Sentido contrario

Arte al extremo

Cuando Chris Burden falleció hace unos días a los 69 años de edad, en su domicilio californiano, ya conocía a la muerte desde tiempo atrás. La había visto más de una vez de lejitos, de reojo. A comienzos de los setenta, una periodista se empeñó en hacerle ver en el curso de una entrevista televisiva que su obra estaba regida por un espíritu tanático. En respuesta, el artista sacó un cuchillo que llevaba oculto entre sus ropas y lo puso bajo su barbilla, dispuesto a rebanarle el pescuezo. Ese día la entrevistadora entró sin proponérselo en un capítulo bastante siniestro de la historia del arte. La grabación del programa, algunas imágenes fotográficas y el cuchillo forman parte ahora de la colección de un museo de Newport Beach, en California.

La trayectoria de Burden es un camino empedrado con momentos como este. Un par de años después de su creación televisiva, apareció crucificado sobre un vochito y algunos críticos llegaron a la conclusión de que el artista aludía de manera dramática a las miserias de la sociedad de consumo. No faltó quien insistiera también en que estaba completamente loco, mientras recordaba su arrebato artístico de 1971 en una galería de California cuando un asistente le metió un tiro en un brazo.

Burden murió el Día de las Madres apremiado por un galopante cáncer de piel. Lo suyo era el “arte de acción”, de manera que es posible que haya dejado algún testimonio en video de su agonía. Dejó también algunos discípulos más o menos afiliados a su estilo sorprendente y provocador.

La artista francesa ORLAN lo es a su modo con mayúsculas, de la misma manera como escribe su nombre. Se deslinda sobre todo de la búsqueda del dolor y el sufrimiento como fórmula creativa y se inclina más por el placer y la sensualidad. Eso dice ella. En realidad no es fácil darle mucho crédito a sus palabras. Mucho menos cuando uno la mira en un quirófano, tendida sobre una plancha quirúrgica, bañada en sangre y con varios médicos profanando violentamente su intimidad.

ORLAN comenzó su carrera artística de mala manera cuando fue a dar de emergencia a la plancha de un quirófano para resolver un embarazo complicado, de vida o muerte. Videoasta y performancera hasta entonces, a las carreras apañó en el camino su cámara y pidió a los médicos evitar los anestésicos. Acaba de contar su aventura a un diario británico. No sentía dolor y nada le interesaba más que la experiencia por la que estaba atravesando. De cualquier manera, dice, aunque uno no le crea para nada, que el dolor es un anacronismo. Por si las dudas, deja ver que les tiene mucha confianza a los efectos de la morfina.

Pero eso es lo de menos. La manera como asumió artísticamente una cirugía que se practica miles de veces todos los días en el mundo entero es ciertamente peculiar. Percibió la mesa de operaciones como un altar, al cirujano como un sacerdote oficiante y a los asistentes casi como apóstoles, bañados todos por una suerte de pasmosa luz celestial. El barroco, el éxtasis religioso, el arte católico se revelaron en sus emociones como una experiencia mística que dejó profunda huella en su vida. Y en su inspiración artística.

En el panorama del arte extremo tal vez hay “creadores” más expresivos que ORLAN, que echan mano con frecuencia de las posibilidades que les ofrece su cuerpo, como el “artista” aquel que sujeta al piso con clavos sus testículos, o el que pinta empleando su pene a modo de brocha, pero el hecho es que desde aquella experiencia clínica la creadora francesa que anda ahora por los 67 se mudó prácticamente a los asépticos espacios de los quirófanos. Había descubierto que el arte estaba en su cuerpo. En el curso de cinco años, entre 1990 y 1995, pasó nueve veces por la sala de cirugía para reescribir el arte de su identidad biológica. Mediante procedimientos quirúrgicos, cambió su frente por la de La Gioconda de Leonardo da Vinci, su barbilla por la de la Venus de Botticelli. No buscaba la belleza, ni recuperar la juventud, sino la imagen del arte, la expresión artística. En el camino se hizo implantar un par de protuberancias entre la frente y las sienes, que suele pintar con colores brillantes.

Muchos se preguntan si está loca, otros ponen en duda el valor estético de sus creaciones, pero el caso es que ORLAN ha transitado con su obra, casi siempre ella misma con retoques, por los más prestigiados museos del mundo entero. Y se prepara ahora para acudir a Luxemburgo con una exposición en la que cohabitan el arte y la ciencia en una suerte de bricolaje genético mediante el cultivo de células de seres humanos y animales. Dejará, sin duda, a medio mundo con la boca abierta.