Sentido contrario

El amor de un presidente

Los franceses parecen acostumbrados a arrojarse los libros a la cara unos a otros. Dirimen sus pleitos, sus desacuerdos, sus amoríos en las librerías y el público se apresura a comprar cuanto texto ardiente aparece en los anaqueles. Luego se sientan a esperar el siguiente. No esperan mucho, por supuesto. Casi todas las disputas acaban convertidas en best seller. Y a menudo los autores y personajes más controvertidos, y también los más leídos, son quienes debieran ser los más discretos, es decir, los presidentes.

No bien comienza el debate sobre el libro del presidente François Hollande Lo que un presidente no debiera decir, escrito por un par de periodistas del diario Le Monde a partir de una serie de entrevistas con el mandatario, en el que amarra navajas con medio mundo en el momento menos indicado —en vísperas del difícil proceso hacia la reelección—, está comenzando a levantar polvo el libro Lettres à Anne, que reúne unas mil 200 misivas que le escribió François Mitterrand a Anne Pingeot, su amante, en el tono intenso de un adolescente enamorado, mientras llegaba a la jefatura del gobierno francés y enfrentaba algunos de los más graves problemas de la nación.

Parece mentira, pero hasta ahora uno de los libros más exitosos sobre el mandatario socialista era el que escribió su cocinera en la residencia presidencial, Danielle Mazet-Delpeuch. Tanta fortuna tuvo entre los franceses el volumen en el que la cocinera describe los gustos y los ánimos privados presidenciales, que hubo quien se decidió a filmar tres años atrás una película sobre el volumen escrito por aquella mujer del campo que vive ahora de impartir cursos y conferencias sobre gastronomía. Dirigida por Christian Vincent, la cinta cuenta con los testimonios de quien se hizo cargo durante dos años, entre 1988 y 1990, de las cazuelas y los fogones en El Elíseo y que se toma las licencias necesarias para soltar hasta sus análisis políticos: “Cuando llegué, acababan de elegirlo por segunda vez, ya no tenía nada que esperar de ese cargo, simplemente no había nadie para tomarle el relevo y por eso lo reeligieron”. Ya entrando en materia, la cocinera relata que la petición más frecuente de Mitterrand era: “Prepáreme lo que cocinaba mi abuela”.

Pero la verdadera intimidad del presidente está en Lettres à Anne, que reúne la correspondencia amorosa que mantuvieron durante más de 30 años, entre 1964 y 1995, Mitterrand y su amante, Anne Pingeot, la madre de su hija secreta, Mazarine.

François tenía 47 años y era un hombre casado, con dos hijos, cuando conoció en 1964 a Anne, de 21. Se enamoraron y mantuvieron una relación prácticamente conyugal hasta la muerte del mandatario en 1996, a los 80, a causa de un cáncer de próstata. Las cartas del presidente socialista que están ahora a la vista de los lectores muestran al hombre profundamente enamorado, tierno, poético, cálido, apasionado y romántico que le movió el piso a Anne, una mujer sobria y discreta que hasta ahora no había figurado en público, desde el muy privado sepelio del desaparecido gobernante.

Anne y Mazarine habían vivido hasta hoy como la familia clandestina de Mitterrand, obligada al secreto, pero ahora están reclamando con el libro, de manera implícita, su derecho a una existencia normal. La imagen del mandatario también está cambiando ahora. Con fama de seductor pero también de un político duro y muy cerebral, conocido con el sobrenombre de La Esfinge, está resurgiendo en la opinión pública francesa como una suerte de Romeo atrapado sin remedio por las embestidas de Cupido. Un inocente hombre casi sin voluntad, profundamente enamorado.

El volumen reunido por la propia Anne no incluye sus respuestas a las cartas del presidente. Danielle, la esposa de Mitterrand, las habría hallado a su muerte y las enviaría a la hoguera en un arrebato de cólera. Pero quizá ninguna carta de Anne tuviera la elocuencia pasional de un enamorado con el que tenía en común su interés por el arte y la literatura: “Adoro tu cuerpo, la alegría que fluye a través de mí cuando poseo tu boca, la pasión que me quema con todos los fuegos del mundo, la explosión por ti de mi sangre en las profundidades del corazón, tu placer que estalla del volcán de nuestros cuerpos, una llama en el espacio, una quemazón”.

El efecto de las epístolas en el ánimo de los franceses se puede reducir al comentario de un editorialista en un diario de gran circulación: “¿Quién hubiera pensado que un día Mitterrand tocaría nuestros corazones?”.

Deliberadamente alejada de los eventos relacionados con la aparición de su libro, Anne estará feliz, sonriendo bajo el sol.