Sentido contrario

Federico: aquellos años

“Dos de pinga, dos de pinga”, pedía en voz alta Federico Campbell en medio de la multitud. Las carcajadas de los tragones opacaban el tráfico escandaloso de la avenida Insurgentes, a las puertas de La Veiga. La quesadillera de aires mixtecos, morena, robusta y con los negros cabellos trenzados, lo buscaba entre el gentío, levantaba la ceja: “Será de tinga”. “De eso, de eso”, le respondía Campbell con fingida timidez. “Es igual”, remataba con una sonrisa de discreta picardía. Todos reíamos. Él también. La quesadillera no.

Conocí a Campbell mientras comenzaban a contar los años de la década de los setenta en los pasillos de la editorial Mex-Abril, donde trabajábamos. Se hacían ahí un montón de revistas de todo tipo: de moda, de automovilismo, de fotografía, de asuntos del hogar. También se fabricaban fotonovelas. Unos argentinos léperos y patanes, sin ningún talento y desprovistos de cualquier evidencia de sensibilidad, encabezaban el proyecto que había traído a México el éxito de la editorial argentina Abril.

“Te quieres ir conmigo, maestro”, me dijo un día Federico mientras nos encaminábamos a la puerta de salida. “Voy a hacer una revista médica”.

Unos días después me estaba presentando con el dueño
de Mundo Médico, un chileno de cabello engominado y modos elegantes, que jugaba polo, iba de cacería los fines de semana y bebía ron Bacardí. Me nombraron jefe de redacción.

En la colonia Del Valle, en uno de los últimos pisos de un edificio enorme frente al parque de San Lorenzo, comenzamos de inmediato la tarea. Escribíamos en unas maquinitas Olivetti de plástico verde sobre
cajas de cartón en lugar de mesas. Pero el equipo que integró Federico sobre la marcha era una verdadera aplanadora de talento, sabiduría, afecto y camaradería: David Huerta, mi hermano Víctor Kuri, Adolfo Castañón, Ignacio Almada, Daniel López Acuña, Julio Frenk, Esther Corona, Juan Pérez Amor, Gabriel Benítez entre ellos.

La revista, mensual, era un vehículo para llevar la publicidad de los laboratorios a los médicos, que la recibían de manera gratuita, y el proyecto debía ser muy amigable para ellos, con temas nada complicados y muy agradables. De hecho, muchas veces publicábamos los textos traducidos del inglés de una edición gemela que circulaba en Estados Unidos. Asuntos triviales, muy gringos.

Nos daba tiempo de sobra para ir a las quesadillas, pasar la tarde en La Veiga, ir al cine o comer pizzas en la casa de alguien. En la madrugada nos íbamos al Gallito de Insurgentes. Federico llevó la cuenta en secreto durante meses: 11 tacos al pastor, un menudo, una torta de pierna y dos o tres vasos de agua de tamarindo. Todas las noches. “Ya no”, me dijo una noche con un gesto de horror. “Me estoy convirtiendo en un cerdo; no puedo seguir comiendo así”.

A sus 32 hablaba como un hombre de 60. Y me amenazó: “Ya verás cuando pases de los 30, tú también te vas a poner obeso”. De pronto lo encontraba en su cubículo haciendo sentadillas, lagartijas. “¿Estoy gordo, maestro? ¿Verdad que estoy gordo?”. También se dejaba atrapar por las enfermedades psicosomáticas derivadas de los textos que leíamos con frecuencia: “Maestro, creo que tengo asma, me está dando cáncer, no puedo respirar, me late el corazón muy fuerte…”.

Muy pronto, bajita la mano, Federico comenzó a combinar los temas ñoños que nos pedía el dueño con asuntos que mostraban filos ideológicos, políticos, culturales. La antipsiquiatría, la medicina de enfoque
social, la atención sanitaria en los países comunistas, los escritores y sus enfermedades, el psicoanálisis, la sexología.

Un mal día el dueño recibió la colérica carta de un médico que pedía ser eliminado del directorio de “esa publicación comunista”. No quería saber nada de Michel Foucault, de Gilles Deleuze, de Ronald Laing, de Masters y Johnson.

Nos llamó, nos puso del asco y nos conminó a enmendarnos. “Nada de comunismo, ¿me entienden?”. Luego, en un gesto conciliatorio, invitó a Federico a cazar patos a las cinco de la mañana en Tecámac. Con cierto horror, Federico se dejó querer.

Pero luego nos castigó placenteramente. Invitó a Armando Ayala Anguiano para que nos vigilara desde su condición de asesor editorial. Debíamos reunirnos para comer con él una vez al mes en un restorán de lujo y discutir los asuntos editoriales. Terminamos siempre comiendo, bebiendo y charlando de mil cosas menos de la revista.

La política editorial siguió siendo la misma, pero organizamos un filtro para las cartas de los lectores. Algunas las guardábamos antes de que llegaran a manos del dueño.

Hasta que un día de 1977 nos echó a la calle sin ningún miramiento.