Sentido contrario

Ciencia y conciencia

Angelina Jolie, una actriz de cine hollywoodense bastante agria, trae a medio mundo de cabeza desde hace un par de años, cuando decidió, con mucha sangre fría, tomar en sus manos las riendas de su destino y cortar de tajo con las amenazas que le quitaban el sueño. Con la sombra del cáncer ovárico que acabó con la vida de su madre revoloteando sobre cada uno de sus días, optó por deshacerse de sus senos en el quirófano. Metiendo mano en la escritura genética de su identidad biológica le pintó un violín a la muerte. Al menos eso cree todavía. Si el cáncer iba tras ella, se quedaría con un palmo de narices. Madre de seis hijos, tenía en mente sin duda los dolorosos días de agonía que vivió su madre hasta su fallecimiento en 2007 a los 56 años, cuando escribió en una carta que publicó entonces en The New York Times: “Ya puedo decirles a mis niños que no deben temer: no me perderán por un cáncer de mama”.

Explicaba en su texto que, por maldades del destino, convivía de manera obligada con un gen, el BRCA1, que la hacía particularmente vulnerable a las embestidas del cáncer contra sus senos y sus ovarios. Su abuela y una tía habían compartido en el pasado la misma sentencia. Tras la drástica cirugía las posibilidades de que la enfermedad se hiciera presente en su cuerpo quedaron reducidas a un tranquilizador cinco por ciento, contra el 87 por ciento que le pronosticaban los médicos.

Sin embargo, quedaba pendiente 50 por ciento de probabilidades de que el cáncer apareciera en sus ovarios, de manera que hace unas semanas la actriz pasó de nuevo por el quirófano para reducir al mínimo el pronóstico de miedo. Dejó ahí sus ovarios, ya afectados según los estudios de laboratorio.

Para quienes no están en sus zapatos es difícil entender decisiones de ese tamaño, que traerán sin duda consecuencias predecibles en su vida. Pero es evidente que vivir cada día con el peso de una amenaza tan siniestra sobre el ánimo no es cosa fácil. Si se mira bien, la no muy simpática actriz aprovechó con mucha sabiduría y valor las alternativas que la ciencia pone ahora al alcance de las personas en su condición. Mejor enterarse con oportunidad de un futuro de tinieblas y hacerle frente por anticipado, que dejarse atrapar de buenas a primeras por lo inevitable. Está claro que la medicina y la farmacología no están aún en posibilidad de hacerles frente con éxito a padecimientos habitualmente letales como el cáncer. Las más radicales son hasta ahora las únicas opciones. Sin embargo, comienza a definirse más claramente en nuestros días la posibilidad de reescribir los códigos genéticos y de borrar de esas páginas angustiosas los mensajes condenatorios, incluidos los que amenazan a las próximas generaciones. Aunque en buena medida la posibilidad está sujeta a ciertos impedimentos legales, quienes trabajan en las técnicas de manipulación genética están planteando ya la necesidad de nuevas regulaciones jurídicas a la luz de sus hallazgos. Habría que discutir también, dicen, las consecuencias éticas del asunto y sus repercusiones en el ámbito social. Uno de los equipos de científicos más destacados en la materia es el que encabeza el biólogo estadunidense David Baltimore, premio Nobel de Fisiología y Medicina. Los avances de sus estudios al frente de un grupo de 20 investigadores fueron publicados recientemente en la revista Science avalando la promesa de una nueva era de la biología humana.

Las aportaciones científicas de investigadores como Baltimore no serán en beneficio solamente de los ricos y famosos como Angelina Jolie. Se entiende que en el mediano plazo estarían al alcance de cualquiera. Pero no deja de parecer curioso el hecho de que hallazgos de este tipo aparezcan a menudo asociados con personalidades del mundo del espectáculo, habitualmente frívolas y desinformadas. En este sentido, la disputa que sostienen en estos días la actriz Sofía Vergara y su ex pareja Nick Loeb por la posesión de los embriones congelados que fertilizaron en mejores momentos abre un capítulo insospechado para la ciencia, la justicia y la ética. Y también para la más sombría literatura de ciencia ficción: desde el éter, dos hijas no nacidas estarían mirando a sus padres mientras pelean por su guarda y custodia, por el nombre que llevarían, por las pensiones para su manutención y por el modo como serán vestidas y educadas. Ahí, en la nada, donde ahora viven, nunca sabrán si en medio de la escandalosa contienda en los tribunales y también en las páginas de The New York Times se habrán impuesto por fin el egoísmo y la voluntad de destruirlas o de mantenerlas para siempre en un mundo de hielo.