Atrevimientos

Las reformas de Peña Nieto: una oportunidad para la sensatez

El viernes pasado el presidente Peña Nieto promulgó un conjunto de reformas en materia política y electoral que cambiarán aspectos muy importantes del sistema político mexicano. No debemos mirarlas como un hecho aislado, sino como el corolario de un intenso periodo de reformas legales y constitucionales cuyas consecuencias aún no alcanzamos a comprender en toda su dimensión. Entre las más importantes destacan la reforma educativa, la de telecomunicaciones, la energética y la fiscal: un impresionante paquete de cambios legales como no se había visto en muchos años y que parece hacer patente el ánimo de transformar a México con que se presenta el gobierno federal y la madurez que las dirigencias del PAN y el PRD aducen poseer.

¿Son estas reformas un andamiaje coherente para establecer el nuevo orden y fincar el modo de gobierno que le urge al país? ¿Conforman una base sólida para comenzar, ahora sí, a realizar propósitos nacionales que beneficien a la mayoría de los mexicanos? Naturalmente, es muy temprano para determinar lo que ocurrirá, pues será hasta las próximas semanas cuando se aprueben los cambios en la legislación secundaria que concretarán los detalles de las reformas. De todos modos, se pueden hacer algunas conjeturas.

Considerando al bosque y no solamente a los árboles, resulta lógico pensar que, después de 2013 y los primeros meses de 2014, ya nada será igual. Enrique Peña Nieto ha cruzado el Rubicón y ahora está obligado al éxito. Para alcanzarlo deberá superar muchos desafíos y muchos malos augurios. Flota en el aire la impresión de que el gobierno federal y la clase política han tenido más voluntad para materializar las reformas a como dé lugar, que para pensarlas y diseñarlas con cuidado y sensatez. No es menor el mérito de la eficacia demostrado. Sin embargo, la prisa se ha impuesto sobre la necesidad de deliberar y tampoco ha permitido convencer a la pluralidad de fuerzas sociales que el Congreso de la Unión está obligado a representar. La protesta social se apresta para irrumpir y agudizarse. El descontento con las nuevas políticas recaudatorias y la inseguridad pueden propiciar acciones ciudadanas que lleven las reformas al naufragio.

La historia demuestra que hay que esperar lustros y hasta décadas para conocer las consecuencias de este tipo de decisiones. Eso ocurrió con las reformas borbónicas a mediados del siglo XVIII y que muchos consideran uno de los factores que propiciaron la guerra de Independencia. Lo mismo se ha comentado sobre los efectos indeseados de las leyes de Reforma, las cuales terminaron favoreciendo la concentración de enormes propiedades en unos cuantos terratenientes, a expensas de las comunidades indígenas y campesinas originarias, lo que a la postre alimentó a la protesta revolucionaria de 1910. No debe el lector, creo yo, considerar que exagero al comparar el calado de las reformas de Peña Nieto con las de otros momentos clave de la historia de México. Insisto en que ya nada será igual, pero tampoco vaticino que los resultados a largo plazo serán negativos.

Así es como suelen cambiar las sociedades: se producen continuidades y rupturas; en algunos aspectos se transforma para bien y en otros para mal. En México están cambiando los arreglos institucionales fundamentales que nos rigen. Nuevas reglas determinarán quiénes y cómo se benefician de la explotación de los recursos energéticos del país y de la actividad en el sector de las telecomunicaciones; quiénes pagan impuestos y cuánto; cómo se premian y castigan los buenos o malos desempeños en el campo de la educación básica. En otras palabras: está cambiando algo que parece muy sencillo pero que no lo es y está lleno de consecuencias: el quién obtiene qué y cambio de qué cantidad de esfuerzo. Las reformas borbónicas intentaron ganar control de la Metrópoli sobre la Nueva España. La reforma liberal del siglo XIX procuró implantar una economía de mercado individualista en el campo. En ambos casos hubo ganadores y perdedores, y terminó por dislocarse el orden social; pero en ambos casos, también, se provocaron cambios que impulsaron la hasta ahora desequilibrada modernización del país.

Ojalá que en las discusiones para las leyes secundarias que van a aterrizar las reformas prevalezca el espíritu de diálogo y libre examen entre los legisladores. Aún es tiempo de conducir el proceso de manera que lleve a buen puerto el ánimo reformador de la clase política. Cambiar lo más posible sólo si se beneficia a la mayor cantidad de mexicanos posible: ésta debería ser la premisa de trabajo de los responsables de diseñar la nueva legislación. Cambiar con medidas bien pensadas y mejor deliberadas. Cambiar con el ritmo que más convenga: a esto está obligado el gobierno; esa es su oportunidad.

raulso@hotmail.com