Sentido contrario

Genios y figuras

Me he reído mucho a lo largo y ancho de los últimos días leyendo las rotundas sentencias que anda soltado por ahí el aclamado científico británico Stephen Hawking. Su reciente participación en un festival de astronomía y música en Tenerife, España, al lado de otras celebridades, incluidos algunos premios Nobel y uno que otro astronauta, le ha dado la oportunidad de vagabundear por los medios de todo el mundo afirmando cosas como: “Einstein se equivocaba cuando decía que Dios no juega a los dados”, “la vida sería trágica si no fuera graciosa”, “el ser humano solo es una raza avanzada de monos en un planeta menor de una estrella promedio, pero podemos entender el universo y eso nos hace especiales”, o “los virus de computadora deberían ser considerados como vida; creo que esto dice algo acerca de la naturaleza humana, que la única forma de vida que hemos creado es puramente destructiva: hemos creado una forma de vida a nuestra imagen y semejanza”.

Naturalmente, los medios se han apresurado a recoger sus agudas reflexiones con admiración y respeto. Tal vez Hawking se carcajea cuando las lee en la prensa.

Está claro que Hawking, cuyo talento nunca ha sido reconocido por la fundación que otorga cada año el premio Nobel, es un científico de altos vuelos, pero es incapaz de resistirse a la luz de los reflectores. Está claro también que vivimos tiempos de endiosamientos y de culto generalizado a la banalidad. En realidad, el astrofísico británico no es el único que se deja arrastrar de tiempo completo por esa tendencia que suele poner en la primera línea informativa la existencia de vida extraterrestre, los hallazgos que curan las más virulentas enfermedades, las epidemias devastadoras, el fin del mundo y la inexistencia de Dios. El hecho de que el festival Starmus que lo hizo viajar a España haya convocado a personajes del candelero científico lo mismo que a figuras del espectáculo habla por sí mismo. Uno de los presentes ahí, tal vez de los más serios en su especialidad, era Brian May, el espléndido guitarrista y vocalista de Queen, quien obtuvo su grado de doctor en Astronomía en 2007 con su tesis “Las velocidades radiales en la nube de polvo zodiacal”.

La frivolización de la ciencia es, sin duda, una de las marcas de nuestros días. Hace poco circuló por todo el mundo en calidad de hallazgo notable el resultado de una sesuda investigación emprendida en Estados Unidos por un equipo encabezado por Jayant Pinto, que concluyó que la pérdida del sentido del olfato constituye una advertencia de muerte inminente. Pinto es un otorrinolaringólogo que trabaja para la Universidad de Chicago, especializado en el tratamiento de trastornos olfativos como la sinusitis y la rinitis, pero su capacidad para predecir mediante procedimientos científicos la muerte de alguien con cinco años de antelación parece ciertamente dudosa. Por lo pronto, los resultados de sus investigaciones habrán puesto en jaque a los hipocondriacos, que andarán ahora olisqueando todo a cada momento. Por supuesto, es difícil que Pinto reciba en estos días el premio Nobel que avale su labor científica.

Hay científicos que se merecen la imagen que el cine da a menudo de ellos, solitarios, obsesivos, paranoicos, ambiciosos y a menudo fracasados, incapaces de vivir sin el auxilio puntual de un lambiscón asistente jorobado, afásico y desaseado. El trabajo de la academia sueca que otorga cada año el Nobel parece casi imposible en este contexto. Su tarea consiste en hallar cada vez una aguja en un pajar. Personajes como Marie Curie, Méchnikov, Fleming o Einstein no abundan.

El año pasado el físico británico Peter Higgs y el belga François Englert recibieron el Nobel de Física por sus hallazgos en torno a la existencia de la partícula subatómica conocida como el Bosón de Higgs. Frente a los reflectores, Hawking declaró entonces que “la física sería mucho más interesante si no se hubiera descubierto esta partícula”. En cambio, otros científicos muy serios saludaron la investigación premiada como “el mayor descubrimiento en la historia de la comprensión de la naturaleza, ya que permite conocer lo que ocurrió inmediatamente después del Big Bang, la gran explosión que dio origen al Universo”.

Pero el celebrado científico británico lamentó sobre todo los 100 dólares que puso en juego al apostar que las investigaciones de los científicos premiados nunca tendrían éxito. Perdió, pero se consoló advirtiendo al mundo que le parecía difícil que “los humanos vivamos otros miles de años sin escapar de nuestro frágil planeta”. Aseguró también que “los distintos universos son creados de la nada”.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa