Sentido contrario

Cristales rotos

Cuando escucho a la Filarmónica de Berlín interpretando un programa de Beethoven bajo la sobria conducción de Wilhelm Furtwängler, llega siempre de golpe a mi memoria la cara de Harvey Keitel con su expresión de odio y rabia mientras humilla y acosa a quien fue en su momento el más querido director de orquesta entre los alemanes.

En buena medida, la música y los músicos pagaron en Alemania el precio de los cristales rotos del nazismo. También la plástica en todas sus expresiones por las obsesiones de Hitler y Goebbels en torno a lo que llamaron “arte degenerado”.

La semilla del nazismo creció de pronto en las filas de la Filarmónica de Berlín, la institución musical más prestigiada de Alemania. Sus músicos fueron uno de los juguetes favoritos de la camarilla nazi. Los obligaban a promover la imagen del gobierno en el extranjero y en el país. Tocaban en las fábricas de armamento, en los hospitales, en los cuarteles. Algunos se presentaban a los conciertos vistiendo el uniforme de las tropas nazis y armados, y estaban siempre dispuestos a delatar a sus compañeros, a identificar las voces críticas entre los atriles. Recibían a cambio panes, jamones, vinos. Muchos se volvieron serviles, perdieron la dignidad y la calidad humana.

Furtwängler dirigió la orquesta durante sus presentaciones para agasajar a Hitler en sus fiestas de cumpleaños. Las circunstancias lo convirtieron en un personaje polémico. Especialista en Beethoven, prestigiado y sobre todo enorme como director de orquesta, era admirado y respetado por Hitler, a pesar de su distancia con el régimen y su líder, que lo elogiaba cada que podía: “El único director de orquesta cuyos gestos no tienen una mímica ridícula es Furtwängler. Sus gestos parten de lo más íntimo de su ser. A él se debe el mérito de haber hecho de la Orquesta Filarmónica de Berlín un conjunto muy superior al de Viena”. En tiempos tan difíciles el músico no podía negarse a los caprichos de la dirigencia. Tal vez tampoco era un abierto disidente. Apenas si declaraba al modo de una sutil explicación: “El arte no tiene nada que ver con mercados de consumo, doctrinas, democracia, comunismo, etcétera. No tiene nada que ver con el odio entre los pueblos, sea cual sea la razón, el lugar y el modo en que aparezca”. Quizá en realidad era solo dócil, formal, eficiente, discreto, prudente. Un músico entregado a su pasión. Su papel en el nazismo aún está en tela de juicio, como el de la cineasta Leni Riefenstahl.

Sudafricano de origen, aunque asentado en Londres desde hace tiempo, Ronald Harwood es un hombre lleno de virtudes. Actor, dramaturgo, guionista y productor, anda ahora por los 80 años y sigue siendo un autor exitoso y prolífico. Entre muchos otros, elaboró el guión de El pianista. En 1995 escribió Taking Sides, una de sus obras más llevadas a la escena en todo el mundo. De ella derivó en 2001 una versión fílmica que conocemos con el título de Réquiem por un imperio, realizada por el húngaro István Szabó. Cuenta ahí la amarga historia del indefenso Furtwängler ante su fiscal en los juicios de Núremberg, el obsesivo y del todo ignorante Steve Arnold, un oficial de las tropas estadunidenses empeñado en demostrar la militancia nazi de un artista que, contra viento y marea, nunca se afilió al partido. El odioso Arnold lleva en la cinta el rostro agrio del actor Harvey Keitel.

El alemán Cornelius Gurlitt murió a los 81 en el curso de los primeros días de mayo del año pasado. Su padre, el coleccionista de arte Hildebrandt Gurlitt, recorría las calles solitarias en los años oscuros del nazismo en busca de obras artísticas abandonadas por los judíos que se amontonaban en los campos de exterminio. Entraba sin recato en sus casas y tomaba lo que le parecía valioso, incluidas las obras que a Hitler y Goebbels les parecían testimonios del arte degenerado. Se hizo así de una colección de dimensiones extraordinarias, integrada con unas mil 500 obras de Picasso, Klee, Matisse, Chagall y muchos otros, valuada en más de mil millones de euros. Las escondió en su departamento en Múnich y a su muerte quedaron en manos de Cornelius. La policía halló la colección en un cuartucho lleno de basura y la confiscó. Poco después Cornelius murió mientras en el mayor secreto se decidía en los círculos oficiales el destino de las obras. El tema, que alude al escandaloso robo de obras de arte que perpetraron en su momento los nazis, mantiene ocupado ahora a Harwood. El dramaturgo escribe en estos días una obra sobre un asunto que involucra no solo a Hitler y sus secuaces, sino también a figuras notables de nuestros días.

* Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa