Atrevimientos

La marcha por la paz: comprender y actuar en común

El sábado pasado unos 1,200 tapatíos marcharon en silencio y vestidos de blanco, desde las avenidas Pablo Casals y Montevideo hasta la Glorieta Minerva, para manifestarse por la recuperación de la paz. Fue un acto digno de tomarse en cuenta. Representa el embrión de las formas de organización y acción civil que hacen falta en la lucha para superar la delicada situación que vivimos. A primera vista, parece poco creíble que de actos como éste pueda surgir algo más contundente, sobre todo porque la asistencia fue escasa; además, estamos enfrentando circunstancias muy delicadas que deberían haber provocado una reacción social mucho más fuerte y enfática.

Sin embargo, en favor de la marcha está que quienes acudieron lo hicieron con consciencia de la gravedad que vivimos. Fue evidente que no pocas de las personas que se manifestaron han sufrido en carne propia la barbarie que nos oprime. La crónica de los hechos que realizó MILENIO JALISCO es clara en ese sentido. Nos relata, por ejemplo, el caso de una madre de un joven de 22 años, gimnasta destacado de Jalisco, a quien asesinaron afuera de un restaurante. También el de otra mujer cuyo hermano, abogado de profesión, desapareció en forma misteriosa. Con todo y su dolor, estas dos mujeres estuvieron allí para exigir justicia y poner un alto a todo esto.

Qué sensación de impotencia y consternación se produce al enterarnos de que muchos hogares tapatíos han sido enlutados para siempre de esa manera. La pregunta surge de inmediato: ¿por qué? ¿Porque la maldad humana siempre ha estado allí y hoy simplemente aflora de nuevo? ¿Porque nuestra sociedad se ha vuelto demasiado desigual y un sector reclama su derecho a la riqueza? ¿Porque somos los demás de los demás y para ellos nuestras vidas son prescindibles? ¿Porque las instituciones encargadas de castigar a los delincuentes están colapsadas y son incapaces de vencer a una impunidad que es casi absoluta? ¿Porque como ciudadanos no hemos estado a la altura de la circunstancias para construir una sociedad más ordenada, justa y racional?

Necesitamos comprender lo que está pasando. Y esa clarificación debe ser radical: llegar hasta el fondo del asunto y conocer lo que realmente ocurre por doloroso y complicado que sea. Me llamó la atención que los organizadores de la marcha publicitaron con mantas preguntas como éstas: ¿transmito valores?, ¿soy honesto?, ¿cuál es mi aportación?, ¿soy ejemplo? En esos interrogantes hay, sin duda, un intento de comprensión de lo que pasa y un esfuerzo por asumir un sentido de responsabilidad ante la situación. En la Glorieta Minerva se transmitió una grabación con la voz de un niño que decía: “A mí me gustaría que hubiera paz en mi calle, que mi papá me dejara ir solo a la tienda; que cuando a mi hermana grande se le hace de noche al regresar, mi papá no se preocupara tanto; que no me preguntaran cosas de mi nuevo vecino, que ya es mi amigo; que todos en la colonia fueran mis amigos; porque si todos queremos ser amigos y le echáramos ganas para lograrlo, estoy seguro que la ciudad sería más bonita”.

¿No expresan, las anteriores palabras, un dolor soterrado, una angustia que no nos deja vivir, una desconfianza que nos derrumba interiormente? La violencia tiene un efecto devastador porque nos arroja al abismo de la soledad, nos enfrenta entre nosotros como si fuésemos individuos desvinculados y egoístas; nos hace temerosos del vecino, del policía, del hombre que se nos aproxima en la calle. De ahí entonces que la marcha del sábado alimente la esperanza: una multitud que se reúne con un propósito común logra el milagro del nosotros, aunque sea por instantes: da autoridad moral a los que se identifican con la misma causa y favorece que actúen de común acuerdo.

Falta mucho para que en Guadalajara madure un sector ciudadano activo. La pérdida de la paz es un hecho complejo que rebasa la esfera de influencia de los individuos considerados de manera aislada. Como decía el sociólogo americano Wright Mills, nos sentimos atrapados bajo el poder de fuerzas que nos rebasan y no comprendemos. Pensemos en el tamaño de la población que participa en el crimen organizado, en la fuente de sus recursos, en los circuitos de poder, dinero e influencia de los que depende y alimenta; consideremos las estructuras sociales de la violencia y las condiciones emocionales y psicológicas de quienes la ejercen como actividad cotidiana.

Necesitamos imaginación sociológica, diría Mills, para entender toda esta complejidad y comprender cómo es que la historia y las fallas de las instituciones y la sociedad nos han traído hasta aquí. Cambiar las cosas implica mucho más que una marcha por la paz, pero ha sido un buen principio. Un reconocimiento y una palmada, con respeto, a quienes la impulsaron y la llevaron a cabo. Su mayor mérito es creer que se puede hacer algo a partir de la propia decisión de actuar en común.