Atrevimientos

Otra vez, la crisis

No nos debería extrañar que sintamos al presente como un tiempo de crisis. En muchos ámbitos, a escala global y local, se presentan problemas que amenazan con el colapso del orden. En México nos atrapa la sensación de que cualquier cosa puede ocurrir. En Guadalajara pasa lo mismo. Vivimos a la intemperie: las instituciones nos protegen menos de los peligros. Tampoco nos ayudan a que nuestras vidas tengan el sentido que quisiéramos. Además, nuestras posibilidades de acción pública son escasas y una distancia casi insalvable nos separa de los gobernantes y sus políticas.

De cualquier manera, los ciudadanos buscan hacer valer su condición: pueden ser los ciclistas que defienden su forma de vida o los ambientalistas, los que protestan por sus desaparecidos o quienes exigen respeto a su situación de minoría. Ellos y otros tendrán que ser tomados en cuenta porque son demasiadas las personas cuya única opción para vivir con dignidad es demandarle a las instituciones que cumplan su encomienda. En el fondo, lo que está en entredicho es el estado y su eficacia. El gobierno y los partidos políticos no podrán eludir su encrucijada: o procuran hacer bien su trabajo o cargan con el desprestigio de nuestra democracia.

Cualquier sociedad experimenta la constante aparición de complicaciones. Este rasgo es más acusado ahora porque la sociedad contemporánea sin cesar innova sus modos de producción y consumo, modifica sus tradiciones morales y formas de organización, e imagina visiones de sí misma que colisionan con las del pasado. Así, se provocan contradicciones inevitables: el deseo del cambio social y el horror ante sus consecuencias se confunden.

Pero olvidamos esta tendencia a la crisis permanente porque en algunos momentos históricos hemos alcanzado situaciones de relativa estabilidad y optimismo. En esas etapas confluyen el dinamismo económico con el entendimiento entre grupos sociales que favorece mínimos de equidad en la distribución de los beneficios del desarrollo. A eso le acompaña la aceptación colectiva de nociones ideológicas que dan coherencia a la vida pública. Pienso en el lapso que se extendió de la segunda posguerra a los años setenta y que los historiadores denominaron como los años dorados del capitalismo. Se trató, con las salvedades del caso, de una pequeña Belle Époque: nuestra versión, acaso también idealizada, de la estabilidad vivida durante el siglo diecinueve. El empleo se remuneraba mejor y se prolongaba en la misma empresa hasta la jubilación; la seguridad social y los servicios públicos eran consistentes; la confianza no era utópica: se sostenía en el valor de las propiedades y la permanencia del ahorro; las cosas y las instituciones existían para durar, no para venderse.

Menciono la palabra idealizada porque necesitamos ser cuidadosos. Al llegar a su fin, los períodos de estabilidad se revelan como ilusiones emanadas de un mundo perdido. La crisis regresa. De pronto, el término estabilidad deja de significar funcionamiento sin fricciones y tampoco equivale a prevención de riesgos; entendemos que los períodos de tranquilidad no lo fueron tanto como pensábamos y que en ellos se incubaron nuevas dificultades.

Así ocurrió con la llamada paz de cien años del siglo diecinueve, en cuyo seno se gestó el estruendoso colapso del orden liberal. Fueron necesarias dos guerras mundiales para que la crisis se superara mediante nuevos arreglos institucionales capaces de organizar a sociedades masificadas y burocratizadas que ya no cabían en los estrechos bordes del liberalismo. Sin embargo, con todo y sus logros, los años dorados de la segunda posguerra trajeron confianza y estabilidad a costa de muchas cosas, con beneficios limitados y consecuencias negativas indeseadas. Acaso el sentido profundo de sus instituciones fue soterrar viejas tensiones y acunar nuevas crisis.

En los ochenta comenzó el derribo de los pilares que sostuvieron al orden histórico de la segunda posguerra. El descrédito del keynesianismo, el relanzamiento global del capitalismo apoyado en la liberalización comercial y financiera, las innovaciones tecnológicas e informáticas, el abandono del compromiso de los estados con el bienestar social, la caída del Muro de Berlín, el derrumbe del socialismo, el desprestigio de las ideologías y los movimientos de izquierda, el fin de la Unión Soviética... En una palabra, la globalización y la transformación estructural de las últimas décadas tuvieron efectos destructivos de proporciones inimaginables mientras hacía surgir, de entre sus ruinas, un mundo distinto que hoy se nos aparece como desbocado y sin rumbo definido.

No sabemos qué rasgos va a tener éste, ni cómo ni cuándo se alcanzará una nueva etapa de estabilidad. Ignoramos si realmente se están configurando las instituciones que hacen falta, o si sólo atestiguamos la prolongación de un período que aún no termina su faena destructiva y de producción de desastres.