Sentido contrario

Ana Bertha

Siempre tuve miedo de que Cantinflas llegara a la Presidencia. Su estrecha relación con el electorado mexicano fue siempre un reto para la democracia. Recibía montones de votos en cada elección presidencial. Muchos lo veían cercano, como el personaje lumpen que interpretaba en las carpas y en las películas, vestido con harapos y hablando apenas, pícaro y seductor. No sabían que en realidad estaba forrado de billetes, a diferencia de la mayoría de los mexicanos que en su imaginario lo sentían muy próximo.

Ese imaginario estaba en deuda con aquel México en el que las señoras usaban abrigo y los hombres portaban sombrero. En los taxis, María Victoria ponía a los pasajeros a bailar con los ojos mientras miraban su figura en plástico menear las caderas sobre un resorte al ritmo del tráfico y los baches. Tongolele era su venerada vecina en ese barrio, mientras los niños se ponían el saco de su papá, hacían charamusca su sombrero y encorvando el cuerpo soltaban por todas partes el gutural “pura vida nomássssss” del desvencijado Clavillazo, acosado siempre por todo tipo de desgracias asociadas con la miseria. En esos días, Pepe el Toro lloraba a moco tendido la muerte de su Torito achicharrado y se desbarataba a punta de golpes contra la pared los nudillos de la mano que había abofeteado a su hijastra Chachita en un momento de arrebatado enojo.

En ese imaginario vivía también Ana Bertha Lepe. Guapa, frondosa, de una sensualidad contenida, era una suerte de niña buena que jugueteaba en el jardín de las tentaciones. La belleza de las mujeres tenía entonces como 20 kilos más. Seria pero coqueta. Así aparecía a mediados de los cincuenta haciendo pareja con Tin Tan en películas como El vizconde de Montecristo y Lo que le pasó a Sansón. Fuera manos, aléjate trompudo, fueron, sin duda, sus diálogos más frecuentes con Germán Valdés en aquellos días. Luego, ya en los sesenta, fue Konga en Tin-Tan el hombre mono. Seguro se divirtió mucho filmando al lado del manolarga Tin Tan, pero no tanto como para olvidar el drama que le hizo pedazos la vida. Al comienzo de los sesenta, su padre había asesinado a tiros a su novio Agustín de Anda en un cabaret. Parecía la trama de una mala película en la que los buenos sufrían lo indecible.

Pero pocos se enteraron de los sufrimientos de Ana Bertha Lepe. El escándalo, el dolor, la angustia, el miedo tomaron posesión de su vida. Depresiones eternas, insoportables, la orillaron al aislamiento, a las terapias psicológicas, a las clínicas psiquiátricas. Su expresión se volvió seria, sin sonrisa, sin picardía, la mirada fría.

El imaginario de quienes se volcaban en los cines en busca de sus héroes, sus mujeres frondosas y atrevidas, sus historias de cabarets de mala muerte, de ranchos abandonados, de sótanos húmedos y oscuros se topó de frente con un personaje robusto y algo contrahecho que cubría su rostro con una máscara: Santo, El Enmascarado de Plata. Su popularidad creció como una enredadera salvaje, silvestre, tupida y sin belleza. No faltaron quienes anotaran su nombre en las boletas electorales. Santo para Presidente.

El imaginario popular se impuso en la realidad y arrastró a medio mundo en un remolino inevitable, poderoso. Convocó a la piedra de los sacrificios a muchos talentos de aquellos días extraños. Empujados por el hambre, el desempleo, las deudas y los compromisos familiares, muchos actores enormes acudieron al llamado sin chistar. Se explica así la convivencia en el cine nacional de buenos actores con malas historias, peores realizaciones y Santo como estrella bendecida por la masa.

En aquellos días, cuando la vida transcurría todavía en blanco y negro, intérpretes del tamaño de Augusto Benedico, Carlos Ancira, Claudio Brook y René Cardona, entre muchos otros, compartían el kitsch con Santo. Luchaban contra zombis, vampiros, hombres lobo, monstruos apadrinados por Frankenstein. Eran los mayordomos, los choferes, los científicos loquitos. A quién le importa. Otro actor grande, Germán Robles, se paraba entonces frente a la cámara impecablemente vestido de frac y ante la mirada perpleja de los espectadores se convertía en un instante en un tembloroso murciélago de hule.

Por ahí pasó también Ana Bertha Lepe, en Santo contra el rey del crimen y Santo contra el cerebro diabólico. Lanzaba grititos, se desmayaba, investigaba por su cuenta, animaba a su novio a luchar contra los enemigos de Santo.Así se convirtió de pronto en una señora mayor, empelucada, de mirada fría, sin sonrisas. Murió hace unos días a los 79 años, casi en soledad. En el imaginario de todos el suspiro de su existencia vivirá para siempre. En blanco y negro.