Atrevimientos

La profecía de Fernando Benítez

Esta crisis que vivimos, desencadenada por los sucesos de Iguala, me ha despertado el interés por el pasado. Un hecho histórico significativo es la crisis terminal de la dictadura de Porfirio Díaz y el caos que vino después, del que, por cierto, no salimos hasta bien entrados los años treinta. Otro proceso social que debemos considerar es la lucha por la Independencia y su secuela de desórdenes, alzamientos y guerras, que por lo menos se prolongaron hasta 1867.

No pienso que la historia sea un guión que se repite puntualmente cada cierto tiempo o que está escrita de antemano. Sin embargo, los actores del drama mexicano, aunque cambian en el tiempo, mantienen una conexión con el pasado y, de cuando en cuando, éste les asigna papeles similares. Los mexicanos de hoy venimos arrastrando pendientes que por muchísimas décadas no fuimos capaces de encarar y resolver.

En 1978, el periodista y antropólogo mexicano Fernando Benítez publicó un libro en tres tomos que recién estoy descubriendo y que se llama Lázaro Cárdenas y la Revolución mexicana. Aún no puedo hacer un balance de su contenido, pero en su magistral prólogo hay pistas que vale la pena seguir.

Según Benítez, el análisis que se ha hecho de la Revolución es insuficiente. Hay muchas historias del movimiento armado, todas desde puntos de vista diferentes, y ninguna ha logrado descorrer completamente el velo de ignorancia que lo cubre. Para Benítez los verdaderos historiadores de la Revolución han sido los novelistas y los ensayistas: “Azuela, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Vasconcelos, proyectan más luz sobre ese periodo borrascoso que toda la montaña dejada por los llamados historiadores”. Tal vez en sus libros se encuentre la clave para comprendernos.

La dificultad de entender los acontecimientos revolucionarios se deriva del misterio que rodea a sus protagonistas más importantes, a Zapata y a Villa, desde luego, pero, sobre todo, a los cientos de miles de campesinos e indígenas que los siguieron.

Para mostrar lo que nos quiere decir, Benítez nos cuenta estos casos contrastantes: por una parte, los zapatistas confunden una bomba contra incendios con una “máquina infernal” y le disparan matando doce bomberos; por la otra, ellos mismos, “armados hasta los dientes, llaman a las puertas y piden por amor de Dios unas tortillas frías quitándose el sombrero”. ¿Cómo interpretar estos comportamientos? ¿Cuánto de esa zona oscura de los mexicanos, inclasificable desde lo que consideramos racional, sigue pesando en nuestros días? ¿Cómo se manifiesta hoy todo ese haz de sentimientos y resentimientos, rencores, anhelos y temores acumulados en siglos? ¿Qué puede brotar de ese México oscuro ahora que otra vez afloran los agravios incubados hace tanto tiempo y que siguen repitiéndose?

Puede ocurrir cualquier cosa porque el México bronco está despertando. Y está despertando porque nuestra historia nos atraviesa como una grieta y aún hoy nos sigue fracturando y dividiendo. Con todo y su carácter intrínsecamente trágico y criminal, la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa no tendría la repercusión que tiene, o tal vez no habría ocurrido, si no fuera por todos los agravios y carencias que seguimos cargando como nación.

Según Fernando Benítez, las claves para comprender nuestra historia, son “la corriente de la violencia o de la sangre, la corriente de la desigualdad, la corriente de la autocracia y la corriente del coloniaje”. En otras palabras, a lo largo de su historia México ha sido violento, desigual, y autoritario, y ha sido objeto de diversas formas de dominación imperialista. Lo terrible de todo esto es que en nuestros días, matices aparte, seguimos padeciendo esta misma realidad.

Benítez es implacable en su diagnóstico:

“La desigualdad nos ha brutalizado, nos ha dividido, nos ha hecho indiferentes al dolor de las masas desvalidas y ha creado una distorsión colosal que nos impide interpretar la historia de México. Si una parte de la energía y el heroísmo que empleamos en destruir y en matar, la hubiéramos dedicado a construir, seríamos un país diferente.” De acuerdo con Benítez no hemos construido una nación “porque una nación debe tener cierta coherencia, cierta igualdad, un razonable reparto de las riquezas y de la educación, cierta conciencia común y esto no hemos logrado realizarlo”.

Y luego Benítez lanza esta terrible predicción: “no necesitamos erigirnos en profetas para vaticinar que la marea humana, dice refiriéndose a las masas de desposeídos que pueblan el país, no podrá ser frenada en los próximos 25 años o que todos los logros económicos no podrán proporcionar trabajo ni satisfactores mínimos a una población de 120 millones de habitantes, lo cual significa que corremos el riesgo de grandes sublevaciones urbanas o la erección de un Estado fascista capaz de someterlas...”.

Nos encontramos de nuevo el 5 de enero. Por lo pronto, le deseo una feliz Navidad y un mejor 2015.

 

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