Sentido contrario

La maldita memoria

Hay quienes no reconocen la diferencia entre la realidad y la ficción. En medio de ese pantano incierto se construye a veces una vida de prestigio, que es en realidad la de un miserable. Lo malo es que a menudo estos sujetos trepan en el poder y cargan sobre sus espaldas grandes responsabilidades, como la conducción del destino de millones. Dan pena, pero también convocan al enojo, al mal humor.

Alguien descubrió, mediante su propia experiencia, cómo el cerebro erige la realidad a su modo, aunque sea de mentiras para suplir sus carencias. Este individuo supo, de buenas a primeras, que su memoria había sido prácticamente borrada de su cerebro, como el disco duro de una computadora que ha sufrido daños irreparables. Vive desde entonces situaciones extraordinarias, como en otra dimensión, entre fantasmas y hechos falsos que juzgaba del todo verdaderos. Los neurólogos que estudiaron su caso le explicaron que en ausencia de su memoria maltratada su cerebro se afanaba en la fabricación de recuerdos para llenar ese vacío. A partir de una cirugía para extirpar un pequeño tumor de la cabeza, su cerebro hacía lo que le venía en gana con la realidad, como un niño solitario con una crayola en la mano frente a una pared enorme.

Los efectos del libre ejercicio de la creatividad de su cerebro han sido devastadores en su vida, en la medida en que actúa siguiendo los mandatos de una existencia falsa. Asume que alguien en casa, en la calle o en la oficina lo ha ofendido y se deshace en improperios contra un desconocido, contra alguien que ni siquiera existe, contra una suerte de azorado holograma. O se presenta al trabajo con toda puntualidad solo para enterarse de que había renunciado la semana anterior. En un restorán abraza de pronto con efusividad a alguien que le responde con asombro, busca en el supermercado la ropa que llevó a limpiar en la tintorería o deja en casa uno de sus zapatos.

El cerebro es un costal de mañas. Para salir al paso de sus jugarretas en la medida de lo posible, este individuo procura andar por la vida acompañado de alguien de su confianza. Un amigo, una amiga, un familiar cercano que actúan al modo de asesores de recuerdos, como una memoria portátil. Le avisan al oído cuando anda metido en un recuerdo inventado por su cerebro, en un pleito con adversarios inexistentes, en un matrimonio que no es el suyo.

Corre, sin embargo, el riesgo de que alguno de sus asesores en materia de memoria se apodere de su vida. Corre el riesgo de que le cambien el nombre, le agreguen años a su edad o se los quiten, le hablen de personas o situaciones que solo existen en la mentira y lo hagan asumirlas como verdaderas. Si uno lo piensa bien verá que muchos conocidos viven así, tripulados por otros, manipulados, usados. Viven vidas que creen suyas cuando son en realidad ajenas, de mentiras.

Por si las moscas, este hombre que vive entre la ficción y la realidad trae siempre a la mano una libreta y un lápiz. Anota todo cuanto sucede en su entorno, como una bitácora existencial. Pero nada le garantiza que aquello que recoge puntualmente en su agenda sea verdad y no una ficción construida con todo detalle por su traidora memoria.

Quienes no hemos sufrido las embestidas de la ciencia en el cerebro a través de siniestros agujeros en el cráneo padecemos también con frecuencia los engaños de una memoria veleidosa que tira al monte en la primera oportunidad. Olvidamos las llaves del auto, desconocemos a algún amigo, a ciertos familiares, las fechas significativas para nosotros o para los demás, no recordamos los pagos con fecha de vencimiento y castigos para los morosos. A veces preferimos también olvidar el pasado a cambio de una existencia de envidia, plena de éxito y fortuna, aunque sea solo una ilusión.

Pero hay quienes tienen problemas más graves con el cúmulo de recuerdos que guardan en la cajita de su memoria. Son aquellos que viven acosados por la hipertimesia, una condición que impide el olvido. Quienes viven así recuerdan lo que ha sucedido a cada paso en su vida. Tienen a la mano la bitácora de su vida anotada en su memoria con toda fidelidad, como si cada cosa hubiera ocurrido de manera muy reciente. Pareciera un castigo divino. No se pueden deshacer de lo que identificamos como malos recuerdos: la imagen de una mala madre, un padre gritón, una novia infiel, un patrón déspota, un profesor ojete.

Pero la sabia naturaleza les ha dado al mismo tiempo una salida curiosa y compensatoria: como en el caso de aquellos que han olvidado todo, su cerebro les pone enfrente de vez en cuando falsos recuerdos. Cosas de la maldita memoria traidora.