Atrevimientos

La seguridad en Guadalajara no mejora

El ladrón viene casi todos los días a la calle de mi casa, en la Colonia Americana. Su presencia se ha vuelto tan familiar que mi esposa y yo hasta lo llamamos “nuestro ratero, el raterillo”. Parece un hombre común y decente: alrededor de cuarenta años y atuendo de empleado de oficina. Llega caminando, cuando la oscuridad apenas comienza. Luego pone manos a la obra: como que no quiere la cosa, revisa con una pequeña linterna, uno por uno, el interior de los carros estacionados. ¿Algo valioso para cosechar? Observa hacia todos lados y espera el momento adecuado: se ampara con el ruido de un camión y de una pequeña maleta colgada de su hombro saca un martillo, rompe un cristal, ejecuta el hurto y sigue tan campante como llegó. Me recuerda a Johnny Walker.

Pero Walker no es el único ladrón, ni el suyo el único procedimiento. Si tiene usted paciencia también verá a una pareja, hombre y mujer, que para trabajar se trasladan en vehículo... camioneta minivan para ser más precisos. Es decir, ningún aspecto de pobreza o necesidad extrema, nada que haga parecer que buscan la supervivencia inmediata. La minivan se detiene en doble fila, el hombre se apea y comienza su labor: arranca una moldura, retira un espejo, extrae una calavera o cualquier otro componente del vehículo elegido. Si no pasa ningún transeúnte, o si no aparece el dueño del carro, todo habrá salido a pedir de boca. El exitoso ladrón regresa a la minivan. La feliz pareja se dirige al sitio de su próxima faena. 

Si quiere más historias como ésta, y de toda la ciudad, pregúntele a cualquier compañero de trabajo. Escuchará de la dama que robaron su bolsa en plena Avenida Chapultepec; sabrá de la empleada que atracaron al salir de un cajero automático o que quisieron asaltar sobre la Avenida Revolución, de la casa que vaciaron, o del caballero que fue despojado de su automóvil a mano armada. También oirá de que los moto-ladrones se han trasladado a las colonias alejadas del primer cuadro de la ciudad y que la Colonia Providencia está tomada por la delincuencia. Todos le dirán que se sienten inseguros, y que no ven patrullas de la policía por ninguna parte. Si lo prefiere puede entrar a las redes sociales y mirará las manifestaciones de enfado de los tapatíos. Si profundiza un poco costará trabajo no creer que detrás de cada uno de estos ladrones hay toda una organización

La percepción de los tapatíos no es una invención y las autoridades encargadas del asunto, de cualquier partido político, harían muy bien en tomarla en cuenta. Según la Fiscalía General de Jalisco en Guadalajara se ha presentado un aumento de los delitos del orden del 30 por ciento; el robo a vehículos de carga pesada se ha disparado en un 200 por ciento y los homicidios dolosos en un 29.2 por ciento; el robo a bancos en un 133 por ciento, el robo a personas un 26.7 por ciento y el robo a vehículos un 30.7 por ciento. Por su parte, la Alcaldía insiste en que la situación es distinta y se trabaja para alcanzar mejoras contundentes en el corto plazo.

Es cierto que hay una disputa entre las autoridades estatales y municipales alrededor de las cifras y también que ningún orden de gobierno sale bien librado del asunto. Tampoco hay que olvidar que en 2018 las principales fuerzas políticas de Jalisco medirán sus fuerzas en la liza electoral y que, en cierto modo, el combate ya comenzó. Lo más probable es que eso tenga algo que ver con la falta de coordinación que sobre este tema se aprecia entre las autoridades del Gobierno del Estado y las de los municipios metropolitanos, lo que seguramente contribuye al empeoramiento de la situación de inseguridad en nuestra urbe.

Lo peor es que los ciudadanos y sus organizaciones no estamos actuando como lo requieren las circunstancias. La verdad es que no estamos intentando revertir una situación tan delicada como la que vivimos en el área metropolitana de Guadalajara. Sobre todo, no nos organizamos para plantarle cara a la delincuencia y a la oscura estructura de ineficiencias y complicidades que la favorece. Lo primero es que los vecinos nos juntemos, nos reconozcamos y nos solidaricemos, compartamos experiencias e imaginemos alternativas de solución a nuestros problemas. Lo segundo, claro, es ponernos a trabajar y exigir a las autoridades que dejen de lado sus diferencias de partido para cuidar el bien público y también colaborar con ellas. 

Al Alcalde Alfaro, y su proyecto, que es el de la ciudad, le haría muy bien cultivar el apoyo de los tapatíos, quienes de manera contundente votaron por él, y con su respaldo derrotar los intereses oscuros sobre los que descansa la delincuencia grande y pequeña. En esta lucha a todos nos toca una parte, desde los vecinos hasta el Gobierno del Estado, pasando por las Alcaldías del área metropolitana. Debemos exigir que la tarea de construir la seguridad ciudadana se acuerde como un propósito que está más allá de las diferencias de la política cotidiana. Sería, claro, algo digno de una clase política de altura.