Sentido contrario

Auschwitz para turistas

Es un turismo del horror, de la ignominia, del odio. Cada año, un millón y medio de viajeros de todo el mundo echan una ojeada ahí al macabro pasado desde el presente, conmovidos, llorosos. Llegan hasta Auschwitz, en Polonia, para imaginar frente a los galerones de ladrillo y madera, las rejas oxidadas, los hornos crematorios, la dolorosa agonía que vivieron millones de personas en los días insoportables del nazismo. Ese lugar, donde murieron en cinco años unos tres millones de individuos, es hoy patrimonio de la humanidad por decreto de la Unesco.

En Dachau, en las orillas de Múnich, en Alemania, los turistas recorren en grupos las pequeñas avenidas terregosas, contemplan las barracas de museo, impecables, neutras. Algunos suspiran cuando un guía explica con una voz mecánica de 13 euros que ahí solamente fueron ejecutadas unas 50 mil personas. La cifra explica por qué sus hornos crematorios eran más bien pequeños. Los nazis no dispusieron ahí las regaderas por las que manaban gases letales en lugar de agua, mientras los apretujados prisioneros esperaban un baño. El recorrido incluye la visita a los improvisados excusados colectivos, tablones con agujeros, uno junto a otro. Los niños no pagan boleto para participar en el tour y no hay devoluciones en caso de que alguien se arrepienta en medio de la visita. Dachau tiene un atractivo particular: es el primer campo de concentración del régimen nazi y comenzó a funcionar apenas un par de meses después del arribo de Hitler al poder.

Con todo su pasado de sufrimiento y muerte, Auschwitz es el campo de exterminio más célebre y tal vez el más visitado. Como todos los sitios turísticos, requiere de un cuantioso presupuesto para su mantenimiento. Hace unos años, la Fundación Auschwitz-Birkenau, que se hace cargo de su gestión, estuvo a punto de ordenar el cierre de sus puertas. Los ingresos que dejan millones de turistas no eran suficientes para garantizar el pago de los salarios de sus escasos empleados ni la conservación de sus principales atractivos: lo que queda de las cámaras de gas y de los crematorios, los enormes galerones donde se hacinaban los prisioneros y el museo que conserva unos cien mil objetos que pertenecieron a los cautivos. Además, buena parte de los edificios fueron construidos por los prisioneros esclavizados sobre un terreno pantanoso, de manera que su conservación es más complicada por los muchos errores cometidos por los improvisados albañiles.

Para seguir ofreciendo a los visitantes el espectáculo del sombrío pasado del campo de concentración y exterminio, la Fundación Auschwitz-Birkenau calculó que un fondo de 120 millones de euros le podría aportar en intereses los cinco millones que necesita para su conservación. Hasta ahora 31 naciones han contribuido con sus donaciones a la creación de ese fondo perpetuo.

Llevada por un vago sentimiento de culpa por las muchas muertes y sufrimientos que ocasionó en el pasado, Alemania ha entregado al fondo 60 millones de euros, la mitad de la cifra requerida. No está nada mal el monto de su aportación si se considera que el campo es en realidad de su propiedad.

Los alegatos en este sentido son frecuentes. Son los polacos quienes habitualmente se apresuran a aclarar las cosas. Sobre todo cuando alguien se refiere a Auschwitz como el “campo de concentración polaco”, sin tomar en cuenta que las oprobiosas instalaciones fueron erigidas en el territorio de una nación ocupada.

En su momento, bajo la administración del gobierno nazi, Auschwitz no tuvo que enfrentar nunca problemas económicos. La maquinaria hitleriana se las ingenió para hacer dinero de todas las maneras posibles con sus víctimas. Relojes, joyas, prótesis dentales, zapatos, cabellos, ropa, anteojos eran comercializados de manera legal o en el mercado negro. De eso sabe bien Oskar Groening, identificado por los medios como “el contador de Auschwitz”. A sus 93, con ayuda de una andadera, está respondiendo ante los tribunales por su complicidad en el asesinato de 300 mil personas recluidas en Auschwitz. Como si nada, ha relatado que se encargaba de despojar a los prisioneros recién llegados de su dinero y de sus objetos personales para entregarlos a los mandos superiores. Como él, poco más de medio centenar de nonagenarios que se desempeñaron ahí como guardias han comparecido ante la justicia en los últimos años. Han recibido sentencias mínimas. En cambio, Rudolf Hoess, su comandante, no tuvo que cargar durante años sobre sus espaldas la culpa por la muerte violenta de millones de inocentes. Fue ahorcado ahí mismo, en Auschwitz, el 16 de abril de 1947.