Atrevimientos

El mito en la política

El martes pasado, en la Universidad de Guadalajara tuvimos la visita del profesor Federico Finchelstein, argentino radicado en Nueva York, quien dictó a los estudiantes de ciencia política una conferencia con el tema El mito político en la historia.

El tema tiene mayor importancia de la que parece en nuestro tiempo, época que se pretende libre de mitos y organizada en función de ideas racionales y descubrimientos científicos. No sintetizaré aquí la conferencia, pero me apoyaré en algunos señalamientos de Finchelstein para reflexionar a vuelapluma.

Antes de seguir, conviene clarificar el significado de la palabra mito. Según la Real Academia Española se trata de una “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad”.

Para Finchelstein, el historiador científico asume una posición de crítica hacia el mito. Coincido con él: quien hace historia debe buscar la verdad de los hechos y distanciarse de las creencias y narraciones albergadas en la imaginación colectiva. El historiador no hace ficción y tampoco repite leyendas; describe acontecimientos y episodios: explica por qué sucedieron y qué consecuencias tuvieron; además, procura probar sus afirmaciones, o por lo menos mantenerlas, mientras no aparezcan argumentos o datos que obliguen a desecharlas.

En los albores de la humanidad civilizada, los recuentos del ayer estuvieron mezclados con poemas, epopeyas y narraciones en las que no se podía distinguir una verdad histórica. Luego, con el avance de las ciencias surgieron esfuerzos para descubrir el pasado tal y como realmente sucedió. Los griegos y los romanos hicieron indagación histórica rigurosa, pero fue varios siglos después, propiamente hasta después del Renacimiento, cuando apareció una visión de la Historia como ciencia sistemática.

Hay otro sentido de mito, no recogido por el Diccionario de la Real Academia, pero que Finchelstein mencionó y tiene gran importancia: el mito como factor irracional y emocional para la movilización política. Las naciones y los pueblos han acudido, para integrarse como tales, a los mitos de su fundación. Así tenemos, por ejemplo, el mito del Rey Arturo en Inglaterra, que sacó la espada de la piedra y con ello demostró ser el elegido para gobernar a su pueblo.

O el mito del pacto que los peregrinos hicieron en el Mayflower, el barco que transportaba a los puritanos que viajaban a América para buscar una tierra de libertad y tolerancia; según la leyenda allí está el origen de la Constitución de los Estados Unidos, un fundamento de legitimidad de la autoridad no basado en el derecho divino de los reyes, sino en el consentimiento de ciudadanos libres e iguales.

Finchelstein puso énfasis en los mitos de los hombres providenciales que han servido de base a los fascismos del siglo veinte. El elegido por Dios o por la historia para gobernar, la encarnación de la voluntad del pueblo, el garante del destino de la nación. Todas estas son variaciones del mismo mito movilizador: el del hombre cuyo carisma extraordinario promete la salvación de un pueblo o la superación de las dificultades colectivas. El que subvierte la tradición e inaugura una nueva época. Él define los amigos y los enemigos, es el supremo dador de justicia y castigo.

A estos casos de mitos actuantes en la historia podríamos añadir el mito de las revoluciones sociales que prometen la llegada de un reino de libertad y justicia absolutas. En el mito del comunismo, cuando el capitalismo sea superado todas las contradicciones serán superadas y será cancelada la explotación del hombre por el hombre. Este bien supremo justifica cualquier atrocidad.

Otro mito que viene a cuento es el mito del mercado, como arreglo neutral que respeta la libertad de iniciativa de los seres humanos, y con ello procura prosperidad y libertad a las sociedades. O el mito de la técnica como instrumento de solución de nuestros problemas. Hoy reaparecen otros mitos peligrosos, como las creencias en dioses vengadores o justicieros, por los que vale la pena asesinar y morir.

La advertencia de todo esto es que detrás de todo poder constituido hay un sistema de creencias que es necesario cuestionar. Reconocer los hechos y analizar las consecuencias de las decisiones de los poderosos es el antídoto contra las creencias no cuestionadas que pretenden imponernos los modernos constructores de mitos: los ideólogos y mercadólogos del presente. Ojo con esto, sobre todo ahora que estamos en tiempos electorales.

Al final, la aspiración científica de la Historia no es tan sencilla de realizar. Estamos bombardeados por los mitólogos. Nos persiguen los mitos porque los seres humanos tenemos necesidad de encantarnos con soluciones mágicas para nuestras adversidades. La única opción es atrevernos a dudar de lo que se nos dice.

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