Atrevimientos

La muerte de Dios: ¿una oportunidad?

En la Semana Santa vale la pena pensar acerca del sitio que ocupa Dios en la vida de los seres humanos contemporáneos. ¿Podemos vivir con un mínimo de armonía sin la creencia en un dios, o sin respetar un núcleo de aspectos de la vida considerados como trascendentes o sagrados?

Mucho se ha escrito y dicho sobre el asunto. Algo de esto queda comprendido entre las consignas que vienen de sacerdotes con mente sencilla, “ya no hay temor de Dios y por eso el mundo está como está”, y las ideas que proceden de un análisis de las circunstancias que rodean al hombre moderno, “si Dios ha muerto, todo está permitido”. Esta frase de Sartre, atribuida por algunos erróneamente a Dostoievski, expresa, como pocas, el predicamento en que nos movemos.

¿Es tan irrefrenable la tendencia destructiva y bárbara del hombre, como para necesitar ser sometido al control de un dios castigador? Me parece una verdad evidente por sí misma la idea de que debemos poner límites a nuestros deseos y comportamientos. Es obvio que la sociedad no podría existir sin cierto grado de represión de nuestros instintos. ¿Pero se sigue de ello que necesitamos a Dios para establecer los linderos entre lo bueno y lo malo, y para conseguir que los hombres se contengan a sí mismos? ¿Si esto es así, quién o quiénes son los autorizados para interpretar los designios de Dios y, por consiguiente, para determinar dónde termina el bien y dónde comienza el mal?

El movimiento conocido como la Ilustración y otras ideas modernizantes se propusieron terminar con la influencia de Dios y sus iglesias sobre los asuntos humanos. Creyeron en la capacidad de los seres humanos para ser libres y hacerse cargo de sus propias vidas. La consigna de Kant es paradigmática en este sentido: “La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad”. Hay que tener el valor de atreverse a saber, el valor de usar el propio entendimiento, de manera que seamos adultos responsables y dejemos de estar expensas de lo que nos digan los otros.

Ese núcleo de ideas fundamentó un proyecto de orden social y político en el que aún vivimos. Según Peter Gay, los hombres de la Ilustración configuraron un programa basado en la adquisición de la libertad en todas sus formas: libertad respecto del poder arbitrario, libertad de expresión, libertad de comercio, libertad para realizar los propios talentos, libertad del gusto estético, en una palabra, dice Gay, libertad el hombre moral para vivir a su manera en el mundo.

Los seres humanos debemos usar nuestra razón para decidir qué hacer. En todo caso, podemos fundar creencias dignas sin, necesariamente, tener que apelar a un orden tradicional de puntos de vista heredados por el pasado y no sometidos a discusión. ¿No podemos establecer códigos, constituciones y reglas de conducta basados en nuestra propia capacidad para ponernos de acuerdo y sin que nos los impongan los representantes de Dios en la Tierra? La luz de la ciencia y el conocimiento habría de venir en nuestro auxilio. Además, en nombre de Dios y la religión se han cometido atrocidades sin calificativo. Qué mejor que erradicar las ideas religiosas y sustituirlas por ideas soportadas en la ciencia para desterrar una de las fuentes de la violencia.

Las cosas, sin embargo, no resultaron tan sencillas. La modernidad ensanchó los límites de lo posible, pero también desorientó a los hombres. Expulsado Dios del terreno en el que se debaten los asuntos humanos, y despojadas nuestras aspiraciones de su halo de trascendencia, se volvió complicado determinar criterios acerca de lo que significa el bien, y la conducta adecuada para alcanzar la felicidad y la plenitud humanas.

La modernidad puso más medios técnicos a nuestro alcance, pero también nos trajo más dudas sobre el sentido de nuestras aspiraciones. No sabemos qué vale la pena y cada quien avanza, a ciegas, sobre un camino que no sabe a dónde va. La muerte de Dios es mucho más que el fin del cielo y el infierno. Significa, en algunos casos, la muerte de una parte de los seres humanos: aquella que tiene que ver con nuestra profundidad y sensibilidad espiritual, que nos permite vivir en paz con nosotros mismos, ser compasivos y encontrar satisfacción en hacer el bien a los demás.

Naturalmente, no es necesario creer en Dios, ni revivirlo, por decirlo así, para cultivar nuestra vida interior y orientar nuestras vidas al servicio de valores trascendentes. Mucho menos es necesario creer en un dios castigador y cruel. Quizás la idea de Dios fue el recurso de las sociedades del pasado para afincar sobre bases sólidas la subjetividad humana y soportar los rigores de la existencia: la necesidad de esperanza, la adquisición de fortaleza para la desgracia y la disposición a vivir.

Quizás sea posible vivir sin Dios, pero no es posible vivir sin dirigir nuestra mirada a lo que tenemos de intangible, de inefable. Acaso la muerte de Dios sea, para muchos, una oportunidad para descubrirse a sí mismos.