Sentido contrario

Bendiciones para todos

Miré hace unos días en la televisión el partido que jugaron el Real Madrid de España contra el San Lorenzo de Argentina. Más que disfrutarlo, lo sufrí. Los sucios merengues hicieron picadillo a sus rivales y se coronaron nada más “campeones del mundo”. No pude evitarlo: a cada golpe, cada patada artera, cada decisión malintencionada del árbitro a favor del Madrid, que minaban más y más los esfuerzos del San Lorenzo, imaginaba al papa Francisco en El Vaticano frente al televisor mirando también el desigual encuentro. Sentado en su poltrona roja, lo veía cheleando, botaneando, tal vez sorbiendo mate, alentando a su equipo y soltando de pronto un che boludo, un si sos… Su Santidad, se sabe, es desde hace años un leal aficionado al futbol, seguidor puntual del San Lorenzo. Contra los miedos de los españoles, los argentinos no echaron mano de sus influencias para obtener un triunfo, para mover en su favor aunque fuera un poquito el marcador. Tal vez sólo pidieron en silencio un milagrito que nunca llegó.

La cosa no estaba fácil. Ni con un milagro el papa Francisco hubiera dado el triunfo a su equipo favorito. Imposible al menos un empate. Después de todo, Su Santidad tiene que pensar en milagros más urgentes y menos banales, aunque seguro sí dedicó un par de horas a un encuentro digno del olvido. Pero trabajó al mismo tiempo sin duda, reflexionando, enterándose, actuando entre jugada y jugada mientras muchos lo sentíamos cerca en una suerte de comunión futbolera.

Quizá en las horas más recientes había tomado otra de sus graves decisiones encaminadas al saneamiento de la vida moral y financiera de El Vaticano y sus alrededores. Casi mientras miraba el partido, tal vez en el medio tiempo, decidió expulsar a los mercaderes del templo, literalmente. Ordenó el cierre de los jugosos negocios que desde hace decenas de años prosperan en los alrededores de la Santa Sede con la venta de indulgencias y bendiciones papales. Los favores de los representantes de Dios en la tierra están ahí, al alcance de los peregrinos de todo el mundo. Los hay de lujo, caros y elegantes, y baratos, burdos y feones, pero llevan la firma del Papa y los sellos de El Vaticano. Quienes hurgan en sus bolsillos en busca de las monedas suficientes para comprarlos están seguros de que han adquirido un terreno en el cielo, una garantía de descanso eterno en el Paraíso. Pero se acabó el negocio, por lo menos para los seglares. De acuerdo con las instrucciones del Santo Padre, a partir del primer día del año que comienza los coloridos pergaminos con las bendiciones papales serán confeccionados por un equipo de empleados del área de cómputo de El Vaticano. En esa oficina se recibirán también por vía electrónica las peticiones de quienes desean tener uno en casa. Serán más feos, pero más baratos, y los ingresos irán derechito a las arcas de la Iglesia, sin ninguna mochada como antes.

Y de que había desvíos los había, y el Papa Francisco se ha empeñado en hallarlos desde que subió al trono de San Pedro. No se ha preocupado en particular por los dineritos que deja la venta de chuchulucos a quienes entienden mal su religión. Por supuesto, le ha metido más atención a la búsqueda de los pollos gordos, aquellos a quienes diarios como La Repubblica, de Italia, han denunciado con frecuencia. Fornicadores, pederastas, ladrones, gastalones, traficantes de influencias, lavadores de dineros sucios. Han ido cayendo poco a poco, uno a uno. Y la lista en la mano firme del Papa es larga. Y muy precisa.

Hace poco, apenas comenzando el último mes del año, se supo que los auditores vaticanos habían hallado cientos de millones de euros escondidos en cuentas en su propio banco, el más que turbio Instituto para las Obras Religiosas, que ha cancelado en los últimos meses unas 3 mil cuentas irregulares. Y se creía que iba a la quiebra.

Tan certero es el dedo del Papa Francisco que hasta el generoso menú de los cardenales ha sufrido enmiendas. Las viandas y vinos de lujo que antes consumían se ha reducido, de acuerdo con sus instrucciones, a los pocos platos y agua de frutas de un menú del día, como en cualquier fonda.

Con los ojos puestos en los pollos gordos y los gatos flacos, se ha dado tiempo para permitir que los corderos, las gallinas, el burro y el buey regresen al Nacimiento en El Vaticano. Expulsados por la ortodoxia de Benedicto XVI, los animalitos ya comparten de nuevo el pesebre con el niño Dios sin que nadie los mire feo.

En tiempos como los que habitamos en todo el mundo se agradece la presencia de un Papa tan cercano como el que ahora tenemos. Ojalá nos dure mucho tiempo.