Sentido contrario

Descerebrados

Hay quien divide al mundo entre listos y tontos. Naturalmente, todos pretenden estar entre los listos. Esto podría indicar que el mundo está poblado básicamente de gente lista. Evidentemente, no hay nada más lejos de la verdad. Uno podría aspirar, con toda la buena voluntad, a que el mundo estuviera regido de veras por los sabios y los justos. Aquí tampoco existe ningún apego con la realidad. Vivimos una especie de tontocracia, para expresarnos con un neologismo que no lastime los oídos de nadie, que hemos tolerado bajo la idea, por supuesto equivocada, de que quienes nos gobiernan y ejercen cargos de autoridad son mejores que nosotros.

Durante siglos la humanidad ha rendido culto al cerebro, a la sabiduría, a la inteligencia, a la justicia, mientras ha vivido en brazos de la ignorancia, la brutalidad y la injusticia. Millones han muerto por todas partes y siguen muriendo para dar prueba de ello. Millones sufren todos los días las consecuencias de las decisiones equivocadas, arbitrarias o elementalmente malintencionadas de quienes consideramos como nuestros líderes. Por alguna razón, hemos celebrado siempre esta contradicción no sin cierto sentimiento de culpa. Un sentimiento que algunos han paliado durante los últimos días vertiendo sobre su cabeza agua con hielo a modo de sacrificio en pretendida solidaridad con los afectados por una devastadora enfermedad neurológica degenerativa. Así somos.

Uno de los mitos mayores sobre el cerebro está asociado con Albert Einstein y de paso con el cociente intelectual de los individuos. Muchos investigadores han vivido con la obsesión de desentrañar el enigma del enorme talento científico de Einstein, aunque el resultado de sus obsesiones se reduzca al montón de rebanadas resecas y amarillentas desperdigadas por el mundo entero en que ha quedado convertido el célebre músculo intelectual del autor de la teoría de la relatividad, sin que nadie hasta ahora entienda bien a bien cuál es la clave de su pregonada inteligencia peculiar. Aunque se sabe que el tamaño y el peso de su cerebro eran iguales al cerebro de cualquier tonto promedio, una revista especializada difundió hace un par de años el resultado de una investigación que dejó en claro que los lóbulos parietales del científico presentaban “un patrón insólito de surcos y crestas”, que se asume relacionado con su inteligencia. Evidentemente eso no quiere decir absolutamente nada y mucho menos nos aporta beneficio alguno: el cerebro de Einstein era suyo y de nadie más.

La industria de la ciencia popular y los medios de comunicación han propiciado el endiosamiento del físico británico Stephen Hawking, feliz propietario de un coeficiente intelectual de 160. La misma enfermedad que en los últimos días ha convocado la solidaridad de muchos, lo tiene atado desde los 21 años a un montón de aparatos que le hacen más llevadera la vida. En realidad se la pasa bomba mientras disfruta de su celebridad, gana millones de dólares, viaja a todo lujo y hace lo que se le viene en gana mientras pronuncia frases lapidarias de este tamaño: “No sé aún por qué existe el universo”. Sin duda es muy listo, en tanto los tontos se echan agua con hielos sobre la cabeza.

Unos investigadores dieron a conocer el año pasado los resultados de una encuesta sobre los individuos con más alto coeficiente intelectual. En su listado se encontraba feliz de la vida el actor gringo James Woods, con un coeficiente intelectual de 180, bastante más alto que el del venerado Hawking. Está claro que tampoco Woods sabe por qué existe el universo. Ha actuado en un montón de películas malísimas y nunca ha ganado un Oscar.

Nuestro frágil mundo está construido sobre cimientos de barro con estructura de paja. Eso explica todas nuestras desventuras cotidianas y también nuestra propensión a construir una mitología que nos dé aliento todos los días para seguir haciendo lo que hacemos. En este sentido, el cerebro es uno más de nuestros mitos. En realidad, muchos han demostrado con sus pensamientos y acciones que pueden vivir tranquilamente sin sus funciones —de hecho, en su ausencia—. Leí hace unos días que una mujer china ha vivido sus 24 años sin cerebelo. Y nadie se dio cuenta, ni siquiera ella misma.

Debiera haber un procedimiento que permita la certificación de la existencia de ese órgano en cada uno de nosotros, especialmente en el caso de quienes nos gobiernan. Sin duda nos iría mucho mejor. Aunque todo es relativo si se considera que, en el mejor de los casos, unos sesudos investigadores húngaros comprobaron hace unos meses que el cerebro de los humanos funciona casi igual que el de los perros.