Sentido contrario

Calatravatelaclava…

Santiago Calatrava es, en España, el más celebrado de los arquitectos. Es el señor de la línea en busca de las redondeces. Temerario, inspirado hasta el éxtasis, hace con las formas lo que le viene en gana. Plena de arrebatos imaginativos, su obra nada tiene que ver con lo común. A sus 63 años de edad, su talento descomunal ha sido reconocido con los premios Príncipe de Asturias de las Artes de 1999 y Nacional de Arquitectura de 2005. Es tan popular como una estrella del mundo del espectáculo, como un artista del cine y la televisión. Forbes lo ha ubicado entre los 10 arquitectos más importantes del mundo, los que imponen un estilo, los que marcan el paso a los demás en su profesión.

Solo hay un pequeño detalle. En su mesa de trabajo se acumulan montones de demandas, sentencias judiciales, amenazas, insultos. En su equipo, un hombre infatigable trabaja día y noche, se multiplica en sus horarios, en sus funciones, en su agenda saturada. Da la cara por todos, sobre todo por el celebrado Calatrava. Es su abogado, al frente de un nutrido equipo de litigantes. Solo su contador tiene una vida tan agitada, administrando sus constantes ingresos multimillonarios.

Entre los más recientes ajetreos con sus detractores, el arquitecto ha exigido ante los tribunales el cierre de un sitio web, calatravatelaclava.com, en el que diversas organizaciones políticas de izquierda lo ponían del asco y cuestionaban no solo su capacidad profesional sino también su honradez. Después de algunos reveses ganó de alguna manera el enconado pleito, y en consecuencia la página en cuestión fue cerrada. Sin embargo, sus denunciantes no han sido de ninguna manera obligados al silencio, ya que han emigrado con cierta agilidad a otro domicilio digital: calatravanonoscalla.com, en el que han vertido montones de detallados datos a propósito de las metidas de pata de Calatrava en buena parte de sus espectaculares proyectos, que tal vez debieran ser más bien asociados con quienes se han hecho cargo de su construcción: puentes resbaladizos, aeropuertos incómodos, estructuras mecánicas que no funcionan, retrasos de lustros y sobreprecios en las obras, derrumbes, proyectos sin construir, opacidad en la asignación de obras públicas y un largo etcétera acusatorio. Nadie se ha quejado, sin embargo, de los altos vuelos de su estética peculiar.

No conforme con la clausura de calatravatelaclava.com dispuesta por el juez en turno, el arquitecto valenciano exigió de sus detractores una indemnización de 30 mil euros por la que considera una “intromisión ilegítima en el derecho fundamental al honor”. El juez estuvo de acuerdo en un veredicto que parece por lo menos contradictorio, en la medida en que ha considerado al mismo tiempo el contenido de la página web “dentro de los límites de la crítica como reflejo del derecho también fundamental a la libertad de expresión”, y estima además que incluye “verdades incontrovertidas”. No es lo que ahí se dice lo que no le ha gustado al juez, sino el título de la página, que le ha parecido injurioso.

Los detalles de la querella figuran en el nuevo sitio web, donde se incluye también un llamado más o menos ansioso a los interesados solidarios para que contribuyen con cuanto esté a su alcance en el acopio de los billetes necesarios para cumplir su condena. Aunque el pleito persiste en las instancias legales correspondientes, Calatrava ha podido saborear brevemente las mieles del triunfo. Habrá triunfado en una batalla pero no ha ganado aún la guerra, una que multiplica poco a poco sus frentes dentro y fuera de España y en la que está en juego no su talento, que es incuestionable, sino su honestidad y su responsabilidad profesional.

Sus estrechos vínculos con el poder político le han redituado beneficios enormes. Ha sido bendecido desde hace años con montones de proyectos multimillonarios, de modo que poco a poco se fue convirtiendo en un hombre de negocios. Los nubarrones de la ambición oscurecieron su rigor y mancharon su honestidad a partir de sus privilegiados tratos con quienes administran fondos públicos. Se sabe ahora que, convertido en un contratista de lujo, ha obtenido jugosas comisiones, premios y participaciones, y que manda sus dineros a Suiza para evadir los impuestos locales.

A estas alturas conoce bien el camino que lo conduce a los tribunales. Ahora mismo litiga en los juzgados no solo contra sus detractores, sino también contra quienes le han denunciado por el proyecto de un edificio que le dejó casi tres millones de euros solo por su hermoso diseño. Cobró otros 100 millones por su ejecución, pero el inmueble nunca se construyó.