Sentido contrario

Asuntos reales

Eso de ser noble debe ser una verdadera monserga, pero el trabajo de rey o de reina debe ser un infierno. Cargadas de joyas, las coronas pesan, impiden la libre circulación de la sangre en la cabeza, opacan la lucidez y limitan el flujo de las ideas. Hay que ver la cara que cargan hoy día los reyes, reinas, príncipes y princesas. Pareciera que están saliendo de una lluvia de piedras para adentrarse en una cena en palacio llena de cortesanos caníbales y empleados desleales. Eso sí, todos vestidos con mucha propiedad.

Encima de todo, la paga no parece muy buena. Una de las monarquías más prósperas es la británica. Muchos la ven como un boyante negocio asociado sobre todo con el turismo, pero la figura mayor de la casa real, la reina Isabel II, no disfruta de la mayor fortuna del país. De hecho, figura en el sitio 262 entre los británicos más ricachones, con una fortuna que anda por los 390 millones de euros. Con la cara de rica que tiene, no es que sea una mendiga, pero sí más o menos pobretona en el mundillo de los acaudalados nobles que la rodean. Por ejemplo, el duque de Westminster, Gerald Grosvenor, cuenta con un tesoro personal de nueve mil millones de euros, que ha acumulado no por sus reverencias ante el trono, sino por sus operaciones en los negocios inmobiliarios.

El problema de la reina británica es que no sabe hacer otra cosa. Ni siquiera puede saltar en paracaídas, como quedó claro el año pasado durante la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, cuando un doble ocupó su lugar vistiendo sus ropas.

Pero quienes trabajan de pueblo sí que pagan. Hace poco se supo que la corona británica había gastado más de un millón de euros en la remodelación del palacio de Kensington, donde han establecido su domicilio los duques de Cambridge, Guillermo y Catalina. La cuantiosa cifra fue descontada del presupuesto de casi 40 millones de euros al alcance de la casa real gracias a los contribuyentes. De ahí salen también los 27 mil euros que cobra el cocinero real, contratado para preparar los alimentos de entre 200 y 800 comensales, aunque la dieta de la reina tampoco es la gran cosa: desayuna Corn Flakes de Kellogg’s, fruta y nueces; come pescado o pollo con verduras, y cena venado o salmón.

En buena medida, esa dieta casi monacal ha librado hasta ahora a los británicos del gasto multimillonario que implican los funerales de un monarca, incluidas las trasmisiones por televisión a todo el mundo. A sus 87 años, la reina parece de 80 y no se ve dispuesta para nada a dejarle el trono, en el que se ha sentado durante 61 años, a su sucesor formal, el príncipe Carlos de Inglaterra.

En realidad muchos en Europa se refieren al príncipe Carlos como el pobre príncipe, y lo ven con cierta piedad entregado con mucha devoción al cultivo de legumbres orgánicas. Habrá, sin duda, quien le recomiende que vaya buscando desde ahora otro sitio donde sentarse. A sus 65, tiene que soportar todo tipo de comentarios sobre los años que lleva esperando para trepar al trono. Hace poco, un prestigiado académico experto en cuestiones de la casa real británica declaró como si nada a un diario: “Está en una edad en la que la mayoría de la gente comienza a contemplar la jubilación, aunque él en realidad no ha comenzado el trabajo para el que se ha preparado durante toda su vida adulta”.

Herido en su dignidad, el príncipe solo respingó con un suspiro lamentoso: “Sí, se me está acabando el tiempo”. Para su desgracia, la corona británica, es decir su reina madre, va en estos días contra la corriente. Algunas casas reales europeas están renovando sus tronos y las abdicaciones están a la orden del día. Parece que a varios monarcas se les puso la carne de gallina en espera del grito de “¡El rey ha muerto, viva el rey!”. No es para menos.

En abril pasado, la reina Beatriz entregó el trono a su hijo Guillermo Alejandro para convertirse en princesa de su corte. Alberto de Bélgica hizo lo mismo en beneficio de su hijo Felipe.

En Bélgica, sin embargo, la sucesión ha servido para sacar muchos cadáveres del clóset. Una dama de la nobleza les ha exigido al ex rey y a su hijo someterse a pruebas de paternidad y ha hecho pública su relación adúltera de 18 años con el monarca saliente. Salió a relucir también la condición que le puso Alberto a su hijo para entregarle el trono: debía abandonar sus amoríos homosexuales en las recámaras del palacio real.

Carlos ya tuvo lo suyo en materia de escándalos. Ya pasó por todo, prácticamente. Solo le falta poner sus nobles nalgas en el trono para enterarse plenamente de que la corona es en verdad una real monserga. Aunque tal vez nunca lo sepa.