Sentido contrario

Breves vacaciones en Suiza

El médico estadunidense Jack Kevorkian tenía la cara de quien no mata una mosca. Sin embargo, cuando murió en junio de 2011 a los 83 años, ya había mandado al otro mundo a unas 130 personas en el curso de 10 años. Les había ayudado a sacarles la vuelta a los dolores, las parálisis, las atrofias, las depresiones crónicas, pero sobre todo a las enfermedades degenerativas y terminales. Las autoridades le hicieron pagar sus afanes con ocho años de cárcel, aunque se las había ingeniado para procurarles la muerte a sus clientes prácticamente sin meter las manos.

Cuando una neumonía y el deterioro creciente de sus riñones lo pusieron a las puertas de la muerte, pidió a las enfermeras que le pusieran música de Bach y se fue para siempre. Había lamentado durante sus últimos años la prohibición de las autoridades de seguir practicando la eutanasia a sus pacientes a cambio de una libertad condicional que lo libró de las crueldades de la vida carcelaria. Y cargó como una losa sobre sus espaldas el infamante sobrenombre de Doctor Muerte que le impusieron sus detractores.

Kevorkian vivió tiempos difíciles para una práctica que hoy es vista casi con naturalidad, con tanta que hace unos años, en 2008, la televisión británica transmitió las imágenes del suicidio asistido de Craig Ewert, un profesor universitario de 59 años aquejado de una dolencia neurológica. Para darle un final digno a su existencia, Ewert contrató los servicios de una clínica especializada en Suiza, la misma que poco antes ayudó a morir a Daniel James, un jugador de rugby de 23 años paralizado a consecuencia de un accidente deportivo. Ambos viajaron a Zúrich acompañados de sus más cercanos familiares, que permanecieron a su lado hasta el último momento.

La polémica que desataron estos suicidios asistidos, considerados en Gran Bretaña como prácticas criminales, creció entonces con la difusión de la película de Simón Curtis Unas breves vacaciones en Suiza, inspirada en la historia de Anne Turner, una profesional de la medicina británica que recurrió al suicidio asistido cuando se agudizó la enfermedad degenerativa que padecía. La doctora en cuestión planea su viaje a Zúrich como unas vacaciones al lado de sus familiares, que asumen su dolorosa partida como una suerte de compartido acto de amor.

Aunque en Bélgica y Holanda el suicidio asistido es legal, quienes eligen esa alternativa para poner fin de una vez por todas a sus desgracias corporales optan con mayor frecuencia por las opciones que ofrece Suiza. De hecho, la nación helvética ha implementado de manera discreta lo que muchos identifican formalmente como el turismo del suicidio, de la eutanasia o, más simplemente, de la muerte. Los paquetes disponibles en estos casos podrían incluir, además de la atención específica requerida por el paciente, alojamiento para sus familiares, transporte y acceso a las instalaciones clínicas, servicios religiosos y funerarios y un etcétera escasamente divertido.

Los resultados de una investigación reciente difundidos hace unos días por una publicación británica especializada dejan ver con toda claridad que el suicidio asistido es una opción aceptada cada vez más por los enfermos y sus familiares, que acuden con cierta naturalidad a las clínicas de Zúrich en busca de un remedio definitivo para sus padecimientos. De acuerdo con el estudio, la cifra de suicidas se duplicó en cuatro años, de manera que entre 2008 y 2012, 611 enfermos viajaron a Suiza en busca de asistencia profesional para conseguir su objetivo. Fueron bastantes más de los que recurrieron al médico Jack Kevorkian. Las estadísticas más significativas que acompañan a la investigación arrojan muchas interrogantes a propósito de los altos niveles de vida en los países europeos. Es decir, el suicidio asistido parece un beneficio asociado con una clase social, que es la más pudiente, que paradójicamente implica el disfrute de privilegios que hacen más placentera la existencia. La cifra más alta de suicidas en este periodo, 268, es de alemanes, seguidos por 126 británicos, 66 franceses y 44 italianos. En el 58.5 de los casos se trataba de mujeres. La edad promedio de los suicidas asistidos fue de 69, aunque se registraron enfermos de 23 años, y los principales padecimientos que los llevaron a tomar la decisión de morir fueron los neurológicos, cancerosos, reumáticos y cardiovasculares.

Es posible que el índice de casos siga creciendo sin que los médicos, los sociólogos, los psicólogos, los políticos y los legisladores se sientan aludidos. Como se ve, la vida sigue perdiendo terreno ante la muerte.