Atrevimientos

La prudencia aristotélica: una virtud tan necesaria como escasa

Nunca, como en la época moderna, habíamos aumentado tanto nuestro dominio sobre el mundo. Todo parece ceder ante la maravillosa capacidad de la ciencia y la técnica: las distancias geográficas, los obstáculos de montañas, ríos y mares, muchas enfermedades y dolencias, la escasez de bienes y servicios, la explicación del origen del universo y el tiempo, la comprensión de las leyes que gobiernan la materia, nuestras necesidades de información y saber…

Hay, sin embargo, un ámbito en el que la razón tecnológica se estrella, un sitio vedado para la lógica de control material y racionalista. Es la zona de nuestras costumbres y nuestro modo de ser. La manera en que nos guiamos por la vida. La forma en que tratamos a los demás y a nosotros mismos. El camino para lidiar con nuestros deseos, impulsos y pasiones, y encontrar sentido a nuestras vidas. ¿Cómo vivir? ¿Cómo buscar la felicidad? En torno a ello, a pesar de todos sus éxitos, la racionalidad científica choca con límites que no puede superar.

La ciencia ha desencadenado fuerzas insospechadas; ha destruido los mitos tradicionales y exterminado los dioses y demonios que poblaban la Tierra; ha puesto al alcance de la humanidad innúmeras posibilidades de intervención en la naturaleza y consiga misma. Con todo, no ha sido capaz de favorecer nuestra maduración moral y ética en la misma proporción. Conocemos más acerca del cosmos, pero no comprendemos el significado de la realidad. Somos más eficientes para resolver nuestros problemas técnicos, pero no somos más justos, más respetuosos con la vida, más felices. Tenemos más recursos para responder a los deseos que surgen de nuestras pasiones, pero no para gobernarlas ni conducirlas sin que nos destruyan.

La síntesis de todo esto es una situación desesperada: tenemos mejores medios al alcance, pero no sabemos qué queremos, ni cómo dar un auténtico valor a nuestras vidas. Por eso la técnica, la organización de la economía, los instrumentos de manipulación de las conductas de las masas, están destruyendo la sociedad y la estabilidad de nuestra vida pública. La prueba de ello es la crisis económica mundial que prevalece, la impopularidad de la política, la ingobernabilidad de muchos países, la desazón que nos abruma, el vacío que queremos llenar ahogándonos de ambiciones consumistas y de poder personal sobre los demás.

Hubo un tiempo en que la humanidad, menos hipnotizada por las ilusiones de la técnica, aún no daba la espalda a los asuntos morales y a los temas de la conducta en la vida. Fue en la antigua Grecia donde una tradición de mitos, leyendas y narraciones codificó la sabiduría necesaria para vivir y encontrar una felicidad profunda, acorde con las necesidades y disposiciones de la naturaleza de los seres humanos.

El marco cultural griego puso al alcance de la humanidad una noción clara del sentido de la vida humana: la búsqueda de la excelencia a través de la práctica de la virtud moral, de la buena vida, aquélla que se orienta por el bien y discurre a través del uso de la razón, que delibera las acciones propias para tomar la decisión adecuada, en el momento preciso y con la dosis conveniente de pasión, razón y sentimiento.

No se trata, de acuerdo con esa visión clásica, de seguir un cartabón establecido de una vez y para siempre, sino de aplicar el juicio y ejercer una cualidad que sólo se desarrolla practicándola, haciéndola gravitar en el marco de experiencia concreto que vivimos, en la circunstancia particular de cada momento que nos toca vivir. Se trata de la phrónesis, la prudencia, la virtud para refrenar las pasiones inferiores y actuar de acuerdo con la razón, la inteligencia y la astucia, elegir la medida correcta de las cosas, e identificar el tiempo de nuestros actos.

Fue Aristóteles, tal vez, el autor que más fama adquirió de ser el creador de tal manera de pensar. No obstante, el estagirita no es el único originador de esta perspectiva, sino que abrevó de un conjunto de trabajos literarios, históricos, poéticos y míticos que procedían de una antigua tradición forjada por la mitología, Homero, los siete sabios, los presocráticos y los sofistas. Esto es lo que, entre otras cosas, enfatiza un libro de reciente aparición, titulado La phrónesis y la política, publicado por el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, y cuyo autor es Rafael Valenzuela Cardona.

Vale la pena leerlo, y sobre todo en nuestros días, pues por doquiera, pero más en la política, se respira la necesidad de la prudencia, la mesura y el juicio ponderado de las cosas. El hombre sólo puede alcanzar la auténtica felicidad cuando actúa para hacer justicia a los demás, cuando hace de la conquista del bien general la fuente de su propia satisfacción interior. Eso, que lo sabían muy bien los griegos porque formaba parte de su cultura, lo tenemos que recordar y hacer propio. A final de cuentas, también es nuestro legado.

 

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