Atrevimientos

Los narcisistas tienen remedio

Es imposible que el lector no se haya encontrado alguna vez con uno de ellos, pues no hay pocos. Suelen mostrarse distantes, si no es que altivos, y nos cuesta trabajo llamar su atención: conversamos con ellos y de pronto, sin motivo aparente, se abstraen en su universo particular, como poseídos por una iluminación superior; lo hacen con la certeza de que su mirada absorta en ninguna parte despierta la admiración de quienes los rodean. Estos deben observarlos concentradamente y esperar, con paciencia, el momento en que decidan regresar de esa zona imaginaria a la que sólo aquellos tienen acceso.

Los narcisistas suelen mirarnos con autosuficiencia. No establecen con los demás eso que los filósofos y psicólogos llaman empatía: la capacidad para ponerse en los zapatos del otro y ver la realidad desde los ojos de quien tienen enfrente. Para estos seres, lo único que importa son ellos mismos. De ahí que rara vez nos pregunten con verdadero interés por nuestras vidas; en las reuniones monopolizan la palabra y hacen lo posible para acaparar la mirada de todos.

El psicólogo Thomas Moore define el comportamiento narcisista como “el hábito de enfocar la atención en uno mismo antes que en el mundo de objetos y en los otros”. El problema no se presenta con el natural amor a sí mismo de una personalidad sana, rasgo normal y necesario, sino cuando la importancia propia se exagera y se requiere con demasía el reconocimiento de los demás.

El concepto tiene sus orígenes en la mitología griega. En la versión de Ovidio, Narciso es un hermoso joven del que muchachos y muchachas se enamoran. Aquél los rechaza, pues no tiene capacidad de amar, y hace lo mismo con una ninfa llamada Eco. Eco sufre una condena: repetir las últimas palabras de su interlocutor. Al ser rechazada por Narciso, Eco se refugia en una cueva donde se disuelve. Como consecuencia de esto, la diosa Némesis castiga a Narciso “con un insaciable amor hacia sí mismo: al inclinarse para beber en una fuente se enamora de su propia imagen; como el objeto de su amor le resulta inalcanzable, el anhelo le consume cada vez más, hasta que finalmente se transforma en la flor del narciso, a la que da su nombre” (Diccionario de Mitología Griega y Romana, de Christine Harrauer y Herbert Hunger).

De acuerdo con Harrauer y Hunger, “la negativa de Narciso (a corresponder a Eco y sus otros pretendientes) significa el rechazo a cualquier amistad razonable”. Así, el narcisista vive en el aislamiento emocional. La ironía es que depende de los demás; necesita que éstos, o sea el estanque en el que se mira con arrobamiento, le devuelvan una imagen grandiosa de sí mismo. Narciso vive una tragedia: por despreciar el amor de los demás debe morir de amor: “La contemplación de la propia imagen reflejada significaba la muerte”.

Al vivir para sí, pero dependiendo de la opinión de los demás, Narciso es incapaz de establecer una conexión consigo mismo y con los otros. Es bello y está enamorado de sí por su belleza; luego entonces, no puede mirar ningún defecto en su imagen. Por eso, el narcisista truena de ira contra quienes discuten con él y no están de acuerdo con sus puntos de vista. No sólo es que esté centrado en sí mismo y que nadie merezca su amor y su amistad; es que los demás tienen importancia únicamente en cuanto cumplen su función de adulación. Quiere que los demás se reduzcan a un mero eco de su propia voz. Después de todo, él se merece esta atención de los demás; si está enamorado de sí mismo es porque es un ser extraordinario, prácticamente perfecto.

La solitaria muerte de Narciso es, en mi opinión, la simbolización de la propia incapacidad para conocer quiénes somos realmente y quiénes son los que nos rodean. ¿Por qué ocurre esto? Si no sé quién soy quizás es porque sólo miro de mí la imagen bella del espejo; es decir, no me atrevo a ir más allá y me quedo con la versión de mí mismo contenida en los halagos que me hacen los demás. Entonces, ocurre que mi ser verdadero se vacía, se vuelve una construcción ficticia. Vivo para algo que no es; al no tener contacto conmigo, sino tan sólo con una falsa imagen construida para mantener la admiración que me profeso, no soy realmente. Es como morir espiritualmente.

Los narcisos son flores bellas pero malolientes. Ésta es la interpretación más obvia. Que Narciso murió de amor por sí y quedó convertido en una hermosa y maloliente flor suena lógico: las personalidades de los narcisistas suelen ser desagradables y vacías. Sin embargo, hay otra interpretación. De acuerdo con Moore, al convertirse en flor Narciso reconoce su verdadero ser. El mensaje, creo, es que hay esperanza. En vez de dedicar nuestras vidas a la auto-admiración, podríamos procurar saber quiénes somos realmente. ¿Cómo? Acaso tomando en serio a los que reclaman nuestro amor y consideración. Tal vez no nos correspondan con lisonjas, pero sí con palabras más certeras acerca de nosotros mismos y de nuestros actos.

 

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