañinos son para la salud de los consumidores. Además, a alguien se le ocurrió instalar aparatos para ejercitarse en plena calle, entre polvos y humos, muy cerca de los expendios de garnachas. Un mediodía he visto a un par de señoras flacuchas trepadas en ellos, pero veo todos los días a miles de rollizos viandantes arremolinarse en torno al medio centenar de puestos callejeros del rumbo. La verdad, siempre es más sabrosa una gordita con un atole.

El asunto es que unos nos han llenado de culpa, como hace la señora Obama, por nuestros hábitos al comer, mientras otros nos bendicen con sus sorprendentes hallazgos científicos. Los más, se benefician de tiempo completo con las lonjas, los sentimientos de culpa y las angustias ajenas; hacen negocios jugosos con aparatos deportivos bastante ridículos, con píldoras y dietas, masajes y hasta cirugías devastadoras. En realidad, son los únicos que le hallan sentido a los resultados de nuestros excesos.

Pero nada como la ciencia para paliar nuestros remordimientos cada que compramos ropa más grande. Un equipo de investigadores británicos le ha encontrado el lado bueno a lo que parecía muy malo. Sostienen que, según sus sesudos estudios, las personas obesas están más lejos que los flacos de sufrir demencia o alzhéimer. Otros científicos británicos han comprobado también que los obesos son más sensibles a ciertos aromas, como el de los chocolates, y que disfrutan más los sabores agrios y salados.

Pero, sobre todo, quienes se sienten culpables y desagradables a la vista de los demás por su barriga enorme pueden olvidarse de todos sus problemas. El impulso incontrolable que los lleva a detenerse ante los puestos de tacos de canasta, los expendios de tamales y quesadillas está en sus genes y no en su inconsciente. La obesidad, pues, no es culpa suya, sino del iroquois, que no es una variante de las guajolotas. Se trata en realidad de un gen que, según las investigaciones conjuntas de científicos estadunidenses y españoles, causa la obesidad de millones de personas en todo el planeta. Cuando la ciencia encuentre la manera de ponerlo en orden, el mundo habrá de cimbrarse hasta sus cimientos. Será algo así como el apocalipsis: desaparecerán los puestos de quesadillas, las guajolotas, los tacos, las hamburguesas y las papitas fritas. Pero lo mejor de todo es que no volveremos a ver a la señora Obama bailando para promover sus obsesivos gustos gastronómicos.