Sentido contrario

Después de la caída

No cabe duda de que el mundo está loco y empeora cada día. Nadie aprende de las malas pasiones ni de los dolores sufridos. Hace unos 10 años, el cineasta alemán Oliver Hirschbiegel describió de manera puntillosa en su película La caída los últimos días de Adolfo Hitler en el poder, con las tropas rusas aproximándose a las puertas de Berlín. Interpretado con la excelencia de Bruno Ganz, un grande de la actuación, el agobiado líder nazi enfrentaba las derrotas que se le venían encima una tras otra y veía agonizar lastimosamente su sueño de apoderarse de buena parte del mundo. Vivía sus últimas horas como un solitario animal viejo, cansado y enfermo, que adivina que su destino es el matadero y en algún momento incluso quisiera apresurar los momentos finales. Da cierta pena verlo despidiéndose de sus más cercanos, ensayando con su perro favorito los efectos mortíferos del cianuro y recibiendo instrucciones muy precisas de su médico para asegurarse de conseguir la muerte que desea. Casi inspira ternura, como un patético ángel caído.

Como todas las películas que abordan el tema del nazismo, la cinta de Hirschbiegel tuvo en su momento su polémica, para bien y para mal. Muchos se sintieron culpables al caer seducidos por un discurso cinematográfico de dolido tono intimista, alimentado hasta el gozo actoral por Ganz, que describe entre sollozos y suspiros la pequeña gran tragedia del culpable de la muerte de alrededor de 15 millones de personas fundamentalmente inocentes.

Sin embargo, son multitud quienes anhelan el retorno de Hitler. Hace tiempo, Susan Sontag bordó lo suficiente sobre estas pulsiones malsanas en su ensayo "Fascinante fascismo", y las recientes disputas en Europa en torno a la libre difusión del proscrito ideario de Hitler Mi lucha ilustran el progreso creciente de un neonazismo formal, con todas sus lamentables implicaciones. Diríase que en este caso Tánatos se impone sobre Eros en el curso de una serie de fenómenos que pasan prácticamente desapercibidos para las mayorías, como sucedió en los días complejos que favorecieron la llegada del tirano al poder en una Alemania desvencijada en su economía y en sus instituciones políticas y zarandeada por la Historia.

Quienes se mueren de ganas de toparse con Adolfo Hitler en las calles vieron cumplido su sueño. Hitler apareció en Berlín 66 años después del final de la Segunda Guerra Mundial. Para regocijo de muchos alemanes, lo puso ahí hace un par de años un periodista germano, Timur Vermes, en su novela Ha vuelto, que ha recibido una generosa acogida entre los lectores europeos. Vermes estima que ha llegado la hora de reírse del tirano genocida y lo hace revivir de buenas a primeras en Berlín, vistiendo su viejo uniforme nazi, muy cerca de donde se encontraba su búnker, para trazar su nuevo ascenso, esta vez en los medios de comunicación, donde consigue triunfar. "Si tantos le ayudaron a cometer sus crímenes fue porque les gustaba. No se elige a un loco. Se elige a alguien que atrae o al que se encuentra admirable", aseguró alguna vez el periodista ante los medios. Está claro que en realidad su idea a propósito de Adolfo Hitler es un poco banal, a la altura de Charles Chaplin o Mel Brooks, que limpiaron las manchas de sangre en el uniforme del tirano con tal de hacer reír a unos cuantos espectadores y echarse unas monedas al bolsillo.

A muchos historiadores y críticos literarios serios les han parecido más bien estúpidos los empeños de Vermes por hacer de Hitler un personaje gracioso, pero el libro ha vendido más de dos millones de ejemplares en Alemania y está por publicarse en 40 países. Algunos no se explican cómo miles de alemanes han disfrutado la lectura de un libro que banaliza la muerte de millones de personas, baleadas, gaseadas, torturadas o tasajeadas por los médicos nazis. Parece de veras que nadie ha aprendido nada sobre el sufrimiento de los inocentes y las muertes violentas.

Pero los alemanes no se ha conformado con la lectura de un volumen tan cuestionable. Están disfrutando ahora de la versión fílmica de la novela de Vermes, emprendida por el germano David Wnendt. Por supuesto, la película, que acaba de llegar a los cines, ha sido muy bien recibida por el público, que festeja sin reparos los chistoretes sobre los triunfos mediáticos de Hitler. Sin embargo, el objetivo de Wnendt, un cineasta bastante controvertido en Alemania, está lejos de cumplirse. Quería que los alemanes se atragantaran con sus risas, pero los espectadores no dejan de reír, como reían a menudo los nazis mientras ejecutaban a sus víctimas.

De veras, el mundo está muy loco. Y lo peor: nadie ha aprendido nada.