Atrevimientos

¿Hacia dónde va Cuba?

La vida política cubana entró en una nueva etapa el 17 de diciembre pasado, cuando los presidentes Raúl Castro y Barack Obama anunciaron la reanudación de relaciones diplomáticas entre sus naciones. Aparte de poner fin a más de cinco décadas de agudo conflicto, la decisión incluye algunas medidas muy importantes, como dar más libertades a los americanos para visitar la isla y facilitar el envío de mayores cantidades de dólares a los cubanos; también se discute la posibilidad de que llegue a Cuba inversión estadunidense, sobre todo en materia de servicios turísticos y tecnología de telecomunicaciones. Mientras esto se plantea, se han ejecutado acciones de distensión como la liberación de presos internados en cárceles de los dos países.

Después del anuncio de diciembre, en estos días representantes de ambos gobiernos discuten en La Habana el contenido y la amplitud de los acuerdos que sostendrán a la nueva relación. Sin embargo, hay muchas más dudas que certezas. Estamos apenas en los albores de una novedad histórica y nadie puede predecir su evolución y desenlace.

¿Se trata del comienzo del fin del régimen de la revolución y su sustitución por algo mejor? ¿O es sólo un ajuste estratégico, económico y comercial que beneficiará a las élites de los dos países y dejará para un futuro lejano la democratización del sistema político cubano? Un aspecto clave de la relación es lo que se haga con el embargo comercial que lleva más de cinco décadas y ha tenido terribles consecuencias para la vida de los cubanos, además de que, paradójicamente, ha contribuido a la larga estabilidad de su gobierno. Hasta ahora, se antoja difícil la suspensión del embargo, pues debe tener el beneplácito del senado estadunidense, instancia dominada por fuerzas políticas que opinan de manera diferente al presidente Obama.

Más allá de lo que pase con el embargo, el reloj de la historia va a caminar en Cuba con mayor velocidad. Las cosas no seguirán como están, pues la lógica del cambio político de las naciones demuestra que cuando se desencadenan procesos de apertura llega un momento en que es imposible detenerlos. Así ocurrió, por ejemplo, en la Francia de Luis XVI y en la Unión Soviética de Gorbachev. ¿Puede ocurrir algo similar en Cuba?

Las preguntas son si la reanudación de relaciones diplomáticas con Estados Unidos traerá una mayor integración comercial de Cuba al mundo y una modernización de su estructura económica. Luego, si esto hará surgir sectores civiles medios con mayor autonomía respecto del gobierno de Castro, lo que, a su vez, podría ocasionar una liberalización política que termine por inaugurar un periodo de democracia electoral representativa y vigencia del estado de derecho. La ruta posible de la transición cubana va de la economía a la sociedad, y de ésta a la política. Por eso, el cambio será muy largo.

A diferencia de las transiciones democráticas del último tercio del siglo veinte ocurridas en Europa y América Latina, en Cuba no hay una oposición política suficientemente organizada, unida y fuerte, y tampoco una sociedad civil con canales de participación, recursos y oportunidades para acumular conquistas legales y poder político. El pasado 30 de diciembre, la activista Tania Bruguera, junto con otros disidentes, llamó a la población a manifestarse en la Plaza de la Revolución alzando la voz con exigencias para el gobierno. Bruguera quiso aprovechar la situación para disparar un movimiento del que surgiera una ola de cambios políticos irrefrenables e inmediatos. La reacción oficial fue contundente: Bruguera y varios disidentes fueron arrestados.

Los sectores anticastristas radicales que viven en Estados Unidos lamentan la decisión del presidente Obama de normalizar la relación con Cuba, pues la ven como una concesión a cambio de nada que dará “oxígeno” al gobierno de Raúl Castro. Ellos quisieran medidas drásticas que permitieran que Cuba, en un plazo corto, transitara hacia un régimen de libertades políticas y un sistema económico de mercado capitalista. Algunos, por supuesto, tienen en su agenda la defenestración de los Castro como el ingrediente esencial de una política de democratización.

Otros sectores opositores entienden que una transición pacífica en Cuba implica no abanderar acciones contra la estabilidad del régimen revolucionario, sino lograr avances paulatinos en el reconocimiento de derechos humanos, civiles y políticos, que permitan una maduración política de la oposición y el régimen. Por lo menos así lo quiero pensar.

Por otro lado, es deseable que el gobierno también asuma una postura mesurada. Debe entender que dentro de algunos años nada impedirá a las nuevas generaciones reclamar lo que les toca, y tampoco que Cuba se abra para alcanzar el ritmo de desarrollo material y cultural del mundo. ¿Podrá la revolución cubana imaginar un futuro democrático y pluralista que permita mantener lo rescatable del presente?

 

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