Sentido contrario

Calamidades de la vida eterna

Siempre me impresionó la magia que encerraban, su misterio, su raro atractivo decadente. Parecían tamalitos con pico, frágiles vestigios de un pasado de esplendor. Envueltas con trozos amarillentos de lino medio devorados por el tiempo, las momias de pajaritos, gatos y perros sorprenden invariablemente a los mirones dentro de sus vitrinas, sobre todo en los museos europeos. Casi todos tienen una sección egipcia nutrida por el saqueo, el mercado negro, el tráfico prácticamente oficializado de vestigios arqueológicos. Salas enteras pobladas de momias preparadas hace miles de años por las cuidadosas manos de médicos y sacerdotes para emprender una vida eterna.

Nadie imaginó nunca que a menudo acabarían convertidas en un espectáculo sobrecogedor que subraya todo el tiempo el fracaso de la vida ante los caprichos de la muerte, aun en el caso de los animalitos. Un espectáculo que ha privado a esos cuerpos que se resisten a ser polvo no solo del brillo de su pasado, sino también del pudor, de su intimidad. Sin las telas que las cubrían, aparecen cadáveres crispados, desgarrados, congelados en un grito, en una mueca, en un estertor.

Así lucía en 1908 el cuerpo desnudo de Khnum-Nakht, literalmente un ilustre desconocido de origen egipcio arrollado por los siglos, cuando fue expuesto sobre una mesa en un auditorio británico ante medio millar de curiosos amparados bajo el manto de sus pretendidos intereses científicos. En realidad Khnum-Nakht era casi un montón de huesos cubiertos apenas con algunos girones de ennegrecida piel reseca desparramados en una sábana. Margaret Murray, una antropóloga británica especializada en temas egipcios, posó entonces para una fotografía al lado de algunos colegas mostrando sin mucho respeto la osamenta de quien en mejores momentos fue un sacerdote, hijo y nieto de funcionarios gubernamentales.

En medio de una expectación digna de las escépticas sociedades científicas británicas de su tiempo, Murray pudo establecer que el dueño de los polvorientos huesos padeció artritis durante largo tiempo en la columna vertebral, que sus dientes incisivos eran muy grandes y que murió al salir apenas de la juventud por causas desconocidas.

A pesar de tan magros resultados, la egiptóloga llamó la atención de medio mundo y obtuvo considerables reconocimientos en el ámbito académico. En realidad, lo más espectacular de su show científico fue el hecho de mostrar a Khnum-Nakht despojado de la mortaja que habría de conducirlo a la vida eterna. Si los británicos se habían adueñado de Egipto, habían entrado también en posesión de su pasado y de sus vestigios. Fue ahí tal vez donde comenzó el culto de los científicos a las momias egipcias, estimulados por el ejemplo de Murray, y se desató la rentable mitología que las llevó en plan estelar a los museos, los circos y el cine. Desde entonces se les encuentra a menudo por ahí, envueltas en harapos mugrientos, arrastrando una pierna medio inútil, con los brazos al frente y gimiendo. Se les perdió el respeto, pues, y comenzaron a compartir su triste destino con vampiros, hombres lobo y científicos enloquecidos, como en cualquier película de El Santo que se respete.

El resultado de tanto manoseo al asunto es que ya nadie se sorprende con las noticias de momias que aspiran desesperadamente a la celebridad, como Rosalía Lombardo, la niña italiana que murió a los dos años un siglo atrás y cuyo cuerpo momificado fue hallado en muy buen estado, incluidas las ropas que la cubren. La gracia de la pequeña Rosalía es que abre y cierra los ojos varias veces al día, mientras los científicos la miran estupefactos sin comprender bien a bien el fenómeno.

Mientras más enigmáticas las momias mejor para todos. Siempre se puede aventurar hipótesis sobre su vida y muerte, su tiempo y las desgracias que enfrentaron. Otra momia envuelta en el misterio, y de paso en el escándalo, es la hallada en 2005 en Sudán. Se sabe que se trata de una mujer joven que vivió hace mil 300 años, pero los arqueólogos del Museo Británico se quedaron con el ojo cuadrado cuando descubrieron hace poco un muy íntimo tatuaje con la figura del Arcángel Miguel en el muslo de una de sus piernas.

Hace poco más de un año, un niño se topó con una momia mientras jugaba en la casa de sus abuelos en una pequeña localidad alemana. Cuando el hallazgo fue a dar a manos de los forenses se supo que se trataba en realidad de un esqueleto de plástico con una cabeza humana. No había ahí nada de origen milenario, pero sí un enigma asociado con la mitología que rodea a las momias, que tiene todavía a muchos buscándole explicación.