Atrevimientos

2 de noviembre para jugar al tenis

Uno de mis hermanos me platicó que cierto día, mientras él y sus amigos jugaban al tenis, escucharon balazos muy cercanos al lugar en el que estaban. Las ráfagas eran tan intensas que por momentos sintieron un peligro inminente. Se agazaparon esperando lo peor: que los delincuentes se refugiaran donde ellos y provocaran un macabro desenlace. Había razones para creer tal resultado. En el Tepic de hace unos años era lógica la posibilidad de morir entre el fuego cruzado de bandas criminales.

Tras varios minutos que duraron horas regresó la normalidad y la sesión deportiva continuó. Disfruté el tenis como nunca lo había hecho, recordó mi hermano. Estaba tan relajado que pude lograr jugadas muy difíciles. Mi mente me dejó en paz y las cosas ajenas al momento perdieron importancia. Me dije estoy vivo, y me situé completamente en la cancha. La tiranía del pasado y el futuro desapareció y con ello el miedo a equivocarme. ¿Qué más me daba lo demás si hacía un rato yo o mis amigos pudimos haber muerto?

Escritores y psicólogos han descrito experiencias mucho más extremas que la de mi hermano. Irvin D. Yalom, en su libro Psicoterapia y existencialismo recuerda que León Tolstoi estuvo a punto de ser asesinado a los 29 años de edad. En el último instante, cuando el pelotón de fusilamiento iba a accionar las armas, la ejecución se interrumpió. Imagínese la crisis emocional de la casi víctima. Un episodio como éste puede alterar para siempre la vida de una persona. Es conocido el misticismo pacifista  de Tolstoi, quien además, según Yalom, se inspiró en esto que le ocurrió para escribir su novela La muerte de Iván Ilich.

Yalom también menciona el caso de un famoso personaje de Dickens. En Cuento de Navidad, los fantasmas de las Navidades pasadas, presentes y futuras le hicieron atestiguar a Ebenezer Scrooge su propia muerte y le mostraron en toda su crudeza los sentimientos que ésta provocaría entre sus allegados. Luego de esa experiencia Scrooge sufrió una transformación radical. Superó su avaricia y se convirtió en un hombre bueno y feliz. Encontró el sentido de su vida en procurar el bien para las personas que tenía a su alrededor.

La propia finitud, la aniquilación de nuestro cuerpo y su disolución en la nada, son una de las más terribles desazones que enfrentamos. Por eso, según Yalom, construimos defensas que nos protegen de la angustia de la muerte. Para huir del destino hacemos todo lo que podemos. Nos sumergimos frenéticamente en el trabajo o en adicciones y diversiones de todo tipo. Vivimos al pendiente del tiempo, las ambiciones y las preocupaciones: queremos que nuestra mente ejecute sin descanso su labor de distracción.

Así, aunque secretamente sabemos que vamos a morir, llegamos a pensar que el fin de la vida es algo tan lejano e improbable que para fines prácticos se vuelve inexistente. Como el futuro es un territorio ilimitado podemos posponer ad infinitum nuestros más caros propósitos.

Pero cuando menos lo esperamos se vienen abajo los diques que nos ayudaban a olvidar nuestra vulnerabilidad. Lo único que nos queda es una fría sensación de intemperie y soledad. Al fin entendemos que cualquier cosa nos puede suceder y que tarde o temprano ocurrirá, a pesar de que a diario buscamos convencernos de lo contrario. Sin embargo, no todo es tan terrible. Hay esperanza.

Yalom describe lo que les pasa a los pacientes que se saben víctimas de una enfermedad incurable: algunos logran vivir con una gran intensidad y se liberan de ataduras y temores. Tal parece que la conciencia de la muerte, cuando se asume a cabalidad, tiene un gran potencial terapéutico y de transformación espiritual. El yo auténtico, es decir, la conciencia más firmemente arraigada en nuestro verdadero ser, se sacude a la mente y su ingobernable flujo de pensamientos, temores, acciones e identificaciones con lo exterior y lo superfluo. El ego puede terminar vencido ante su imposibilidad de consolarnos y derrotar a la muerte.

En el libro de Yalom uno de sus pacientes afirma que es bueno saber que por delante se tiene un tiempo limitado. La gente toma decisiones que de otro modo dejaría para un después que nunca llega. ¿Qué haríamos, o qué no haríamos más, si de pronto supiéramos que nos queda un año de vida, por ejemplo? Asumiríamos que el pasado no existe más y que el futuro es una promesa sin palabra de honor. En otras palabras, nos veríamos obligados a vivir en el presente. Ya puesto en ello, tendríamos la fuerza para actuar con libertad frente a nuestra situación de vida actual: la aceptaríamos, la modificaríamos, o, de plano, la sustituiríamos por otra.

Como ya no tendríamos un futuro sin fin, cada momento sería precioso e invaluable. ¿Se atreve usted a pensar en esta difícil circunstancia aunque no sea cierta? ¿Se atreve a lanzarse existencialmente al vacío? Hoy 2 de noviembre es una buena ocasión para hacerlo. Tiene por ganar una vida limitada pero mejor. Por lo menos, eso sí, podría relajarse y jugar mejor al tenis.