Sentido contrario

Días de muertos

En septiembre del año pasado, la soprano argentina Florencia Fabris interpretaba el Réquiem de Verdi cuando comenzó a sentirse mal. Terminó su actuación sentada en una silla y al concluir la función fue trasladada a un hospital. El diagnóstico parecía increíble a sus 38 años de edad: había sufrido un derrame cerebral mientras cantaba. Intervenida quirúrgicamente de urgencia, sobrevivió apenas un par de días. Ni siquiera era obesa, como muchas cantantes de ópera que andan por ahí echando algunos gorgoritos al aire. Hace un par de años, Andreu Vivó, un celebrado gimnasta español de 34 años, trotaba en un paraje montañoso para ejercitarse cuando cayó prácticamente fulminado por una muerte súbita. Su condición física era la de un atleta profesional.

Aunque hay quien busca la muerte, es condenado a la pérdida de la vida o recurre a toda suerte de artificios médicos para demorar la partida, el viaje final es casi siempre un funesto suceso inesperado que ocurre muchas veces ante los ojos de familiares adoloridos. Es difícil entender por qué diablos ahora estamos y de pronto ya no, como sucede en los más baratos espectáculos de magia de feria callejera. También es difícil entender adónde viaja el alma en esos momentos, qué pasa con el espíritu. La única pista que tenemos mientras estamos vivos y nos hacemos angustiadas preguntas sobre nuestro destino final la dan quienes saben un poco más sobre el asunto en términos prácticos: “Si ves una luz no la sigas”. Tal vez Fabris y Vivó no estaban al tanto de esta advertencia y se dejaron ir hacia una luz que se convirtió luego en oscuridad, frío y silencio.

Muchas personas que han estado a las puertas de la muerte hablan de esa experiencia como algo parecido a una resurrección. Según las investigaciones de un equipo de neurocirujanos de la Universidad de Michigan, alrededor del 20 por ciento de quienes han sobrevivido a un paro cardiaco que los ha puesto a las puertas del otro mundo dieron cuenta de esa sensación. Sus estudios, derivados de complicados procedimientos clínicos con ratas y difundidos el año pasado, consiguieron establecer que lo que muchos consideran un mito tiene en realidad una explicación científica muy precisa, si se considera que la actividad cerebral de quienes han sufrido un paro cardiaco se mantiene no solo vigente sino intensificada por lo menos hasta medio minuto después de la cesación de la actividad del corazón.

Los resultados de esta investigación, que explican también la sensación de reencontrarse durante unos segundos con toda la historia personal al modo de una película breve y rápida, parecen ser una aproximación a la develación de un enigma que ha traído de cabeza a la humanidad desde sus orígenes también inciertos.

De todas maneras las preguntas acerca de este acto de mala magia de la naturaleza son muchas y hasta ahora ninguna ha encontrado respuestas suficientemente creíbles. Millones en el mundo entero están permanentemente preocupados por el mismo tema. Y no
solo los científicos indagan sobre los sombríos senderos que conducen al mitológico Hades. El año pasado, una publicación francesa envió a una reportera con buen estómago al célebre cementerio del Père-Lachaise, en París. Ahí, a unos metros de donde descansan los restos
de personajes como Guillaume Apollinaire, Oscar Wilde, Honoré de Balzac y Jim Morrison, son cremadas cada año unas seis mil personas. Su misión consistía en reportar cada detalle de la incineración de un cadáver. Para empezar, pudo constatar que los familiares del difunto pueden ser testigos de su cremación mediante un sistema de circuito cerrado o pueden presenciar cada detalle de su evolución desde una ventana sin vidrio, o por internet, mediante una suma no muy módica. Pueden transmitir también videos e imágenes que recuerdan ciertos momentos de la vida de quien ya está rumbo al otro mundo.

Pero lo más sorprendente fueron los comentarios del responsable del crematorio, quien ha presenciado durante muchos  años cómo en el curso de una hora y media miles de individuos quedan reducidos a cenizas por los casi mil grados de su horno. Sus prolongados encuentros con la muerte lo hacen hablar ahora como un trágico filósofo empírico. Reflexiona sobre el hecho de que un chico de 14 años pegado a la televisión ha sido testigo de unos 20 mil asesinatos sin haberse estremecido en lo más mínimo ante la sangre o los cadáveres. Las muertes reales, sin embargo, le son escamoteadas: se le dice que el difunto se ha ido al cielo o al Paraíso y se le oculta el cadáver de un familiar cercano, de la misma manera como se vuelve morbosa la actividad sexual. En este sentido, concluye, la muerte es en nuestros días una nueva modalidad de la pornografía.