Atrevimientos

La reforma mental que hace falta

Desde su nacimiento, el nuestro ha sido un país de reformas y revoluciones. Ha sido reformista porque una parte de sus élites ha perseguido la ruta de los países modernos: quiere un México liberal e industrioso, con imperio de la ley y desarrollo capitalista, con democracia y libertades individuales. Pero México también ha sido revolucionario porque otro sector de sus élites ha propiciado la ruptura de las instituciones buscando contener la marcha del moderno orden capitalista y preservar el pasado comunitario, jerárquico y corporativo, en un intento para garantizar la justicia social. Estas dos tendencias han estado siempre presentes y siguen provocando las principales tensiones sociales y políticas de la nación.

En nuestros días, tras el agotamiento de la revolución de 1910, vivimos un momento marcado por el ánimo de implantar reformas modernizadoras. Ésa ha sido la principal decisión del gobierno de Enrique Peña Nieto. Él quiere pasar a la historia como el presidente que realizó los cambios institucionales que hacían falta para culminar la transición a la democracia y relanzar el desarrollo nacional. No es poca cosa lo que se juega: de ello depende la continuidad del PRI en el gobierno y el prestigio de la democracia mexicana, la posibilidad de comenzar a sacar al país del subdesarrollo.

Por lo que se puede pensar a partir de la forma en que se diseñaron las reformas, hay pocas razones para la esperanza. Muchos comentaristas han expresado su preocupación y su escepticismo. La reforma político-electoral ha despertado fuertes críticas, sobre todo porque se le considera más un resultado de la negociación interesada entre los partidos y menos una estrategia pensada para profundizar nuestra democracia. La desaparición del IFE se califica como un error porque, entre otras cosas, produce incertidumbre en la organización de las elecciones y centraliza el control de los procesos electorales.

Otras reformas, como la energética, la educativa y la fiscal, generan desconfianza entre muchos mexicanos. Es temprano para saber en qué acabará todo esto, pero lo más probable es que durante muchos años vayamos a presenciar profundas disputas sobre las instituciones que necesitamos. Esto ya está ocurriendo en el caso de la reforma educativa y seguramente también ocurrirá a la hora de establecer los detalles en que se aterrizará la reforma energética. Ya veremos si la izquierda tendrá éxito en echar abajo esta última. No lo creo.

Mientras todo esto sucede, vale la pena resaltar un aspecto como condición de éxito de las reformas emprendidas. Es el plano mental, el ámbito de las costumbres y los modos de ser de los mexicanos. No ignoro que se trata de un tema escabroso y que muchos escritores han discutido de manera interminable sobre si en verdad existe una forma de ser del mexicano.

No es necesario resolver estas discusiones para reconocer que muchos mexicanos tenemos dificultades para comportarnos de manera responsable, formal y aplicada en los ámbitos laborales, profesionales y cívicos. Aún no reunimos los requisitos para forjar una sociedad moderna: la eficiencia, la puntualidad, el respeto a la ley, el esfuerzo sostenido, el sentido de responsabilidad, el instinto de innovación, la noción de que nuestro éxito depende, en buena medida, de lo que nosotros, y no los demás, seamos capaces de hacer. Preferimos echar la culpa de nuestro destino a la institución en la que laboramos, a los gobernantes, al neoliberalismo, o a la suerte.

A los mexicanos nos cuesta mucho trabajo obedecer las reglas y honrar los compromisos; solemos buscar la ventaja que resulta de no respetar las normas; preferimos las salidas fáciles y nos las arreglamos para obedecer la ley del menor esfuerzo. Por eso, nos resulta natural que el sastre y el carpintero jamás entreguen a tiempo su trabajo. Estamos acostumbrados a llegar tarde a todos lados y a nunca comenzar nuestras reuniones a la hora acordada. Hacemos como que trabajamos y nos sentimos complacidos con los magros resultados que producimos. Las empresas y los políticos abusan de nosotros y carecemos del valor para exigir que cambien su conducta.

No sugiero que los mexicanos tenemos una esencia o un carácter inmodificable. La prueba de ello la dan los que laboran en Estados Unidos. Es impresionante ver su sentido de compromiso. Se les ve orgullosos de sí mismos y complacidos de trabajar en un país que les reconoce su esfuerzo y les ofrece un salario que les permite vivir con mucho más decoro que aquí. Eso significa que sí podemos dar el salto mental que necesitamos para salir adelante. Tarde o temprano lo vamos a hacer. Necesitamos exigir nuestro derecho a competir, y reconocer nuestro deseo de buscar ser los mejores. Por eso requerimos reformar las instituciones de manera que éstas reconozcan el esfuerzo y democraticen las oportunidades. ¿Por qué no decidirnos a triunfar echando mano de nuestras capacidades?

raulso@hotmail.com