Sentido contrario

Fenómenos

Hoy día los futbolistas profesionales pasan más tiempo en el salón de belleza que en los campos de entrenamiento. Nada que ver con las viejas glorias del balompié, greñudos, sudorosos, barbudos, metidos en unos horribles calzones que les llegaban por debajo de las rodillas, con zapatos de cuero y las camisetas rasgadas. De cuero era también el balón, y los pelotazos, cuando jugaban bajo la lluvia, dolían a muerte y dejaban marca ardiente. Era una batalla muchas veces. Hay que verlos ahora maquillados, con las cejas depiladas, los cabellos teñidos, las uñas barnizadas, cortes de pelo vulgares y poco viriles y coloridos tatuajes que encriptan su anodina biografía. Saltan a la cancha portando pantaloncillos de marca en tonos chillantes, usan costoso calzado de plástico de color diferente en cada pie. Los balones son de plástico también, diseñados para un juego sin mayor compromiso físico.

En un espectáculo deportivo tan comercializado entiendo que no cargan del todo la culpa por los empeños industriales en mercantilizar su imagen, en hacerlos rivalizar no con otros atletas, sino con las figuras del show business, de la moda, del glamour.

Han hecho de ellos fenómenos de lujo en apego a una detestable tendencia de nuestro tiempo. La originalidad ya no la definen del todo las diferencias. Lo atractivo, lo exitoso, lo celebrado son los fenómenos. Y los medios electrónicos son sus más frecuentes escaparates. Muchos disfrutan los partidos de futbol americano que juegan con bastantes recursos un montón de chicas en ropa interior. Hace unos años, en 2008, Paul Karason comenzó a recorrer los estudios de televisión de todo el mundo con el sobrenombre de Papá Pitufo. Tenía la piel azul y los cabellos y la barba blancos. Un tratamiento medicamentoso equivocado lo había reducido a esa condición, pero fue un exitazo. Su salud era lo de menos. Un infarto lo fulminó el año pasado. Se acabó el negocio.

En 2013 un museo suizo rescató de manos de un coleccionista medio centenar de imágenes originales de la filmación de la película Fenómenos, que realizó Tod Browning a comienzos de los años treinta. Con grotescas víctimas de malformaciones, enanos, mujeres gordas y barbudas interpretando una sórdida historia de amor bajo la carpa de un circo, la cinta fue prohibida durante años en buena parte del mundo. El público salía corriendo de las salas donde llegó a exhibirse. Hasta los empleados de los estudios donde fue filmada protestaron cuando se vieron obligados a compartir los espacios de trabajo con los fenómenos, incluido el comedor. Hoy Fenómenos es una película de culto muy difundida y celebrada.

El comercio audiovisual ha educado nuestros sentidos para mal. Nos hacen apreciar más lo grotesco, lo vulgar, lo antiestético, que lo bello o lo valioso en términos de arte. Los gringos se han apresurado a llenar de enanos, de gordas, de personaje grotescos sus productos para el cine y la televisión. En las telenovelas las obesas se disputan los amores de los galanes. Pelona y sin un dedo en una de sus manos, la modelo Jennifer Saa figura entre las favoritas para ganar un concurso de belleza. Una chica con la piel descolorida es celebrada en los medios como la primera modelo con vitíligo. Un tipo barbado y con ropas de mujer ganó hace poco el Festival de Eurovisión con el sugerente apelativo de Conchita Wurst. Los únicos que se inquietaron con su éxito arrasador fomentado por la televisión fueron los curas ortodoxos de Serbia y Montenegro, que solo atinaron a culpar al sujeto por las devastadoras inundaciones que arrasaron luego su región. Una atleta estadunidense sin brazos anda por el mundo participando en torneos de gimnasia. Hace poco una bailarina sin piernas participó en un concurso de baile en la televisión de Estados Unidos. Una bailarina octogenaria participa con frecuencia y con mucho éxito en concursos televisivos de baile. Susan Boyle fue celebrada hace unos años no por haber ganado con su espléndida voz un concurso de talentos en la televisión británica, sino por su obesidad mórbida. Hace poco un científico español triunfó en la televisión con un programa lleno de gordos que reaccionaban con carcajadas a sus explicaciones burlonas sobre la obesidad y la diabetes y sus consecuencias.

Jerry Springer, el conductor de la televisión estadunidense que inventó los reality shows, puede estar tranquilo. Nos dejó con el ojo cuadrado para siempre con sus programas plenos de fenómenos empeñados en dirimir a golpes sus diferencias. Y muchos quieren más y más y siempre hay alguien dispuesto a satisfacer sus necesidades, sus gustos, sus obsesiones, sus perversiones.