Sentido contrario

Verdades y mentiras

Falleció el jueves pasado el torero Rodolfo Rodríguez, El Pana. La embestida de un toro al comienzo de mayo lo había dejado cuadripléjico, tumbado en una cama, imposibilitado para moverse. Un tubo en la boca le ayudaba a respirar en la sala de terapia intensiva de un hospital de Guadalajara, mientras los periodistas permanecían día y noche al acecho. En términos generales, la de permanecer alerta donde puede haber una noticia es parte de las tareas de un informador. El suyo es un oficio de inoportunos, indeseables, indiscretos, latosos. Ni modo. Pero lo que no está bien es dejarse llevar por la tentación de inventar la noticia.

Alguien escribió hace un par de semanas que El Pana, maltrecho como estaba, pedía que lo dejaran morir. La historia de un aguerrido torero incombustible condenado a la inmovilidad y pidiendo la muerte vagabundeó por los medios nacionales y extranjeros durante largo rato. Hace apenas unos días, mientras daba cuenta del fallecimiento del torero, alguien explicó que pedía a señas a sus médicos que lo dejaran morir, porque no podía hablar. En realidad no solo no podía hablar, tampoco podía hacer señas, ya que no estaba en posibilidad de mover ninguna de sus extremidades. Sin embargo, aunque apenas parpadeaba, alguien aseguró que se comunicaba mediante la mirada y que había quien podía leer sus labios a pesar de estar entubado.

Ya en plena imaginería, la edición en español de la revista estadunidense Newsweek se aventuró a entrecomillar su encabezado a finales de mayo con una frase que parecía entonces una cita literal de la voz del torero: '"Doctor, déjeme morir': Rodolfo Rodríguez El Pana". Unos días después, un diario español publicó: "Fallece El Pana, el torero tetrapléjico que pidió que le dejasen morir".

Tal vez el personaje lo valía: era pura literatura. Pero hay casos más complicados. A finales de 2014, la revista Rolling Stone difundió un reportaje pleno de detalles sobre una chica de 18 años violada y golpeada durante tres horas por casi una decena de sujetos en una universidad estadunidense.

La pieza periodística era tan redonda que puso a pensar a muchos periodistas. Algunos no tardaron en hacer públicas sus sospechas sobre un texto que conmocionó al país. Poco después, la revista publicaba una nota en la que aclaraba que se trataba en realidad de un falso reportaje y se disculpaba con sus lectores. Todos dejaron caer la responsabilidad de la mentira en la joven violentada sexualmente, que habría exagerado su relato ante la reportera de la publicación. Lo más probable, sin embargo, es que en ese texto se impuso de manera deliberada la voluntad literaria de quien lo redactó.

Pero la que armó Jayson Blair en The New York Times en 2003 fue memorable. El reportero había llegado a los 23 a uno de los diarios más prestigiados del mundo para convertirse rápidamente en una estrella del periodismo. Era realmente talentoso y muy empeñoso, pero tenía también todos los defectos de muchos bichos que pululan por las redacciones: era marrullero, lambiscón, trepador y en general muy poco escrupuloso en la búsqueda del éxito y el poder. Cada que escribía recibía las felicitaciones del director, de los funcionarios del diario, de los lectores. Sus atinados reportajes y entrevistas lo hacían recorrer el país de punta a punta. Nadie se dio cuenta de que nunca pedía el reembolso de sus gastos de avión, de hotel, de alimentos. En realidad se sentaba a escribir en su casa con un trago y sus cigarros favoritos a la mano. A veces también trabajaba en la redacción del periódico, hurgando en su base de datos. Hasta que se descubrió que casi todo lo que publicaba era literatura, nutrida con uno que otro dato periodístico. Su impostura hizo añicos al diario y puso en la cuerda floja a muchos de sus compañeros, que imitaban en menor escala sus métodos periodísticos. Una larga explicación y una disculpa pública ocuparon entonces cuatro planas. Blair se fue sin esperar el despido y sin reconocer sus culpas. Se propuso vender su historia a algún productor de cine que le diera a ganar por lo menos un millón de dólares. Está claro que sigue siendo muy ambicioso.

Hace unos días se supo que sus modos habían encontrado réplica en la edición estadunidense del diario británico The Guardian. Joseph Mayton acaba de ser despedido por sus directivos luego de ponerse al descubierto que el contenido de 12 de sus artículos publicados en los últimos años era apócrifo.

Por supuesto, las historias de periodistas literatos no terminan aquí. La tentación es grande y el terreno propicio para sembrar las generosas semillas de la imaginación.