Atrevimientos

El misterio del pensamiento judío

Es muy significativa la influencia que muchos hombres y mujeres de origen judío han ejercido en la cultura de Occidente. Son protagonistas en muchos ámbitos de la ciencia, las humanidades y las artes, pero aquí me quiero restringir al papel que han desempeñado en la conciencia intelectual moderna. Los nombres que surgen en un recuento como éste son demasiados; por si fuera poco, las obras de estos autores son de tal complejidad que describirlas exige gran erudición. Y si se pretende mirar el conjunto que forman sus aportaciones y elaborar las conclusiones del caso, entonces también es necesaria una inteligencia extraordinaria. Ignoro si este ejercicio ya ha sido realizado, pero no me sorprendería constatar que aún esté pendiente: es una tarea descomunal.

Pensemos en Baruch Spinoza, Karl Marx, Georg Simmel, Emile Durkheim, Sigmund Freud, Hannah Arendt, Leo Strauss, Karl Lowith, Herbert Marcuse, Max Horkheimer, Teodor Adorno, Henry Bergson, Walter Benjamin, Ernst Bloch, Martin Buber, Erich Fromm, Elias Canetti, Isaiah Berlin… Tan impresionante constelación despierta la curiosidad: ¿por qué han sido precisamente de origen judío todos estos pensadores clave? Su fama no se explica porque hayan promovido los intereses del pueblo judío o la religión judía. Algunos ejemplos bastan para argumentar que lo contrario es más cierto: Marx se distinguió por ser antirreligioso, y Arendt por criticar aspectos del comportamiento de algunos judíos, particularmente aquéllos que enfrentaron la agresión de la que fueron objeto en el contexto de la Alemania nazi.

En este grupo hay pensadores de las más disímbolas preferencias políticas y estilos. Forman un mosaico plural y eso se entiende, naturalmente, porque fueron individuos que nacieron, se educaron y vivieron en circunstancias históricas diversas. Así, hay distancias entre Marx y Arendt, entre Marx y Berlin, entre Durkheim y Marx, y también coincidencias de enfoque, en algunos puntos, entre Simmel y Berlin, Horkeimer y Adorno, y Benjamin y Arendt. ¿Tiene, entonces, sentido agruparlos? ¿Es su condición de tener un origen judío lo que los vuelve relevantes para la cultura occidental?

Más allá de sus diferencias hay algo que vincula a todos estos pensadores, y es el hecho de que pertenecieron a minorías que, por lo menos en algún momento, estuvieron en tensión con el estado nacional en el que residieron. Ya sea en proceso de asimilación inconclusa, o a veces siendo víctimas de un franco rechazo por parte de los sectores mayoritarios de la población, estas personas no vieron resuelta plenamente su incorporación en la sociedad en un marco de respeto a su peculiaridad cultural.

En una medida u otra, todos tuvieron que vérselas con esta dificultad. Simmel jamás consiguió una posición universitaria por su origen. Benjamin optó por el suicidio en una desesperada huida de las garras del antisemitismo nazi. Horkheimer, Adorno, Arendt y Strauss, tuvieron que buscar la protección de los Estados Unidos de América. Berlin huyó de su natal Riga a Londres con sus padres, siendo todavía un niño. Fueron, entonces, pensadores que se vieron obligados a reflexionar la cuestión de la pertenencia a una ciudad, un estado, una nación.

Es tan célebre el apego de muchos judíos alemanes a su país de acogida, como dolorosa para ellos su expulsión. En un discurso pronunciado por el escritor israelí Amos Oz, al recibir el premio Kafka en octubre de 2013, se refiere a la tristeza sentida por sus padres ante la necesidad de abandonar Europa para buscar refugio en Israel. “Cuando el antisemitismo se volvió violento en Polonia, en los años treinta, mis padres y mis abuelos, llenos de tristeza, decidieron irse de Europa y emigrar a Jerusalén. Escogieron Jerusalén, no porque quisieran desplazar a los árabes, sino porque no tenían ningún otro sitio donde ir”.

En algún lugar de su extensa obra, George Steiner nos propone una pista para comprender la brillantez intelectual judía: la condición de muchos intelectuales judíos, su ambigüedad al respecto de su integración en una comunidad nacional, les ha dado una particular disposición para la crítica y el análisis. Como al mismo tiempo han sido y no han sido ciudadanos de sus países, pueden mirar a los demás desde fuera, y eso les procura una mayor objetividad para la reflexión. Simmel, por ejemplo, se volvió famoso por su ensayo acerca del extranjero: allí nos cuenta qué se siente estar fuera de la comunidad, esa sensación de no pertenecer, ese extrañamiento del mundo.

Creo que estos pensadores son importantes porque las reflexiones sobre su circunstancia valen para lo que viven otros pueblos. Todos, en alguna medida, somos y no somos miembros de las comunidades en que habitamos; la condición de paria acecha a cualquiera que defienda su derecho a ser distinto. Los pensadores judíos han tenido esto claro y han explorado las consecuencias que de ahí se siguen para la teoría política y el pensamiento social.