Atrevimientos

Lo religioso es algo de lo que no se puede huir (segunda y última parte)

La semana pasada afirmé que allí donde la ciencia y la razón no alcanzan debemos dar la oportunidad a que nuestras creencias digan su palabra. Quizás fue innecesario subrayarlo porque, en muchos momentos, tenemos que confiar en afirmaciones que carecen de sustento lógico o racional. En otras palabras, tenemos pensamientos que no podríamos asumir si siempre tuviésemos que pasarlos por la criba científica.

Si lo anterior es cierto en lo que toca a nuestras relaciones con el mundo exterior, lo es más con respecto a nuestra vida interior. Cobra mayor sentido si consideramos lo que nos decimos a nosotros mismos sobre los problemas fundamentales de la vida: a qué vine a este mundo, qué sentido tiene vivir si habré de morir, qué significa ser auténticamente libre, cómo asumir el dolor... y otro tipo de cuestiones por el estilo que resultan muy complicadas de resolver procurando ser estrictamente científicos y absolutamente racionales.

Abordar estos problemas implica tomar en cuenta qué sentimos íntimamente cuando pensamos en ellos. Conlleva preguntarnos quiénes somos, cómo ha sido nuestra vida, qué imagen tenemos de nosotros mismos, qué es aquello que nos proporciona felicidad o satisfacción interior profunda, qué esperamos de la vida, qué le reclamamos a la vida... En otras palabras, son problemas inseparables de nuestras emociones, afectos y sentimientos más profundos, es decir, de todo lo que constituye nuestra experiencia personal particular.

En este terreno, lo que percibimos está unido a lo que sentimos. Es el ámbito que algunos filósofos llaman de lo espiritual, y en el que juegan sentimientos como el amor, la confianza en nosotros mismos, la capacidad de ensoñación, la pretensión de libertad y liberación... Es también el modo como atribuimos significado a lo que nos ocurre y en el que participa nuestro deseo de vivir de otra manera: la necesidad de trascender la soledad y el sufrimiento, el impulso para buscar un estado de plenitud y conexión con algo que no se puede ver, estrictamente hablando, pero que nos trasciende y define cómo nos sentimos profundamente, si felices o desdichados, agraciados o condenados, en posesión de alegría de vivir o atrapados por la amargura y la tristeza.

El sociólogo alemán Hans Joas, cita un fragmento de la novela de Knut Hamsun, llamada **Misterios, quien relata una experiencia parecida que el primero llama de auto-trascendencia: “Una vibrante alegría lo invadía, se sintió emocionado, encantado, y se escondió, por así decirlo, en el brillo del sol. El silencio lo aturdió de satisfacción; nada le molestaba, sólo había el aire que soplaba el suave tono, el tono escuchaba el susurro del viento, el sonido del inmenso trabajo de machacado. Dios, que anda con su rueda. Alrededor del bosque no se movía ninguna hoja, ningún alfiler. Nagel se arrastró, se sacudió y se arrodilló ante el deleite, porque todo era bueno. Algo le gritó y él respondió: ‘sí’, y escuchó; pero nadie apareció. Fue sin embargo algo especial, el que escuchara claramente que lo llamaban. Pero no pensó más en ello, quizás había sido sólo su imaginación; de todos modos no quería que lo molestaran. Se encontraba en un estado enigmático, lleno de bienestar en el alma. Todos sus nervios estaban despiertos, la música corría por su sangre, se sentía relacionado con toda la naturaleza, con el sol y las montañas y todo lo demás; sentía el susurro de los árboles, los montones de tierra y de sí mismo. Su alma era grande y sonora como un órgano, nunca podría olvidar cómo la suave música flotaba en su sangre de arriba hacia abajo”.

No se puede pedir que en este terreno prevalezca algún tipo de racionalidad científica. Es un espacio de subjetividad pura o casi pura. Estamos constituidos por palabras, poesía, oraciones, metáforas, evocaciones... tales son los componentes esenciales de eso que podríamos llamar nuestra vida interior o, en términos metafísicos, nuestra psique o alma. 

Y es, además, algo fundamental: lo que define cómo debemos vivir y dónde buscar la sabiduría que necesitamos para conducirnos por el camino de la vida. Se trata de un camino repleto de dificultades, dudas y penurias, porque creo que muy pocas personas lo recorren sin caídas y tampoco son muchos los que cayéndose se levantan. Aunque también es, como correctamente lo intuimos, un trayecto abundante en oportunidades de eso que llamamos buenaventura, un bien que constituye un fin en sí mismo porque no es medio para ningún otro propósito: una vez alcanzándolo, no necesitamos nada más.  

¿Qué papel juega aquí lo religioso? Lo religioso, considerado como uno de los aspectos esenciales de la experiencia humana, involucra todos estos problemas, los problemas en los que nos jugamos la vida y el sentido de nuestra presencia en la Tierra; intenta responder a lo que nos provoca una sensación de carencia y necesidad de conexión, darnos algo que nos conforte mientras vivimos.