Sentido contrario

Apotemnofilia

Me aburría hace unos días en la sala de espera en el consultorio del dentista cuando una señora comenzó a presumir con la recepcionista las enfermedades de su hija adolescente. Nadie le prestó la más mínima atención cuando dijo con la mayor tranquilidad que había recibido de un sesudo especialista muy caro un certero diagnóstico de apotemnofilia. “¿Qué diablos es eso?”, le preguntó la empleada en un bostezo mientras apartaba apenas la mirada de sus agujas de tejer. A todos se nos pusieron los pelos de punta cuando explicó como si nada: es un padecimiento que lleva a las personas a buscar la amputación quirúrgica de partes de su cuerpo sin ninguna necesidad médica. Nomás porque sí, enfatizó con una sonrisa siniestra.

Mientras escuchaba con mal disimulada discreción las explicaciones minuciosamente detalladas de la señora sobre los males que aquejaban a su hija comencé a entender por lo pronto el enigma de Angelina Jolie. No hace mucho se tumbó los senos y se sometió luego a lo que los galenos llaman una ooforectomía bilateral: es decir, se deshizo de sus ovarios. Parece que aunque tiene antecedentes de enfermos de cáncer en su familia, no había recibido ningún diagnóstico específico en el sentido de que estuviera cerca de padecerlo; sin embargo entra y sale a cada rato de los quirófanos dejando regados por ahí los pedazos de su cuerpo. Mastectomía doble, ooforectomía bilateral: apotemnofilia, ni más ni menos.

Me pregunto si hoy día nadie puede tener una gripita común y corriente como antes, una diarreíta, un dolor de cabeza o de muelas, como yo, a la antigüita. Me pregunto por qué tanto empeño en la demolición del cuerpo humano: tatuajes por doquier (conocí a alguien que portaba con mucha sensualidad un horrible Mickey Mouse garabateado donde termina la espalda), agujeros en las orejas, en las cejas, en la nariz, ojos en la frente, prótesis mamarias, nalgas postizas. Ni hablar de las partes nobles de nadie. Parecería un signo de nuestros días raros: la autodestrucción en el nombre del culto a la belleza corporal o a modo de saludable vacuna contra males letales.

Pero ¿cuándo comenzaron nuestros días raros? Tal vez en la época de las cavernas, en la Edad Media o en el Renacimiento. Hace un par de años, un equipo de científicos dejó a medio mundo con el ojo cuadrado cuando dieron a conocer los resultados de los estudios practicados a un par de cadáveres hallados en Escocia una década antes. Tenían unos 3 mil años de antigüedad, pero habían sido sepultados entre 300 y 600 años después de su muerte y se encontraban en buen estado de conservación, prácticamente momificados, gracias a las características del terreno. Sus articulaciones funcionaban como en vida, pero algunas partes de los cuerpos no coincidían en términos de anatomía forense. Llegaron luego a la conclusión de que los dos cuerpos habían sido “armados” con los restos de por lo menos media docena de individuos.

Mientras algunos científicos muy serios se declaraban sorprendidos por la posible existencia de verdaderos Frankenstein de carne y hueso, uno de los investigadores en el caso, Terry Brown, de la Universidad de Mánchester, advirtió con cierta perplejidad: “Creo que cuanto más atrás nos remontemos en el tiempo, los rituales serán más extraños, teniendo que adentrarnos en las nieblas de los tiempos antiguos”.

Desde hace siglos, mientras los asombrados discípulos del doctor Nicolaes Tulp casi metían las narices en el vientre abierto de un palidísimo paciente postrado en una rústica plancha de madera, como se aprecia en La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp de Rembrandt, pintado en 1632, hubo quien se ocupaba de poner en acción a un ejército de golosos gusanos sobre los cadáveres; dejaban los huesos relucientes, como nuevos, y si quedaban restos de tejidos hacían uso de una suerte de anillos de alambre con los que llevaban a buen fin la ingrata tarea sin valerse de sustancias o procedimientos que contribuyeran a su deterioro. Los ligamentos, las articulaciones permanecían entonces intactas, útiles, casi como recién aceitaditas.

Lo que resulta inexplicable es la mezcla de cabezas, brazos y piernas de seis personas reducidas a dos. Está claro que Frankenstein tiene su origen en hechos más allá de la fantasía literaria. Parece posible que en sus días, hace un par de siglos, ya estuviera vigente una suerte de apotemnofilia, asociada quizá con un próspero negocio de tráfico de órganos humanos. O un gozoso intercambio de partes del cuerpo por puro gusto, por culto a la belleza corporal, nomás porque sí a lo mejor. O por las puras ganas de joder a los forenses del futuro.