Atrevimientos

El parque Lafayette

El 2016 ha traído una buena noticia: un proyecto que nace de los ciudadanos para dotar a Guadalajara de un nuevo parque y centro cultural. Y se sitúa justo allí, en uno de los núcleos emblemáticos de nuestra identidad: entre Lafayette, hoy avenida Chapultepec, y Santa Teresita, el que es, sin discusión, uno de los barrios más tradicionales y populares.

Como lo ha explicado el urbanista Juan Palomar, el parque contribuiría a la mejor integración de las colonias al norte y sur de la avenida México. Pero, además, daría un gran impulso a la habitabilidad de la zona, tan golpeada en los últimos años por los cambios en los usos del suelo, la inseguridad, el deterioro de la infraestructura y la mala calidad del aire.

Todo comenzó gracias a un vecino de Santa Tere, Carlos Silva Moreno, quien lanzó el sueño en redes sociales, luego que de que recientemente cerró la Bodega Aurrera, empresa que ocupó el local desde hace varias décadas. En unos días, la propuesta cobró vida. Tanto, que ahora tiene más de catorce mil firmas de apoyo en un sitio de Internet llamado Change.

Pero no sólo eso: el gobernador Jorge Aristóteles Sandoval Díaz escuchó a los vecinos y les ofreció considerar el asunto. Se comprometió a presentar un estudio técnico para explorar la situación legal del caso y buscar las opciones más a modo. Por su parte, el pasado 3 de marzo, el Congreso del Estado emitió un acuerdo en el que invita a Sandoval Díaz a expropiar el predio por causa de utilidad pública, así como al presidente municipal de Guadalajara para que “trabaje en un proyecto de utilización para fines culturales y medioambientales”.

Los vecinos están a la espera de la presentación del estudio por parte del Gobierno del Estado e imaginan la manera de hacer posible la propuesta. No ignoran que es difícil que el Gobierno reúna la cantidad para comprar el terreno o que se decida a expropiarlo. Por eso están buscando alternativas. Una de ellas, por ejemplo, según lo ha externado el propio Silva, es buscar financiamiento a través de fondos federales o internacionales, o diseñar mecanismos para que los propietarios del terreno puedan usufructuar las instalaciones que allí se construyan, como podría ser el caso de un estacionamiento subterráneo.

El asunto es un reto urbano que reclama visión urbanística, voluntad política del Gobierno, participación de la sociedad civil y audacia empresarial. Si no se combinan estos ingredientes, ocurrirá una estéril confrontación de intereses: por un lado, los vecinos que legítimamente reclaman espacios públicos que hagan más habitable su entorno; y, por el otro, los propietarios del terreno y los desarrolladores que esperan lanzar allí un proyecto inmobiliario que les represente oportunidades de negocio. Si cada bando se cierra y no escucha al otro, lo más probable es el fracaso de la iniciativa como proyecto público.

Tiene razón Palomar cuando dice: “Hay que conciliar los intereses comunitarios —los de la ciudad— con los de los propietarios del predio; y hay que hacerlo dentro de una racionalidad económica-urbana que saque a la propuesta del terreno de una utopía bien intencionada pero inviable”.

El tema es cómo lograr esa conciliación. El propio Palomar propone: “Dedicar al menos 75 por ciento del terreno para un parque intensamente vegetado y bien equipado. Construir, “sobre zancos altos” (que permitan bajo ellos el paso y uso de parque, y la vegetación de buena talla), una torre de apartamentos en altura, de desplante moderado, con la densidad necesaria para ser un negocio rentable. Anexa a ésta, un pabellón de usos mixtos al nivel del espacio público en el que se pudiera alojar un centro cultural y algunos comercios compatibles y apropiados para la torre y el parque. Bajo una capa adecuada de tierra vegetal se ubicarían los niveles de estacionamientos requeridos por la torre y un suplemento para ayudar a balancear el negocio y el mantenimiento del parque. Se puede hacer todo esto, y quedaría muy bien”.

La propuesta de Palomar no concilia lo público con lo privado de manera óptima, pues bajo su concepción habría que garantizar que los habitantes de la torre de apartamentos no reclamen un derecho exclusivo al uso del parque y el estacionamiento subterráneo. Y de lo que se trata, precisamente, es de contar con un nuevo espacio verdaderamente público, es decir, abierto para todos. Esto último no atenta contra un desarrollo moderno de la zona, ni contra el surgimiento de oportunidades de negocio inmobiliario. Al contrario, un parque como el que propone Silva Moreno y los demás ciudadanos valorizaría toda el área y la volvería mucho más atractiva para habitarla. Por consiguiente, los inversionistas tendrían mayores oportunidades para construir varias torres de apartamentos en las zonas aledañas. 

Es importante la experiencia organizativa de los ciudadanos alrededor de este ejercicio de participación. Si no claudican en su empeño, van a triunfar. Y su triunfo será de la ciudad.