Atrevimientos

Como venga 2014

Dentro de unas cuantas horas arribará 2014. Unos instantes bastarán para liquidar un año completo. Todas las cosas, incluido el tiempo, se precipitan hacia una boca devoradora. Silvio Rodríguez lo muestra de manera magistral y melancólica: “…¿en qué estarán convertidos mis viejos zapatos?, ¿a dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?... ¿A dónde va lo común, lo de todos los días?... ¿A dónde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?, ¿a dónde va el mantel de la mesa, el café de ayer?, ¿a dónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?, ¿acaso nunca vuelven a ser algo?, ¿acaso se van?, ¿y a dónde van?”.

La respuesta a estas inquietantes preguntas es una, simple y dura: van a ningún sitio, a desvanecerse en la nada. ¿Por qué? Los antiguos griegos ya lo sabían: formamos parte de un eterno transcurrir. Heráclito decía que nadie se baña dos veces en el mismo río. Inevitablemente, lo uno se despeña hasta lo múltiple, se descompone en lo diverso. El polvo es la expresión más acabada de esta multiplicidad; la manifestación más evidente, sutilmente palpable, de la constante transición en que consiste la vida.

Hace algunos años los restos mortales de mi padre tuvieron que ser cambiados de tumba. Entre la oscuridad y la tierra, de las ropas y los pedazos putrefactos de madera, el sepulturero fue descubriendo los huesos. Uno por uno, los colocó en una bolsa de plástico color negro que un hermano mío había llevado. Yo miraba desde arriba. De pronto, en la desparpajada mano del sepulturero apareció la calavera con su dentadura. Algunas piezas de metal, y una que le faltaba, me dieron la certeza de que toda esa osamenta alguna vez había sido él. Cobré conciencia de lo que estamos hechos, llorosamente miré límites que no podemos traspasar; supe de cierto que la imponente realidad, a veces, nos hunde en la desesperanza. ¿Cómo, así, pensé, quedó mi papá reducido a esta polvorosa oscuridad? ¿Dónde está todo aquello que fue?

Tenemos que lidiar con el transcurrir de todo. Una forma de hacerlo es creer que más allá de lo visible y lo efímero existe un plano de esencias absolutas y eternas al que pertenecemos: allí regresaremos algún día para no morir jamás. Sobre esto quizás el lector tenga muchas certidumbres, o tal vez no; es cuestión de fe. Otro camino es la evasión: distraernos de día y de noche para despreocuparnos; hacernos tan pequeños de manera que no nos quepan grandes ideas ni grandes ideales, y tampoco valiosos desafíos y dificultades. A esto respondo que no creo conveniente abandonarnos a la frivolidad, aunque es saludable reír y no tomarnos la vida muy en serio.

Otra vía es cultivar nuestra capacidad de recordar, pensar y juzgar. Las cosas, lo común, lo de todos los días, permanecen con nosotros si las rememoramos y nos las contamos. Todo puede alimentar la vida del espíritu, ese sitio en el que usted y yo podemos ser auténticamente usted y yo; no se trata de algo etéreo ni aparte de este mundo. Consiste en apropiarnos de los acontecimientos que nos suceden, meditando en lo que significan, juzgándolos, ponderando cómo enriquecen o envilecen a nuestro mundo y a nosotros; consiste también en degustar lo que nos pasa, identificando los sentimientos que nos produce todo lo que nos ocurre. Por fortuna, es algo que nadie puede hacer por nosotros.

El pasado está allí, esperando a que exploremos sus aspectos esenciales, es decir, aquello que verdaderamente importa. Recordar y tener presentes los detalles de nuestra vida puede ser una manera de agradecer la milagrosa oportunidad de vivir. En esa gratitud por lo vivido podemos encontrar consuelo a nuestras pérdidas, incluido el tiempo, el prójimo y lo que nosotros mismos fuimos alguna vez.

Si lo que digo es cierto, la partida de 2013 no significa que tenemos un año menos para vivir. Es al revés. Hemos ganado un año: Estamos vivos y lo sucedido en sus doce meses estará con nosotros por el resto de nuestras vidas. El precio a pagar para que algo exista en este mundo es la finitud.  Pensemos en todo lo que 2013 nos dio, bueno y malo. Consideremos también lo que viene adelante. Me atrevo a sugerirle, apreciado lector, que trate de pensar por cuenta propia cómo quiere y puede vivir, qué quiere y puede hacer con su vida en 2014. O, mejor, piense qué quiere y puede hacer con su vida hoy mismo, o mañana martes, y luego, al final del día, tenga el coraje de evaluar si hizo lo que quiso y lo que pudo, y si está satisfecho con ello. Para terminar, algo todavía mejor, atrévase a tomar alguna decisión al respecto.

No hay finales felices ni recetas para nada. Sin embargo, claramente hay un enemigo a vencer: la apatía, esa condición de desgano e indiferencia, esa indisposición para experimentar, padecer y sufrir, o sea, para vivir, disfrutar y comprometernos con las situaciones que nos deberían implicar. Derrotemos la apatía y con ella el tedio; actuemos en el mundo y hagamos que cada día de 2014 valga la pena. Como venga.

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